La Biblioteca VIII: La tierra quebrada

Los secretos de la tierra quebrada. El trágico resultado de un experimento egoísta.

Mahapu aprovecha el viaje para contarnos la historia de la caída de un imperio. Eventos que se entrelazan con la suerte de sus ancestros y condiciona su nacimiento.

Después de conseguir el libro de cálculos titulado «De tiempos relativos y geométricas causales» , además de una buena cantidad de Parmio, Machuca y su compañera —la intrépida ladrona conocida en más de treinta poblados como el Escorpión de Plata — solo necesitaron llegar al techo de la torre para escapar de sus muros. Lograron salir a través de la claraboya colocada sobre aquella garganta abismal que era la fosa, una de las tantas que existían en el mundo de Mahapu. El escape no les exigió más que el esfuerzo físico necesario para la escalada. Fiel a su naturaleza, esta fortaleza, al igual que sus hermanas, había concentrado todos sus recursos en impedir el acceso a cualquier intruso, dejando prácticamente indefensa su salida.

En lo alto de aquella construcción ciclópea, restos de un antiguo imperio decadente, los colores del cielo nocturno vibraban nuevos, como manchas húmedas en un paisaje de acuarela. Incluso podían distinguirse los ríos púrpura cruzando el aire nocturno, recordando a Machuca cuán lejos estaba de su hogar. La espera se impuso sobre ellos mientras descansaban sentados en silencio. Machuca miraba las estrellas, o al menos eso creía. Mahapu, por su parte, contemplaba aquellos mismos puntos brillantes en el cielo, sabiendo que eran reflejos de la luna sobre las tierras flotantes de países desconocidos. Entre ambos compañeros de aventuras corría una brisa fresca con olor a río, pero también una idea que los agarraba de las tripas con tristeza: los años que Machuca, devenido en hombre, había perdido entre las fauces de aquella bestia guardiana de los tesoros que ahora abultaban sus bolsas.

Con la primera luz del sol, la torre milenaria, ya vacía de reliquias, joyas y secretos, volvería a las entrañas de la tierra. Destinada a ocupar un no-lugar, ignorando que ya no tenía propósito alguno para seguir existiendo. Ahora solo era el aberrante mausoleo de las bestias azules que aún la habitaban.

Una vez en tierra, iniciaron la marcha hacia Carampí, donde vivía Cálica, una de las conocedoras más prestigiosas del continente.

—Ella seguro querrá intercambiar el libro por el artefacto que te lleve a tu mundo —dijo Mahapu con el sano orgullo que deja en el cuerpo el haber realizado buenas acciones—. Además, todos me quieren en Carampí. Un par de años atrás les doné las joyas perdidas de la antigua guardia roja. Interesante historia esa, ya te la contaré.

Mahapu llevaba el optimismo y la simpatía como bandera. Y al hacerlo, sus más de dos metros de altura parecían menos intimidantes. Esta forma de ser, extraña para tratarse de una aventurera que solía rodearse de los especímenes más sórdidos de la sociedad, fue de gran ayuda en los días posteriores al robo. Aunque Machuca aseguraba estar bien y hasta contento con su nueva realidad, su compañera pudo verlo más de una vez mirando extrañado sus nuevas enormes manos. Los ojos, que antes dominaban el rostro del muchacho, ahora estaban fortificados por un par de pómulos filosos, siempre ocultos bajo densas cejas. En la penumbra constante de su expresión, Mahapu apenas lograba reconocer al joven que había conocido unos días atrás.

—Entonces, ¿qué pensás que pasa con tu mundo? —preguntó de repente, con aire casual, sin dejar de avanzar.

Él sonrió, y ensayó alguna respuesta con una nueva voz profunda y pedregosa.

—Podría ser el ataque de zombis tecnológicos. O por ahí un videojuego cobró vida y está invadiendo nuestra realidad. Capaz esta tierra es una simulación.

Mahapu soltó una risotada que hizo subir y bajar sus monumentales hombros dorados.

—¿Acá tenés tu simulación? —dijo mientras rodeaba el corto cuello de su compañero en un forcejeo amistoso. Ambos, aprovechando ese juego, midieron la nueva fuerza del cuerpo de Machuca.

—¿Conocés la historia de El último mago del emperador ? —preguntó Mahapu, arqueando una ceja. Machuca negó con la cabeza, y ella se aclaró la garganta, adoptando una impostada artificialidad teatral para comenzar su relato:

«Hace tres mil años, estas tierras pertenecían a un gran imperio. El más longevo que había conocido el continente. Cientos de pueblos vivían bajo su sombra. Algunos de mis ancestros, los que aceptaron el yugo, se contaban entre ellos. Los templos de este reino fueron los más fastuosos, sus guerreros los más bravos y mejor equipados. Sus magos, simples conocedores adelantados a su tiempo, eran requeridos y venerados incluso desde las costas más lejanas. Los poemas épicos que glorificaban a la familia regente se repetían en incontables manuscritos. Me enorgullezco de haber quemado varios cientos de ellos.» Mahapu hizo un gesto altanero, y Machuca recordó a su abuela.

«A pesar de que aquel imperio ya había visto pasar sus mejores días, era una bestia que gozaba de buena salud. Pero, y da gracias por este ‘pero’, la hija del emperador sufrió un accidente. Algunos dicen que cayó de su montura y se partió el cuello. Otros que, mientras escalaba un cerro, una roca suelta hizo que terminara en el fondo de un acantilado. La familia imperial quedó sumida en la tristeza. La emperatriz, desesperada, mandó a llamar a los magos. Todos acudieron desde los más lejanos rincones del imperio. Tan vasto era este reino que la empresa demoró una estación completa.

Llegado el día, los magos se reunieron en el salón principal de la casa imperial. La pareja regente exigió al concilio un modo para recuperar a su hija. Los sabios explicaron las implicancias de tal pedido. Todos los dioses y reglas del mundo prohíben semejantes prácticas. Pero, y aquí la cosa se complica, después de generaciones de conductas incestuosas, la familia imperial no estaba muy bien de la cabeza. Ni del cuerpo, según pude ver en algunos grabados. Así, los padres dolientes, hermanos ellos, no estuvieron dispuestos a escuchar razones. Uno a uno fueron ejecutando a los magos que se negaban a dar algún tipo de solución. Algunos, buscando salvar el cuello, intentaron reanimar el cuerpo de la niña, pero solo lograron mancillar el cadáver.

Hasta que fue el turno de un mago oriundo del norte. Su nombre se perdió en la historia. Después de la tragedia, fue borrado de los documentos imperiales, de todas las escuelas donde enseñó. Su línea de sangre se borró de la faz de la tierra. Incluso los registros de sus padres y abuelos fueron destruidos. Y no puedo decir que tal reacción haya sido exagerada. Por desesperación al tratar de salvar su pellejo, por un arrebato de locura, por el mal juicio de un ego desmesurado, fuera por lo que fuera, este mago le propuso a la pareja regente separar, dentro de una cámara flotante, el espacio y el tiempo. Así, lograrían viajar a través del tiempo igual que se viaja por el espacio. Ir de un año A a uno B sería tan sencillo como ir del punto C al punto D. Con semejante prodigio no haría falta revivir a la pequeña heredera. ¡Serían capaces de impedir su muerte!»

Mahapu hizo una pausa dramática, mirando a Machuca con intensidad.

—Sobra decir que el plan no funcionó. No quedan registros de cómo era la cámara, ni qué fue lo que sucedió. Pero la fortaleza donde se estaba construyendo la máquina fue arrasada por una explosión que duró tres días. No me refiero a tres días de explosiones sucesivas. No, no. Un solo estallido, tan lento y tan denso, que demoró todo ese tiempo en expandirse por completo. Su onda de choque se extendió por kilómetros, y por donde pasó, la realidad quedó rota para siempre. Hoy, a la zona afectada —casi la totalidad del territorio imperial— se la conoce como La tierra quebrada .

Cualquier persona sensata te dirá: «No te adentres en esa región. Allí el tiempo y el espacio no existen más allá de las cosas. Cada planta, roca y animal tiene su propia constante de tiempo y espacio. Y entre todas luchan y se devoran mutuamente, para existir en una realidad que solo vive a través de ellas.» Pero infinidad de tesoros siguen escondidos en este lugar. Es por eso que algunas aventureras siguen arriesgando su vida para encontrarlos. Por eso pasó lo que pasó cuando te enfrentaste a aquella bestia.

Mahapu se quedó en silencio por un momento, acomodándose en la espalda la culpa que pensaba debía cargar por lo sucedido a su compañero. El muchacho/hombre con su voz nueva, profunda y pedregosa, nacida de un cuello ancho y que llevaba siempre un gruñido entretejido en cada sonido, volvió a poner en marcha la conversación.

—¿Y pensás que eso es lo que está pasando en mi mundo? ¿Que es por culpa de ese experimento?

—No, pero creo que alguien hizo algo parecido. Que hay un pequeño hombre en tu mundo jugando con cosas que conoce, pero que no logra entender.

—No sé, vos parecés bastante un personaje de videojuego. No voy a descartar esa teoría todavía. —Machuca le brindó la mejor sonrisa que pudo a su amiga.

Caminaron dos días para llegar al límite sur de la tierra quebrada. Carampí se encontraba a un día de distancia. La diferencia entre la zona afectada por la locura de un emperador y su mago, con el mundo que seguía regido por las leyes de la naturaleza, era casi imperceptible para cualquiera. Apenas una línea de polvo vibrando a milímetros del suelo. Pero para Mahapu, este límite era tan claro como el día y la noche.

Antes de cruzarlo, Mahapu se arrodilló, colocando el peso de su cuerpo en los talones. Apoyó su lanza a un costado. Cerró los ojos y comenzó a respirar en patrones predefinidos. Sabiendo que sus acciones requerían de una explicación y sintiendo la mirada de Machuca en su cuello, ella comenzó a hablar.

—Cuando la explosión, la mayor parte de la población fue arrasada por el calor. Otros murieron por la onda de choque. Muchos envejecieron de golpe. Algunos simplemente dejaron de existir. En ese momento, una decena de familias de mi pueblo, al ver desaparecido el imperio que los había expulsado, decidieron volver. Sin escuchar razones. Su tierra los llamaba. Se cree que los nómades no tenemos apego por alguna tierra. Pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, conocemos cada monte, río y valle. Sabemos qué tiene para ofrecer en cada palmo de su extensión. Dentro del territorio imperial habían quedado devorados sitios sagrados. Lugares que durante generaciones fueron puntos de reunión para todas nuestras casas. Por eso muchos quisieron regresar.

«Pero la vida dentro de la tierra quebrada es casi imposible de llevar adelante. Cuando una mujer queda embarazada, la constante temporal del hijo afecta a la madre, y… cosas horribles suceden. Por eso en este territorio solo prosperan los animales que nacen de huevos. Sin embargo, algunos se las ingeniaron para lograr procrear dentro de esta realidad fragmentada.» Mahapu abrió los ojos y se puso de pie. Tenía el rostro oscurecido por la tensión del momento, como quien está a punto de cortar los cables que podrían hacer estallar una bomba.

—Hay, no sé, una decena de nosotros. Nativos de la tierra quebrada. Nos resulta difícil dejar este lugar. —Ella atravesó la frontera y salió al mundo natural. Pareció quedar suspendida en el tiempo por un momento—. Pero después de seiscientos años de vida, una se acostumbra.

La biblioteca del fin de mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extención.

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