La biblioteca VI: Mahapu

El destino le presenta a Machuca, una nueva compañera de viaje.

¿Qué secretos esconde la misteriosa torre? ¿Podrá confiar el aspirante a bibliotecario en Mahapu? Machuca se enfrenta a nuevos desafíos que lo cambiaran para siempre.

Sobrevivir a la desaparición de la raza humana, enfrentarse a asesinos, zombis en una biblioteca, un depredador de otro mundo y un salto dimensional ya era suficiente para cualquier vida. Sin embargo, recorrer la distancia hasta la torre plateada se estaba convirtiendo en el desafío más agotador que Machuca había enfrentado.

Del paso al trote, del trote a la carrera, y de vuelta al paso. Machuca comenzó a medir el tiempo según el vacío que el hambre le desgarraba en las tripas. Poco a poco, la superficie plateada, lisa y perfecta fue cubriendo el horizonte. Cuando llegó a la base, la torre parecía una pared interminable. Su circunferencia era tan inmensa que no había forma de ver su final.

Machuca miró a izquierda y derecha sin encontrar ningún punto de acceso. Entonces, como solía hacer con el paredón que había antes de llegar a la escuela, estiró el brazo y rozó la torre con la punta de los dedos. Hizo un montoncito con piedras verdes para marcar su posición y comenzó a caminar.

El hambre pronto se acompañó de sed. Su lengua, áspera y pesada, parecía un parásito que amenazaba con ahogarlo. Siguió caminando mientras su cabeza empezaba a zumbar. La luz del sol seguía clavada en lo alto del cielo, burlándose de él.

Fue entonces cuando una mano fuerte lo agarró del brazo y lo hizo girar.

—¿Qué hacés acá? ¿Buscás el tesoro o la riqueza? —La voz era firme pero cordial, y pertenecía a una mujer alta y musculosa que debía agacharse para mirarlo a los ojos.

Machuca apenas pudo articular una respuesta.

—Tengo hambre.

La mujer sonrió, divertida, y le ofreció unas tortillas.

—Parece que te gustó el quiché. —Ella lo observó devorarlas con voracidad.

—Sí, sí. Son como las sopaipillas, pero más saladas. Gracias… Maju.

—Mahapu. Me llamo Mahapu. 

Machuca se disculpó con un gesto, sin dejar de comer.

—No te asustés —dijo ella—, pero nos espera una noche movidita.

El muchacho la miró confundido.

—No puedo dejar que te vayas. Si alguien sale del cono de sombra de la torre, esta puede escaparse. Y ya llevo mucho tiempo cazándola como para perderla ahora. Tampoco podés quedarte solo cuando yo entre. No es seguro.

Faltaban un par de horas para la noche. Mahapu, acostumbrada a largas esperas en campamentos rudimentarios, se sentó a afilar su lanza. Le preguntó a Machuca por su historia, y él le contó todo: los destellos, la bestia, el salto dimensional y su llegada a la torre.

—Y entonces lo único que se me ocurrió fue venir para acá, a la torre. A buscar ayuda.

—Bueno, eso tiene sentido. —Ella asintió pensativamente—. Hará dos o tres días pasé por donde debía estar Wari Mirana, el último pueblo del continente, y nada. Pensé que tal vez me había desviado demasiado, pero no. Esas mesetas de allá, ¿ves? Deberían estar plagadas de Ñandekes. Todo parece haber desaparecido de un día para el otro.

La mirada de Mahapu se perdió en el horizonte, su expresión cálida transformándose en una máscara fría.

—Ya falta poquito para la noche.

Cuando la luna eclipsó al sol, Mahapu comenzó a prepararse. Ajustó la faja de cuero grueso que ceñía su cintura y comprobó que los brazaletes estuvieran bien atados. Luego, le lanzó un mazo a Machuca.

—Tomá. Mantené siempre los pies bien separados para no perder el equilibrio cuando falles un golpe.

El arma era perfecta para un inexperto: una estructura de madera endurecida con varios anillos de metal, un filo curvo en un lado y una esfera metálica en el otro.

Machuca, nervioso, intentó distraerse hablando.

—¿Y vos sos de Wari Mirana?

—Yo soy de todas partes porque en todas partes me quieren. —Sonrió, pero no había arrogancia en sus palabras, solo certeza—. Mirá, ¿ves la torre esa? ¿Sabés qué es? Es la riqueza acumulada de un rey muerto, protegida por las artes mágicas de algún brujo. Y aislada por las leyendas que embaucaron al pueblo. Y nosotros estamos a punto de cambiar eso.

Se acercaron a la torre justo cuando el aire se llenó de siluetas negras que caían desde lo alto. Eran criaturas grotescas, con cuerpos huesudos y ojos blancos cruzados de venas azules. Se lanzaron sobre ellos con aullidos ensordecedores.

Mahapu no dudó ni un segundo. Con una precisión letal, blandió su lanza corta, atravesando a una de las criaturas en el pecho. Giró sobre sí misma, utilizando su peso y fuerza, y cercenó la cabeza de otra con un movimiento fluido. La sangre salpicó su rostro, pero ella ni siquiera parpadeó.

Machuca, aturdido, vio cómo una de las criaturas se lanzaba hacia él. Instintivamente, giró el mazo con violencia, impactando en la mandíbula de la bestia. El sonido de los huesos al romperse resonó en el aire. Descargó dos golpes más antes de que la criatura cayera inerte.

Pero no tuvo tiempo de recuperarse. Otra bestia saltó hacia él desde las sombras. Antes de que pudiera reaccionar, el arpón de Mahapu atravesó el pecho de la criatura, derribándola con un gruñido antinatural.

Mahapu no se detuvo. Con una ferocidad controlada, acabó con los últimos enemigos a golpes y puñaladas. Bañada en sangre, apiló los cadáveres junto a la torre.

Machuca aún temblaba, incapaz de procesar lo que acababa de vivir. Mahapu lo miró, reconociendo el terror en sus ojos.

—Sabés cuál es la mejor parte de todo esto. —Le puso una mano en el hombro—. Es ver la cara de los granjeros y sus familias cuando les regresamos sus riquezas. Eso y los banquetes que organizan a modo de agradecimiento.

De una pequeña bolsa en su cintura, sacó un par de piedras y un frasquito. Roció el líquido sobre los cadáveres que previamente amontonó junto a la torre. Con un par de chispas los hizo arder. Las llamas verdes olían a brea y pelo, y los órganos internos estallaban con un crepitar espeluznante.

Finalmente, un óvalo rojo incandescente apareció en la pared de la torre. Mahapu miró a Machuca por última vez.

—Seguime. Sin miedo. Rápido, que no pasa nada.

Le guiñó un ojo y corrió hacia las llamas. Con un salto ágil, atravesó la pared. Machuca dudo, gritó, golpeando la tierra con su mazo, pero al final, impulsado por el pánico y la admiración, corrió tras ella.

La biblioteca del fin del mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.

En el blog

Deja un comentario