El translocador, un pasaje de regreso para Machuca.
Mahapu y Machuca llegan al estudio de Cálica una afamada conocedora. Ella tiene lo que tanto necesita el aspirante a bibliotecario para volver a su mundo. Pero conseguirlo no será una tarea sencilla.

Carampí era un poblado pequeño pero próspero, cuya vida giraba en torno al cultivo de la Carasca, una raíz medicinal con propiedades tan versátiles que su fama había cruzado fronteras y mares. Era lógico, entonces, que Cálica, la insigne conocedora de ciencias ocultas y matemáticas profundas, hubiera elegido este lugar para establecer su estudio. Su presencia en el pueblo no solo era motivo de orgullo para sus habitantes, sino también una bendición. Cálica, con su vasto conocimiento y su habilidad para desentrañar los secretos más recónditos de la física y la ingeniería heterodoxa, era una figura legendaria. Sin embargo, detrás de su prestigio público, Cálica era una mujer atormentada por dolores articulares que la perseguían desde la infancia, un sufrimiento que ni toda su erudición había logrado mitigar. Solo gracias a una combinación precisa de ungüentos e infusiones a base de Carasca podía mantener a raya las punzadas constantes que le devoraban los huesos. Así, en esos momentos de alivio, Cálica podía escuchar con claridad los pensamientos hermosos que tanto la definían.
Cuando abrió la puerta de su estudio, Cálica sostenía un cuenco humeante que parecía flotar en el aire, conectado al techo por hilos translúcidos de vapor blanco. Mahapu y Machuca entraron cubiertos de polvo y cansancio, fruto de su largo viaje. No habían anunciado su llegada ni detenido su marcha para descansar o refrescarse. La urgencia de su misión era evidente.
El estudio de Cálica era un santuario de conocimiento y belleza. Artefactos curiosos y libros antiguos se entrelazaban en una armonía meticulosa. Flores de todos los colores —violetas, rojas y amarillas— brotaban en cada rincón, perfumando el aire con su fragancia dulce. Incluso Cálica lucía una corona de flores sobre su cabello oscuro. Este detalle, que en un principio sorprendió a Mahapu, cobró sentido más tarde cuando supieron que el aroma floral disimulaba el olor penetrante de la Carasca que adormecía su cuerpo. Por eso, quienes la conocían bien solían llamarla Paku Tika , o simplemente Paku , el nombre de su flor favorita.
—Los estaba esperando —dijo Cálica con una voz serena pero cargada de autoridad. Hizo un gesto con la mano, invitándolos a sentarse en el centro de la estancia principal.
—¿Quién le avisó de nuestra visita? Nadie nos vio llegar ni sabe de nuestra presencia —preguntó Mahapu, alerta ante cualquier posibilidad de traición o emboscada, como dictaba su instinto de guerrera.
—Oh, nadie, nadie —respondió Cálica con una sonrisa enigmática—. Pero cuando cosas terribles suceden, las personas que hacen buscan la guía de las personas que saben. En el mejor de los casos, claro. Por eso sabía que alguien… o algunos —señaló a Mahapu y Machuca con un ademán gracioso— vendrían pronto.
Sin previo aviso, una mujer breve pero robusta entró en la sala, portando una bandeja con panes dulces y dos cuencos decorados llenos de un líquido morado que escapaba en forma de nubes de vapor. Machuca aceptó la bebida sin dudarlo y comenzó a devorar varios panes con voracidad. Mahapu, más cautelosa, aceptó el cuenco y luego pidió a Cálica que les hablara de las «cosas terribles» que había mencionado.
Cálica, poco afecta al esfuerzo físico pero maestra en el arte de la oratoria, comenzó a hablar con una cadencia hipnótica. Escucharla era como contemplar a un escultor tallando la tela de una araña en el corazón de una nuez. Les explicó que, semanas atrás, el triunvirato de mundos —la esfera interior, la exterior y el mundo mar que las separaba— había comenzado a colapsar. Intercambios aleatorios entre las tres realidades estaban ocurriendo, pero el mundo exterior, siendo el más pequeño, poblado y el origen de la anomalía, era el más afectado y el primero en caer. Noticias de personas y animales fusionándose en criaturas de pesadilla, máquinas incomprensibles apareciendo dentro de cuerpos humanos, y siluetas extrañas surcando el cielo llegaban desde todos los rincones. Cálica mencionó que Amamari, un habitante de las afueras, había llevado un objeto extraño que apareció entre su plantación de Carasca. Antes de desaparecer, Cálica tuvo tiempo de examinarlo.
—El espectrómetro no dejaba duda alguna: provenía del mundo exterior. Al igual que este joven famélico —dijo, señalando a Machuca con sus manos delicadas, como si fueran las de un escriba.
Machuca dejó de masticar al sentirse el centro de atención. Fue entonces cuando notó que la mujer que había traído los alimentos lo observaba con un aparato extraño: una caja hexagonal coronada por un diapasón.
—Gracias, Amanki —dijo Cálica, y la tercera mujer se retiró de la estancia.
—Yo quiero volver a mi mundo para buscar a Pampero, mi carpincho. Por eso le trajimos este libro —dijo Machuca, rompiendo el silencio. Mahapu buscó el libro titulado «De tiempos relativos y geométricas causales» y lo entregó a Cálica.
—Se dice que usted tiene, o construyó, un translocador tetradimensional —añadió Mahapu.
—¿Sabes cuántas personas tienen el conocimiento, la habilidad y la paciencia para construir un aparato de semejante precisión y belleza? —preguntó Cálica mientras acariciaba las letras grabadas en el lomo del libro—. Y no hablemos del peligro que representa en manos equivocadas.
—Seguramente muy pocas —intervino Machuca, con una seguridad que sorprendió incluso a Mahapu—. Tal vez tan pocas como las personas que poseen este libro que le estamos ofreciendo.
Mahapu miró a su compañero con admiración contenida. Machuca sostuvo la mirada de Cálica, sintiendo un calor extraño en su pecho al recibir una sonrisa de aprobación de la mujer. Cálica colocó el libro en una mesa cercana y se internó en el bosque de artefactos y herramientas que ocupaba el rincón más oscuro de la estancia.
—¿Sabés en qué año estamos? —preguntó Cálica de repente.
—En el tres mil ciento cuatro —respondió Mahapu, sorprendida por la pregunta.
—En el año tres mil ciento cuatro de la era nocturna —corrigió Cálica—. Cuando los dioses se retiran del mundo. Para muchos, estas eras significan caos y desesperanza. Pero yo creo que son tiempos profundamente humanos. Nos permiten florecer con todas nuestras virtudes y defectos. Aunque existe la creencia de que durante las edades nocturnas los dioses callan, esto no es cierto. Ellos nos dejan mensajes todo el tiempo. Solo hay que aprender a leer el cielo. Por eso les daré el translocador.
Mahapu y Machuca intercambiaron miradas de euforia contenida.
—Pero antes, viajero del mundo exterior, quiero que me lleves de paseo —dijo Cálica, emergiendo del bosque de artefactos con una esfera del tamaño de un melón en sus manos. La dejó junto al libro: el translocador. Era una maravilla de ingeniería, compuesta por cientos de anillos metálicos móviles, cada uno numerado en escalas y unidades diferentes.
—Conozco el movimiento de los astros y la materia de este mundo a niveles infinitesimales, pero temo que nunca llegaré a conocer los otros mundos. Por eso te pido que me transportes, en alguna historia, hasta tu tierra. Eso cerrará el trato. Si no accedes, pueden llevarse el libro. Pero te advierto —miró a Mahapu— que deberás viajar el tiempo que tardás en sangrar siete veces para encontrar a alguien más interesado.
Cálica se recostó en su asiento, con una amplia sonrisa, esperando la respuesta de Machuca. El aspirante a bibliotecario miró desconcertado a Mahapu, quien lo apuró con un leve movimiento de cabeza. De repente, toda la atmósfera del planeta pareció concentrarse en un cilindro invisible que aplastaba los hombros del muchacho. Entró en su mente desesperado, revolviendo sus memorias. ¿Qué aspecto de su mundo podría cautivar a alguien que ya lo sabía todo? ¿Maravillas naturales? Este mundo tenía ríos gaseosos que podían remontar embarcaciones por el aire. ¿Proezas tecnológicas? ¡Estaban a punto de conseguir un artefacto para viajar entre realidades!
—Doña Cálica —comenzó Machuca, aclarándose la garganta mientras se inclinaba hacia el borde de su asiento.
—Podés decirme Paku, si lo deseas.
—Paku, le voy a contar la historia de siete hermanos y una maldición.
El aspirante a bibliotecario decidió jugar su suerte con los relatos que tantas veces había escuchado de su abuela. Le contó de los amantes convertidos en pájaros cuya carne no se podía comer. De la princesa renacida en flor. Del espíritu de un río con mil curvas. Le habló de las luces que llamaban al incauto cuando oscurecía. Así transcurrió lo que quedaba del día y toda la noche. Machuca pintó los relatos con palabras simples y un ritmo tranquilo.
Con el amanecer llegó Amanki, susurrándole algo indescifrable a Cálica, quien se puso de pie con esfuerzo. Se acercó a Machuca y le acarició la mejilla.
—Gracias por estos momentos. Ahora, si me disculpan, debo descansar. Amanki ya hizo los preparativos. La junta del pueblo los espera. Estaban felices por tu regreso, Mahapu. Incluso en estas circunstancias.
Cálica se retiró. Ambos viajeros se pusieron de pie, algo sorprendidos. Amanki les entregó un atado de cosas, donde también estaba el ansiado translocador.
El aire de la mañana era filoso, un contraste abrupto que los devolvió a la urgencia de su aventura. El sol poco a poco se asomaba por detrás de la luna.

La biblioteca del fin de mundo
Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.




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