LA BIBLIOTECA II: El horror en la estación de servicio.

El loco en el sótano.

El mundo ya no es lo que era y Machuca está a punto de comprobarlo de la peor manera.

Unos kilómetros antes de llegar a San Ramón de la Nueva Orán, Machuca vio un letrero rojo parpadear. Era la primera señal de actividad eléctrica que encontraba en más de veinte horas.

La estación de servicio estaba iluminada por un generador que traqueteaba sin descanso. El olor a nafta cruda llenaba el aire. Machuca llenó el tanque mientras vigilaba el horizonte. Su carpincho exploraba el lugar sin preocupaciones, husmeando entre las sombras.

Dentro, el espacio era un laberinto de góndolas y estanterías. Machuca comenzó a llenar su mochila con galletitas, chocolates y papas fritas. También se fijó en los libros que estaban junto a la caja registradora y agarró algunos de terror y fantasía. “Paula, empleada del mes”, leyó en la placa que colgaba bajo el retrato de una mujer sonriente.

Un gemido lastimero llegó desde lo más profundo del local. Detrás de unas cortinas de hule, encontró a un hombre atrapado bajo una estantería caída. El peso de cien bidones de jugo de naranja lo mantenía prisionero.

—¡Sacame de acá, pibe! —dijo el hombre con voz ronca—. Ya casi no siento las piernas. ¡Dale, pendejo, reaccioná!

Machuca, por precaución, llevaba un cuchillo en su mano.

—Hay unas cosas enormes en el horizonte, como unos bichos negros. Tenemos que irnos. Dale, sacame —continuó el hombre atrapado. Su desesperación se acumulaba en el cuello, anudando cada palabra con furia y enojo.

Machuca dudó. Sus ojos se fueron acostumbrando a la luz tenue del depósito. Notó un machete en las manos del hombre, quien trataba de esconderlo. Vio manchas oscuras en el suelo. ¿Sangre? Y más allá, entre cajas desparramadas, asomaba algo parecido a un zapato de mujer. Sin pensarlo dos veces, agarró su cuchillo y apuñaló los bidones. El líquido naranja se derramó, y el hombre comenzó a gritar. Machuca salió corriendo, dejando atrás preguntas que no quería responder.

Corriendo, agarró su mochila y desde arriba del auto llamó a su compañero.

Cuando la estación de servicio desapareció en el espejo retrovisor, se detuvo en la ruta. Se sentó en el suelo para dejar que el olor químico a naranja se disipara con el viento. Pensó en el prisionero y en lo que había dicho. En las figuras gigantescas. Quiso creer que eran solo los desvaríos de un hombre encerrado con un machete, pero no lo logró.

La biblioteca del fin del mundo

Acompañá a Machuca, un muchacho jujeño, que por avatares del destino se ve involucrado en una aventura que cambiará el mundo para siempre.

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