La Biblioteca VII: La vida de Machuca

Los secretos de la torre amenazan con acabar con las aventuras de Machuca

Mahapu, la legendaria ladrona, guiará al aspirante a bibliotecario a través de pasillos y salones abandonados, internándose en los secretos de este nuevo mundo

La pared rugosa comenzó a calentarse y brillar hasta alcanzar un rojo incandescente. Del pequeño sol bidimensional emergió primero Mahapu, con la elegancia de quien está acostumbrada a desafiar peligros, y luego, con mucha menos gracia, Machuca aterrizó tras ella. La estancia que los recibió poco tenía que ver con el perfil cilíndrico de la torre exterior. Una gran sala abierta, sostenida por un bosque de columnas antiguas, se extendía ante ellos. A la altura de los ojos, una tira horizontal de caracteres curvos y ondulantes estaba labrada con meticulosidad en la piedra.

Machuca, sin darse cuenta, quedó atrapado en la extraña caligrafía, sus ojos recorrieron las líneas como si fueran imanes. Mahapu lo sacudió con violencia, sacándolo del trance.

—¡No mires esos grabados! —advirtió—. Esas palabras llevan las historias que los brujos idearon para el Rey. Relatos llenos de mentiras y verdades disfrazadas, diseñados para infectar al pueblo con supersticiones. No los veas o te será imposible llegar a la cámara dorada.

Mientras hablaba, Mahapu sacó de su cinturón un rectángulo de cuero y comenzó a moverse por la sala. En su mano derecha, como siempre, brillaba su lanza plateada. Zigzagueó entre las columnas, comparando el objeto de cuero con las baldosas decoradas en tonos rojos. Finalmente, encontró lo que buscaba.

—¡Acá! —llamó a Machuca, haciendo un gesto exagerado con la mano. Ambos se colocaron dentro de un círculo inscrito en un hexágono. Mahapu levantó un dedo, indicando que debían esperar.

Machuca apretó su mazo con más fuerza, nervioso. Mahapu miraba un punto indefinido cerca del techo abovedado, la punta de su lanza flotando en el aire, siguiendo el ritmo de su respiración calmada. La espera se extendió durante un par de minutos, hasta que tres campanadas resonaron en la sala.

—Es la señal —dijo Mahapu, y comenzó a avanzar. Machuca la siguió, tratando de no perder el ritmo.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó el muchacho mientras mantenían un trote ligero por un pasillo estrecho.

Mahapu tardó un momento en responder, recordando que su nuevo compañero venía de otro mundo.

—Estamos dentro del espiral de Ikpak-Chetpe, donde el tiempo y el espacio ya no se pertenecen mutuamente. Acá no podés llegar a un lugar determinado sin partir de un punto predeterminado. Si iniciás el camino desde otra baldosa o en otro momento, tu destino podría cambiar por completo. Podríamos acabar en el exterior de la torre, o peor, en el laberinto torcido. Por eso mismo, no podés saltar de regreso a tu mundo en el mismo punto donde llegaste y pretender volver al momento y lugar exactos.

Machuca comprendió entonces que no podía apartarse de Mahapu si quería salir de esa torre con vida.

 A medida que avanzaban, los intrusos atravesaron diferentes salones, cada uno abandonado hacía años. Unos estaban desbordantes de decoraciones extravagantes, otros parecían haber sido salas de guerra, con mapas desplegados sobre mesas de mármol decoradas con oro blanco y piedras preciosas. En un salón rojo siniestro, Machuca notó siete cajas de cristal que contenían momias vestidas con tocados, joyas y bastones ceremoniales. Cada recinto parecía resumir un aspecto de la vida de un antiguo monarca. Y en cada pared, cada arco y cada columna, las inscripciones de caracteres ondulantes seguían presentes.

Finalmente, llegaron a un amplio arco de medio punto construido en piedra negra. A cada lado de la abertura se elevaban dos figuras de bronce: criaturas imposibles, mitad yacaré, mitad alacrán. Al cruzar la entrada, se encontraron con una de las maravillas arquitectónicas más grandes de ese mundo: una estancia circular que se elevaba hasta el cielo sin techo alguno, pero con una fosa en su centro.

—Maldigo a toda la línea de sangre de quien haya ideado esta aberración —murmuró Mahapu al ver la estrecha pasarela que se alzaba curva sobre el diámetro del oscuro círculo.

Era bien sabido por todos que construir sobre las fosas era un sacrilegio. Incluso las aves evitaban sobrevolar aquellas puertas hacia lo desconocido.

Al otro lado del abismo, frente a un portal similar al que acababan de atravesar, una manada de guardianes pálidos gemía y rumiaba su furia inhumana. Machuca notó los cráneos y armaduras apiladas en los rincones, junto con las marcas de batallas pasadas en las paredes. El aire frío que brotaba de la garganta infinita del pozo envió un escalofrío por su espalda.

—Si tenés que elegir una muerte, que sea a manos de los hombres azules —dijo Mahapu sin mirarlo, mientras buscaba algo útil entre los restos de ladrones y guerreros que los precedieron. Encontró una daga verde endurecida, tres puntas de lanza y algunos cuernos de guerra.

—No caigas en el abismo —sentenció, poniéndose de pie. Con sus poderosos brazos, Mahapu clavó los objetos recolectados en la pared, improvisando una escalera para cruzar palmo a palmo sin profanar las advertencias milenarias. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó sobre los guardianes, que enloquecidos por la promesa de sangre nueva la esperaban listos para descuartizarla. Su aguijón plateado no tardó en derramar la sangre de los enemigos.

Machuca colgó del primer escalón, la daga verde endurecida, y se estiró hacia el segundo, un cuerno de guerra. Sus hombros ardían de dolor, pero logró llegar al otro lado.

—¡El cadáver! —gritó Mahapu, señalando el cuerpo inerte de uno de los guardianes que, al quedar en el borde de la fosa, se deslizaba lentamente hacia el abismo. Machuca corrió y saltó, abrazándose a la criatura para arrastrarla lejos del pozo.

Cuando levantó la vista, satisfecho, vio a Mahapu sonriéndole, cubierta de sangre y sosteniendo la cabeza de uno de los guardianes. Así era Mahapu: implacable cuando debía serlo.

—¿Qué hay en el pozo? —preguntó Machuca, poniéndose en pie.

—No es un pozo —respondió Mahapu, limpiándose las manos—. Las fosas atraviesan la tierra y llevan a los confines del espacio, plagados de horrores inimaginables.

 Unos metros más allá del arco custodiado por los hombres pálidos, se expandía la cámara dorada. En su centro, una estructura similar a un retablo barroco dorado a la hoja. Los relieves mostraban guerreros y bestias que prometían maldiciones a quienes osaran profanar su tesoro. Era la última barrera: la superstición.

En el centro de la cámara, una bestia de seis extremidades se movía en círculos, alertada por los chillidos de los guardianes. Su cuerpo encrespado, plagado de dientes y pequeños ojos negros, prometía una muerte violenta. Aunque estaba encadenada y no podía salir del recinto que protegía, sus movimientos eran ágiles y veloces.

Mahapu soltó una maldición y se volvió hacia Machuca.

—Mirá, yo puedo encontrar otros tesoros y aventuras. Solo necesito riquezas simples. Pero para conseguir un Translocador, es necesario tentar a sabios y alquimistas con alguna maravilla imposible de conseguir. Y una de esas reliquias está detrás de esa bestia.

Machuca la miró, decidido.

—Tengo que ir a buscar a Pampero, cueste lo que cueste.

Mahapu posó una mano en su hombro.

—El tiempo transcurre distinto a través del cuerpo de esa bestia. Más rápido. Uno de nosotros debe distraerlo mientras el otro da la estocada final.

Machuca asintió, dio unos saltitos para preparar sus músculos y se lanzó hacia la cámara. La bestia se abalanzó sobre él, y en ese momento, el aspirante a bibliotecario sintió cómo el tiempo cambiaba. Cada golpe de su mazo parecía durar horas, mientras su cuerpo envejecía rápidamente. Veinte años pasaron en lo que parecieron minutos. Finalmente, la bestia dejó de moverse y vomitó sangre. Mahapu había encontrado el punto exacto para apuñalarla.

Cuando apartó el cadáver de la bestia, Machuca era un hombre diferente: fornido, duro y áspero como un nudo.

—¿Qué hay en el baúl? —preguntó con su nueva voz.

Mahapu se le partió el corazón al escucharlo.

—Parmio y un libro. Un libro de ciencia, cálculo y equivalencias temporales. Algo que sabios y matemáticos han buscado durante siglos.

La biblioteca del fin del mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.

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