La biblioteca IV: Encuentro con una bestia monstruosa

Algo en el horizonte

El viaje continúa para nuestros protagonistas y un ser monstruoso los espera en el camino…

La Biblioteca del fin del mundo 4

Desde el punto de vista de un extraño pájaro azul tornasol con cuatro alas, el auto de Machuca no era más que un punto entre verde y marrón que avanzaba sobre la cinta gris de la ruta.

A esta altura del viaje, y después de varias aventuras, Pampero ya se había adueñado del asiento del acompañante. Inclinaba la cabeza hacia la ventanilla abierta, olfateando el aire fresco. Los destellos, desde que Machuca comenzó a cronometrarlos, tardaban cada vez más en llegar: primero fueron 27 horas, luego 34, y ahora 45. Este patrón lo tranquilizaba. Un mundo devastado pero estable parecía preferible a uno donde criaturas y construcciones aparecían y desaparecían sin sentido.

Mientras conducía, Machuca aprovechaba las tranquilas horas de manejo para recordar a su familia. Su madre tejiendo en el patio, su hermano escuchando discos de bandas desconocidas, su tío Toto contándole historias de juventud. Y su abuela Yuria, siempre dispuesta a hablarle de viejas leyendas y cosas fantásticas. Sin embargo, ella nunca habló de cómo la llevaron a Buenos Aires a los trece años para trabajar como mucama, ni de cómo escapó dos años después para regresar a Yavi. Todo eso lo supo gracias a su tío. Recordar aquellos días le daba una sensación de bienestar que ahora parecía limitarse a los pocos metros cuadrados dentro de su auto.

La localidad de Aguas Calientes quedó atrás en el espejo retrovisor. Esta vez, Machuca decidió no arriesgarse y solo tocar tangencialmente el poblado. Entraron a un viejo caserón en las afueras, deshabitado y descuadrado. Entre latas de conserva, salamines y algunos cómics antiguos, encontraron suficiente para llenar la mochila y la biblioteca en crecimiento.

—Lo que me gusta la leche condensada no tiene nombre —dijo Machuca, levantando una lata como si fuera un tesoro. Dio un sorbo y se rio.

Pampero soltó un suspiro oportuno, como si entendiera perfectamente la situación.

—¿Qué pasa, che? —preguntó Machuca al ver a su carpincho crispar el pelaje. Extendió el brazo para calmarlo, pero el animal seguía tenso, mirando hacia el horizonte naranja del atardecer.

—¿Qué mirás? —insistió Machuca. Siguió la mirada de Pampero y notó algo que asomaba en la distancia. Su movimiento tenía un patrón rítmico. Pero antes de que pudiera distinguirlo mejor, el eco del sol desapareció del cielo y la anomalía se perdió en la oscuridad.

Machuca intentó ignorarlo, pero la inquietud ya lo había infectado. Encendió las luces delanteras y tomó otro sorbo de leche condensada mientras intentaba distraerse. Sin embargo, el carpincho seguía alerta.

De pronto, un quejido escalofriante emergió de la oscuridad. Avanzaba hacia ellos como una grieta en la roca. Pampero empezó a temblar. Machuca subió los vidrios y aceleró hasta los 80 km/h. Con una mano sostenía el volante, con la otra intentaba calmar a su compañero.

Entonces, algo saltó sobre el auto. Una figura negra y cuadrúpeda corría junto a ellos, galopando con la cadencia de un caballo pero la flexibilidad de un guepardo. Sus extremidades largas y su cabeza pequeña parecían pertenecer a una pesadilla. La bestia embistió con tal fuerza que dos ruedas perdieron contacto con el asfalto. Machuca giró el volante instintivamente para evitar que el vehículo zigzagueara.

La criatura se alejó para preparar una nueva arremetida. Pero esta vez, Machuca clavó los frenos justo a tiempo. La bestia pasó frente a ellos, falló el golpe y derrapó al otro lado de la ruta. En ese momento, Machuca vio su rostro: demasiado humano, con ojos al frente, un cuero blanco sin pelo y una boca larga llena de dientes afilados.

La bestia gruñó y preparó sus patas para atacar de nuevo. Machuca pisó el acelerador a fondo. El auto salió disparado hacia adelante, pero la criatura lo alcanzó en segundos. Embistió con tal fuerza que las ruedas mordieron la banquina. El auto dio un tumbo violento, y todo se convirtió en un remolino de metal, libros y objetos.

Cuando el vehículo quedó quieto, Machuca abrazó a Pampero. A través del polvo, vio a la bestia rodear el auto con arrogancia. Desde las portadas de sus libros favoritos, los héroes que admiraba parecían esperar su próximo movimiento.

Machuca agarró tres latas de conserva y trepó por la ventanilla. La bestia lo miró con ferocidad, pero él lanzó la primera lata. Falló. La segunda dio en su cabeza, distrayéndola momentáneamente. Entonces, un ligero temblor anunció un destello.

Machuca saltó. La luz blanca lo envolvió. Cuando tocó el suelo, la bestia había desaparecido. Pero algo peor lo golpeó: Pampero también se había ido.

La biblioteca del fin del mundo

Acompañá a Machuca, un muchacho jujeño, que por avatares del destino se ve involucrado en una aventura que cambiará el mundo para siempre.

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