PIMIENTA.
Bajo las aguas cristalinas del Caribe, donde los corales pintan el fondo del mar con colores vibrantes y los peces brillan como joyas vivientes, pasaba sus días una sirena llamada Pimienta. Una tarde, mientras exploraba una cueva submarina que nunca antes había visitado, encontró algo que la dejó boquiabierta: el esqueleto de un viejo pirata, recostado contra una roca, con su sombrero de ala ancha aún intacto sobre su cráneo.
El sombrero, adornado con unos bordados dorados que el tiempo no había logrado borrar por completo, parecía llamarla. Con curiosidad, Pimienta lo tomó con cuidado y se lo colocó sobre su cabello largo y ondulado. Al instante, una sensación extraña la invadió, como si el espíritu del pirata estuviera susurrándole historias de mares embravecidos, tesoros perdidos y batallas épicas.
De repente, las paredes de la cueva parecieron transformarse. La sirena quedó rodeada por visiones de barcos con velas desplegadas, de mapas marcados con cruces rojas y de cofres llenos de monedas de oro. Sintió la emoción de la libertad que el pirata debió haber experimentado al surcar los océanos sin ataduras.
Cuando la visión terminó, Pimienta sonrió. Decidió quedarse con el sombrero, no como un trofeo, sino como un recordatorio de que el mar guardaba innumerables historias esperando ser descubiertas. Desde ese día, cada vez que se ponía el sombrero, sentía que el espíritu aventurero del pirata la acompañaba, inspirándola a explorar rincones del océano que nunca antes había imaginado.
Y así, la sirena y el pirata, unidos por un sombrero, continuaron viviendo aventuras en las profundidades del mar, donde las leyendas nunca mueren.


CAFÉ.
Anastasia abrió los ojos y el silencio la envolvió como una manta pesada. La habitación estaba intacta, pero algo faltaba: el murmullo de la ciudad, los pasos en el pasillo, el repiqueteo de los cubiertos en la cocina. Se levantó y caminó hasta la ventana. Las calles estaban vacías, los coches abandonados, las ventanas de los edificios oscuras. No había rastro de vida.
Se vistió mecánicamente, como si la rutina pudiera devolverle la normalidad. Bajó al café de la esquina, donde siempre desayunaba. La puerta estaba abierta, y el local, desierto. Encendió la máquina de café, esperando que el sonido familiar la tranquilizara. El aroma llenó el aire, pero no hubo nadie más para apreciarlo.
Se sentó en su mesa habitual, frente a la ventana, y tomó el primer sorbo. El café estaba caliente, amargo, reconfortante. Miró hacia afuera, esperando ver a alguien, cualquiera, pero solo había silencio y soledad. ¿Qué había pasado? ¿Era realmente la última? No había señales de lucha, de caos, solo ausencia.
Terminó su taza y se quedó mirando el vacío. Sin respuestas, sin propósito, decidió que no había nada más que hacer. Volvió a llenar la taza y se sentó de nuevo. El mundo había terminado, pero el café seguía ahí, y por ahora, eso era suficiente..
La chispa adecuada
Edurne ajustó los anteojos sobre su nariz y se reclinó en la silla mientras la pantalla ovalada iluminaba su rostro con un brillo azulado. Vivía en un monoambiente sobre una de las tangentes de la ciudad, un lugar funcional y pasajero donde su personalidad quedaba arrinconada en una escueta biblioteca de armado fácil. Después de años, había perfeccionado el arte del teletrabajo: durante el día, era una ingeniera de octágonos de silicio, eficiente y meticulosa; por las noches, una vez asegurada la subsistencia del próximo mes, escribía textos incendiarios que circulaban por foros clandestinos y redes alternativas. Octubre —tal era su pseudónimo— era una voz creciente en el ámbito digital, una que no pasaba desapercibida para las autoridades.
Aquella noche, tras alimentar un blog clandestino y mientras revisaba uno de sus últimos textos, un golpe resonó en la puerta: fuerte, insistente. Edurne se detuvo, con el dedo suspendido sobre el teclado. El sonido reverberó en las paredes de su diminuto departamento. Su corazón aceleró el ritmo. ¿Quién podía ser a esas horas?
Contuvo el aliento. No esperaba visitas. Se puso de pie lentamente, intentando calmar su respiración. Tranquila, se dijo. Podría ser un vecino trasnochado. O tal vez no. Quizás sus palabras habían llegado demasiado lejos. Alguien podía haber rastreado su ubicación. Desde hacía semanas, notaba miradas extrañas en la calle, coches que parecían seguirla. ¿Sería la policía secreta? Venían a detenerla, a interrogarla, quizás a eliminarla. Después de todo, sus frases aparecían cada vez más en paredes y pancartas. Y era sabido que el régimen no toleraba disidentes.
Pero existía otra posibilidad, tan emocionante como aterradora: tal vez ella había sido la chispa adecuada para que todo ardiera. Los lectores organizados podrían estar detrás de esa puerta, decididos a pasar de las palabras a la acción. Quizás venían a buscarla como lideresa, como guía.
Dudó un instante antes de abrir. Edurne se miró en el espejo del recibidor. «La revolución nunca se vio tan atractiva», pensó.
No había vuelta atrás.
Con un movimiento firme, giró el picaporte.


IRMA
Irma era una fruta tan excepcional como peligrosa. Se decía que cuando ella bailaba, hasta los muertos se encrespaban. La fama de esta asombrosa bailarina no era cuestión de anuncios ni carteles luminosos; era un rumor susurrado en los salones más exclusivos, un secreto celosamente guardado entre los círculos más poderosos de la sociedad. Una promesa prohibida que atraía a quienes, hartos de los placeres mundanos, vivían con desgano. Porque Irma no era una mercancía que se pudiera comprar o poseer. Era un imán, un néctar envenenado para los que creían tenerlo todo.
La invitación llegaba sin previo aviso: un rectángulo negro, perfumado a azahares y caramelo. Una dirección, una hora, un nombre. Irma. Las reglas eran claras como el cristal: llegar solo, llegar a tiempo. Para quienes seguían las indicaciones al pie de la letra, se decía que aguardaba un banquete que colmaba todos los sentidos.
Las versiones sobre Irma se multiplicaban año tras año, cada una más extravagante que la anterior. Algunos juraban que aparecía entre los más diversos manjares, delicadezas que desafiaban la imaginación: trufas bañadas en oro, frutas escarchadas, vinos tan antiguos que parecían respirar historias. Otros aseguraban que bailaba entre sedas e hilos de oro, moviéndose como si flotara, mientras su risa cristalina llenaba el aire como un eco celestial. Había quienes decían que no bailaba, sino que permanecía inmóvil, cantando una melodía hipnótica. Todos estos relatos no hacían más que acrecentar la tentación que representaba la invitación de la legendaria bailarina.
Pero fuera de todas las habladurías, había algo concreto, un pequeño detalle que alimentaba una versión de la historia tan inverosímil como aterradora. Fue Pablo Calfuquir, un chofer, el primero en descubrir el patrón. Se lo comentó a sus compañeros, hombres y mujeres que compartían largas horas al volante intercambiando chismes sobre sus excéntricos empleadores. Con el tiempo, esta información se filtró hacia los mismos dueños del poder: todo aquel que hubiese visto a Irma bailar quedaba devastado. Algunos, a los pocos meses, se suicidaban. Otros caían en una depresión profunda de la cual no podían salir. Hubo quienes simplemente desaparecían sin dejar rastro.
A los dos lados de la barrera que generan las fortunas crecieron dos teorías nuevas. Para algunos, Irma no era una bailarina cualquiera, sino algo más. Una entidad sobrenatural, un nahual, una bruja capaz de robar el alma y dejar un cascarón seco. Para otros, ver a Irma era una experiencia de una belleza tan absoluta que, una vez vivida, el mundo se convertía en un lugar insípido, un eco distorsionado de lo que alguna vez fue sublime.
Pero aquí radica lo verdaderamente curioso: nadie rechazaba la invitación. Aún con la posibilidad de un destino trágico, hombres y mujeres encumbrados en el poder no dejaban de verse, con motivos de sobra, por encima de cualquier regla. ¿Acaso su posición no les otorgaba el derecho de ser excepcionales? ¿No eran los elegidos entre los elegidos?¿Acaso no podría librarse de cualquier consecuencia como tantas otras veces lo habían hecho?




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