Una horda detrás de la puerta
Machuca y Godsila llegan a El Carmen, ciudad de los diques. Y lo que parece un descanso en su viaje se convierte en una pesadilla demencial.

Aquella mañana, el muchacho oriundo de Yavi sintió que su suerte estaba mejorando. No me malinterpreten: la situación empeoraba a cada kilómetro recorrido. Sin embargo, todo parecía estar ocurriendo muy lejos de Machuca y su carpincho. Desde la ventanilla del auto, vio siluetas de torres y construcciones imposibles, fuera de toda escala humana. Bestias de ocho patas vagaban en busca de comida, mientras artefactos cambiaformas surcaban el cielo a velocidades supersónicas. Pero nada de eso les impidió seguir avanzando.
Gracias a la obsesión de su abuela por guardar todo, Machuca contaba con una variada selección de mapas de papel. Llegaron a El Carmen. Después de recorrer sus calles desiertas, asaltaron algunos almacenes. Terminaron el día en la biblioteca, un lugar ideal para descansar, comer algo y buscar inspiración para ponerle nombre a su compañero.
En los últimos minutos de la tarde, los restos de un sanguche de mortadela yacían a unos pocos centímetros de la cabeza de Machuca. El muchacho dormía profundamente por primera vez desde la mañana en que despertó en un mundo que ya no reconocía. El carpincho olfateaba los rincones del salón, desconociendo que ya tenía un nombre: Pampero.
Con la oscuridad llegaron los gritos que despertaron a Machuca. Corrió hasta la pesada puerta de la biblioteca. Antes de cerrarla, asomó el ojo por una rendija y vio una multitud de cuerpos avanzando lento pero decididos. Decenas de ojos blancos brillaban en la oscuridad. Además del cerrojo, Machuca trabó la puerta cruzando una gran mesa de madera. Luego corrió hacia la ventana. Desde allí, vio su auto, más allá de la plaza central. Calculó cuánto tiempo le tomaría llegar hasta ahí.
Afuera, golpes ensordecedores sacudían la puerta. Machuca confiaba en su velocidad, pero ¿y Pampero?
Atrincherado en la biblioteca, escuchó los gritos inhumanos que provenían del otro lado. Monstruos con ojos blancos lanzaban destellos en la oscuridad. Lamentos en múltiples idiomas formaban una cacofonía aterradora.
Sin pensarlo más, Machuca usó un matafuegos para romper el ventanal. Saltó al jardín con Pampero en brazos y corrió hacia el auto. Pero los monstruos lo persiguieron, moviéndose como sombras vivientes bajo la luz de la luna.
Justo cuando pensó que todo estaba perdido, un destello blanco lo envolvió. Cuando abrió los ojos, vio una escena surrealista: los monstruos estaban fundidos en una gigantesca cabeza de cerdo verde, con tentáculos brotando de su cuerpo. Machuca agarró su mochila y silbó a su compañero.
—Los destellos blancos… —murmuró—. Se traen cosas de otro lado y se llevan cosas para otro lado.

La biblioteca del fin del mundo
Acompañá a Machuca, un muchacho jujeño, que por avatares del destino se ve involucrado en una aventura que cambiará el mundo para siempre.




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