
Lorenza alzó la vista y observó tres puñados de Hombres escafandra rodeándola.
Estaba agotada, cubierta de sangre y vísceras. Sus músculos sintéticos seguían ardiendo tras la titánica batalla. A su alrededor y debajo de ella se extendía el cadáver de Sons Kokrell. La ciboretza rodeada de muerte y con la certeza de una nueva matanza en ciernes, se preguntó si aquello era todo lo que le deparaba su estrella. Si no había más que sangre y violencia en su camino.
La ciboretza llevaba treinta y dos meses de cacería ininterrumpida. Recorría el planeta con paso solitario. Se alimentaba cada día de cualquier materia inorgánica que pudiese encontrar. A veces daba la impresión que triturar era el único sonido que ella producía. Expectante y en silencio se abría paso entre junglas y terrazas oxidadas, siempre siguiendo su estrella. Y esta, desde las gélidas alturas, le hablaba de la siguiente presa y de por qué debía morir.
La mayoría de los pueblos la divisaban a lo lejos. Como una aparición. Semejante a un ser que habita en el mundo real y en el de las leyendas. Algunos juraban haberla visto luciendo cuernos dorados y un peto lleno de espinas. Otras decían que llevaba una corona de rayos flamígeros y brazaletes tan brillantes como el primer sol. Aseguraban que era la encarnación de la venganza, ya que aquellos que morían por su mano apestaban a crueldad y violencia. “La dama coronada huele las malas acciones”, le comentaban las madres a sus hijos. Muchos decían que era la encarnación del mismísimo dios del planeta y que lideraba a los Hombres escafandra. Los pueblos del sur, en cambio, aseguraban que ella era en exacta medida lo contrario al dios, y que un día habrían de enfrentarse, y que el amanecer de aquel día sería el último amanecer que vería su mundo.
En los laberintos oscuros de las torres floridas, la Ciboretza, acabo con Mimacraapa. Quien fuera un caníbal y necrófilo en su planeta. En este nuevo mundo, donde su tamaño y capacidades físicas le daban una inconmensurable ventaja, no le había representado mucho esfuerzo hacerse con nuevas víctimas. Lorenza le sacó los ojos y le partió la mandíbula. Entonces se sentó a ver el modo en que aquel ser despreciable se ahogaba con su propia sangre.
En las planicies elevadas encontró a Keliisha Ria Pa, quien se había hecho con una horda de saqueadores. Ella y sus secuaces asolaban a las tribus de la región. Cobraban tributo y reclutaban nuevos miembros en cada incursión. Repetía con destreza los pasos que implementó en su planeta adoptivo, Ria Pa, estaba forjando un imperio. El amanecer que dio con ella la ciboretza acabó con catorce aguerridos combatientes antes de ultimar a su lidereza. El resto de sus guerreros, al ver la cabeza cercenada de Keliisha en las manos de Lorenza huyó sin pensarlo dos veces.
A Shopertgom y Walhing los encontró juntos. Ambos con aires de genios, meros torturadores en realidad, practicaba una vivisección a un pobre desgraciado a quien la Ciboretza ultimó en cuanto pudo. A los perpetradores les arrancó los brazos y los destripó.
En la madriguera de una bestia encontró el cadáver a medio devorar de Itomann. General Itomann en el pasado, antes de que intentase tomar el control de su nación bombardeando varias capitales a la vez. De pie, junto a esos despojos, la fabulosa cazadora pregunto a su estrella: “¿Cómo es que encontrás a las presas? Siempre pensé que escuchabas sus corazones. Pero en este nido no hay suficiente sangre. Itomann nunca estuvo acá más que como alimento.” Sin embargo, la estrella no le contesto. Le habló, en cambio, de Sons Kokrell.
Nativo de un mundo húmedo que orbita una enana blanca, no era extraño encontrar a Kokrell en un terreno anegado, plagado de insectos. La ciboretza acabo con él tras una lucha que duró poco menos de treinta minutos. Corto varios de los tentáculos de su presa con dos sables curvos que obtuvo tras desbaratar la horda de Keliisha. Mirando los despojos de aquel ser, era difícil pensar que alguna vez fue el líder de una secta que casi logró exterminar a la otra especie dominante, con quien su raza compartía el planeta que azarosamente lo había visto nacer.
Lorenza retrajo sus pensamientos para centrarse en el presente.
Los hombres escafandra estaban más cerca. Seres de una musculatura descomunal, pálidos y desnudos. Sus cabezas protegidas por una semiesfera de metal negro encapsulaba todas sus intenciones. Eran una fuerza coordinada. Como los dedos de una mano. Y esa mano cerraba su puño sobre la agotada guerrera. La Ciboretza con un suave movimiento se inclinó para agarrar el otro sable. Le preguntó a su estrella si tenía algún consejo que la ayudara a enfrentar semejante ataque. “Sobreviví” fue toda respuesta que obtuvo.
Por el imponente cuerpo de Lorenza seguía escurriendo la sangre de su última presa. Sosteniendo una tensión insoportable, los Hombres escafandra esperaban el momento indicado para atacar. Conocían las capacidades de la Ciboretza. Y, a pesar de superarla en número, no tenían ninguna certeza de obtener una victoria. Esperaban. Lorenza agradecía cada segundo que pasaba. Todos los músculos que la erguía y animaba cargaba con el cansancio de la batalla anterior. Y ese paréntesis de calma le daban la oportunidad de un mínimo descanso. Fue cuando una gota que bajaba por el brazo de la guerrera, escurriendo entre brazaletes, cadenas y engarces. Al momento en que ese pequeño cúmulo de sangre densa llegó al puño. Al nudillo y se desprendió para caer al agua cuando el infierno se desató.
Lorenza se transformó en un remolino de muerte. Cortó carne y huesos por igual. Sus filos solo se detenían al chocar con los domos negros que protegían la cabeza de sus atacantes. Su principal preocupación era seguir de pie. De caer no le tomaría, a los Hombres escafandra, más que unos segundos, abalanzarse sobre ella como hormigas sobre un cadáver jugoso. Acabó con siete de ellos antes de acusar el primer golpe. Llegó como un rayo que impactó en su hombro paralizando la extremidad toda por un momento. A pura voluntad consiguió aferrarse a su sable y no perderlo.
Poco a poco Lorenza se acercaba al límite de sus fuerzas y aún quedaban diez enemigos en pie. Tres lograron sujetarle un brazo. Le rompieron los dedos de la mano para que soltara uno de sus sables. Ella le abrió el vientre a dos más, blandiendo el otro, ese que aún atenazaba con su diestra. Al siguiente lo atravesó de lado a lado y este sabiéndose acabado giro su cuerpo logrando sacarle a Lorenza la única arma que le quedaba. Desesperada comenzó a usar las piernas. Sus potentes caderas eran base para golpes demoledores. Una patada de Lorenza podía significar el estallido de todos los órganos internos. Si daba en las costillas, estas se quebraban y perforaban los pulmones. Podía partir fácilmente una pierna dejando el hueso expuesto. Sin embargo, cada vez que daba una patada se transformaba en un objetivo que podía tumbarse con relativa facilidad. Quedando solo dos enemigos en pie, eso fue lo que sucedió. La embistieron por detrás. Dos a la vez. En el suelo inundado, mientras uno la sujetaba, el otro le quebró ambas piernas. Intentaron ahogarla. Ella, a uno, le arranco las rótulas y el Hombre escafandra se desplomó como un edificio que implosiona. Para acabar con el último atacante que la golpea brutalmente, la Ciboretza se arrancó la mano rota. Expuestos los huesos filosos de su antebrazo, los utilizó a modo de ariete para apuñalar una y otra vez al único Hombre escafandra que seguía en pie.
Lorenza estaba muriendo, su cuerpo fallaba en cascada, pronto perdería la conciencia. Con las piernas rotas, agotada y con solo una mano, no tenía muchas opciones. Se arrastró hasta el Hombre escafandra más cercano. Quien tuviese su domo metálico más a la mano. Y ese resultó ser aquel a quien le había arrancado las rodillas. También agonizaba. Ella lo inmovilizó con el peso de su cuerpo. Con el brazo activo golpeo y golpeo la cúpula negra. Más fuerte, más rápido. No tenía tiempo que perder. Logró quebrar el metal, logró partirlo. Bajo la escafandra, una intrincada arquitectura de metal y circuitos fagocitaba lo que alguna vez fuera una cabeza. Lorenza no lo pensó dos veces y devoro cuanto pudo. Sintió los últimos estertores de su presa bajo su cuerpo rojo y cansado.
La ciboretza logró incorporar suficiente materia para activar el proceso de regeneración. Cayó en esa muerte momentánea mientras su naturaleza cibernética generaba el capullo azulino que le daría un cuerpo nuevo para vivir otro día.
Por primera vez se sintió al borde de la muerte y esa sensación la llevó a tomar medidas desesperadas. Nunca antes había devorado un sistema activo. En esa no vida uterina La Ciboretza soñó con sus enemigos. Los Hombres escafandras hablaban entre ellos, y escuchaban una voz por fuera de sus cuerpos. Aquellos guerreros silenciosos e inexpugnables que vagaban con intenciones indescifrables por todo el planeta no habían nacido de padre o madre, ni de ser vivo alguno. Esto y más soñaba Lorenza mientras su último alimento se transformaba en elemento indivisible de su nuevo ser. Desde lo alto, su estrella intentaba interrumpir, infructuosamente, aquel proceso.

Lorenza: la ciboretza inolvidable
Conocé a esta legendaria guerrera forjada en mil batallas. Viví con ella sus salvajes aventuras de ciencia ficción




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