La Biblioteca XII: El regreso de Pampero

Mahapu y Machuca regresan al mundo exterior.

De vuelta en el mundo nata del aspirante a bibliotecario, un viejo compañero se uno al dúo, pero ya nada será igual.

La mayoría de la gente atribuye la creación del translocador a Amán-Chep, pero en realidad fue Quipil Juchén quien inventó este prodigio. Su genialidad lo llevó a probarlo sin dudar. Trágicamente, su gloria terminó en desastre cuando se materializó dentro de una roca, quedando atrapado para siempre.

Amán-Chep, menos brillante, pero más astuto, encontró el laboratorio de su colega vacío meses después. Allí descubrió los planos del artefacto y las notas finales de su creador: “Estoy listo para hacer el salto, la eternidad y la gloria me esperan”. Amán agregó la fase del rebote, un primer salto espectral que permitía al viajero observar su destino sin corporizarse, evitando así peligros como la superposición de materia.

Cuando Machuca y Mahapu atravesaron el portal, sintieron exactamente lo que se siente al saltar entre mundos. Aparecieron a pocos centímetros del suelo. Detrás de ellos, el portal se cerró y el translocador golpeó el asfalto. Habían regresado al punto de partida. Allí estaba el auto de Machuca, volcado, con sus libros y revistas esparcidos por el suelo. Sin embargo, no había señales de Pampero. Dos meses habían transcurrido desde que el muchacho oriundo de Yavi fue transportado al mundo interior.

Un quejido llamó la atención de Machuca. Desmontó la escafandra de la pechera que llevaba para poder ver mejor. Siguió el reguero de sangre y vio a Mahapu luchando contra una criatura imposible, una masa deforme de hombres y animales fundidos en una sola entidad, otra de las infortunadas creaciones de los destellos seres de mundos diferentes que por capricho del destino fueron obligados a existir en un mismo espacio. Una patética criatura condenada, que en su desesperada forma de existir no hacía más que atacar buscando algún tipo de justicia. El muchacho empuñó su mazo y corrió hacia el engendro. Antes de que pudiera intervenir, la criatura lanzó a Mahapu contra el auto. El impacto destrozó la escafandra. La guerrera gritó, un sonido fantasmal que heló la sangre de Machuca. En el poco tiempo que llevaba de conocer a la temeraria ladrona, la había visto luchar, correr, saltar, enfrentar peligros imposibles, cabalgar reptiles por los cielos y todo sin perder la templanza. Pero ahora estaba gritando.

Machuca, con las entrañas abigarradas como un nudo, soltó un rugido de furia, llamó la atención de la criatura con un golpe rotundo. El monstruo giró sobre sí mismo, moviendo múltiples piernas y patas. Algunas se arrastraban atrofiadas, otras colgaban como aberraciones inútiles de un cuerpo antinatural. Sus golpes eran descoordinados pero no por ello menos peligrosos. Machuca bloqueó sus ataques con el mazo, retrocediendo paso a paso mientras buscaba una oportunidad para contraatacar. En medio del caos, creyó ver una figura junto a Mahapu. «Imposible», pensó. Un momento después, una mano áspera alcanzó su cabeza. Sintió un estallido en la oreja que lo sacudió como un relámpago. Sin querer soltó su arma. Su cabeza se estrelló contra el asfalto. Aun en el suelo, buscó desesperadamente la empuñadura del mazo. ¿Dónde quedaría algún resquicio de inteligencia en aquel cuerpo fusionado? Una de las patas de la criatura sujetaba con todas sus fuerzas el arma de Machuca. Otra cayó sobre su cuello. Estaba a merced de la muerte.

Pero justo cuando la situación parecía insostenible, una figura metálica emergió de las sombras. Con tres disparos certeros, destruyó las cabezas del mutante. Al verse libre, el muchacho corrió hacia Mahapu. Ambos se abrazaron mientras la figura metálica se acercaba lentamente.

El casco de la figura se replegó soltando un chasquido neumático. La poca luz que había apenas delineó la forma de una cabeza. Horrorizados, Machuca y Mahapu lo vieron hurgar en el cadáver de la bestia. Aquella noche violeta no era marco suficiente para lo que estaban viendo. Un cuerpo cibernético como un gancho de carnicero se incrustó en aquel cuerpo muerto para alimentarse con su sangre. El bibliotecario y la ladrona escuchar fluir líquido espeso. Seis largos tragos. Luego, el extraño se puso de pie, envuelto en sombras. Entonces explicó con un tono de erudición altanera:

—La percepción del tiempo de tu amiga, de todos los nacidos en la tierra quebrada una vez que abandonan su país natal, depende de su ritmo cardíaco. Fuera de su terruño, cuando se asusta, percibe el tiempo acelerado. Por el contrario, cuanto más calmada esté… Así, desde nuestro punto de vista, ella es más veloz mientras mantenga la templanza. Pero si llegara a asustarse podría caer en un espiral que la dejaría paralizada. Suspendida en un segundo infinito de angustia y terror, hasta morir finalmente de sed, si es que algo no acaba con ella antes. Pero no te preocupes, con un calmante normalicé su ritmo cardíaco.

Machuca miró a Mahapu, quien confirmó las palabras del extraño con un leve gesto. Luego añadió:

—Atravesar el portal, este mundo y después el ataque de esa bestia por sorpresa lograron afectarme. —Mahapu no pudo sostener la mirada mientras lo decía—. Es la segunda vez que me pasa. —El muchacho le apretó la mano intentando reconfortarla. Ella retribuyó el gesto y, recuperando poco a poco su habitual ligereza de ánimo, agregó—: Por otro lado, y para compensar el riesgo de morir paralizada de miedo, al salir de la tierra quebrada, tampoco envejezco. El tiempo no pasa por mi cuerpo. 

El misterioso salvador se acercó interrumpiendo el momento y la luz de la luna reveló algo sorprendente: la cabeza de Pampero, ahora engarzada en un cuerpo robótico.

La biblioteca del fin de mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.

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