La Biblioteca XI: Los Hinchinapos

Machuca y Mahapu lo arriesgan todo para devolver al muchacho a su mundo.

La tierra quebrada ofrece su cara más peligrosa y nos deja ver por qué es un territorio maldito a los ojos del resto del continente.

Machuca y Mahapu volaban como entidades biomecánicas surgidas de un sueño apocalíptico. Abajo, mucho más abajo, las sombras de sus monturas aladas corrían veloces, adaptándose al terreno irregular donde las leyes del tiempo y el espacio se desdibujaban. Sus trajes, diseñados por Cálica, brillaban bajo la luz fracturada del cielo. No eran simples armaduras, sino amortiguadores temporales indispensables en este territorio impredecible.

A lo lejos, tres colosos se alzaban sobre el horizonte. Machuca los confundió con montañas, pero pronto notó que se movían. Eran los Hinchinapos, criaturas antropomórficas con cuernos que apuntaban al cielo, ojos giratorios y esferas brillantes incrustadas en sus frentes. En otro mundo habrían sido pesadillas, pero aquí formaban parte del paisaje.

Mahapu ajustó el translocador, un artefacto complejo de sesenta y cuatro anillos calibrados según las matemáticas astrales. Ató una cuerda al dispositivo y lo lanzó a Machuca, quien lo atrapó con precisión. Antes de usarlo, activó una manivela en su traje. Tres agujas se clavaron en su espalda, un mecanismo necesario para desacoplar su cuerpo de las fluctuaciones temporales.

Los trajes funcionaban gracias a pequeñas plantas llamadas Amanecida, que absorbían las constantes externas y florecían rápidamente, protegiendo a sus portadores. Sin ellos, acercarse a los gigantes habría significado una muerte instantánea.

Mahapu se acercó a los colosos con cautela, revoloteando como una mariposa entre tormentas. Su objetivo era claro: colocar a los Hinchinapos en una posición específica para activar el translocador. Mientras tanto, Machuca volaba en círculos, esperando su señal. Cuando Mahapu logró arrear a los gigantes, hizo un gesto brusco con la mano. Machuca descendió rápidamente, pasó entre las piernas de las bestias y activó el artefacto. Una esfera dorada apareció sobre su cabeza, y el vórtice lo reclamó. Con un último vistazo a Mahapu, desapareció en un destello de luz.

Desde las alturas, Mahapu lo vio partir. Por un momento, una amargura inesperada la invadió. Pero antes de que pudiera procesarlo, un zarpazo de uno de los gigantes la derribó de su montura. Cayó en picada hacia el suelo, sabiendo que su traje no sería suficiente para salvarla. Justo cuando el impacto parecía inevitable, sintió un tirón que le sacó todo el aire. Los brazos de Machuca la rodearon, fuertes como troncos de árbol, y la arrastraron hacia atrás. El vórtice los envolvió en un abrazo refulgente, y en un instante ambos estaban de regreso en el mundo exterior.

Al otro lado, Mahapu miró a Machuca con una mezcla de alivio y gratitud. Sabía que su aventura no había terminado, pero por ahora, estaban a salvo.

La biblioteca del fin de mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.

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