La biblioteca XIII: La historia de Pampero

Machuca comprende que su mundo cambió más de lo que había pensado en el tiempo que duró su ausencia.

Pampero narra los acontecimientos que le dieron ese cuerpo y cuál es la misión que lleva sobre sus hombros ¿Serán Mahapu y su antiguo compañeros aliados en su cruzada?

El sol ascendía sobre el horizonte, proyectando sombras largas y afiladas sobre el paisaje desolado. En el cielo, aviones de combate cortaban las nubes en un sordo estallido supersónico, mientras helicópteros transportaban tropas extranjeras hacia destinos desconocidos. Durante su estancia en el mundo de Mahapu, Machuca se había perdido cómo el planeta reaccionaba al caos. Las grandes potencias desplegaban todo su poderío militar buscando el origen de los destellos blancos. La maquinaria de guerra recorría el globo sin respetar fronteras, aprovechando la crisis para cerrar un puño mecanizado sobre el resto del mundo.

Machuca observó con recelo aquel espectáculo bélico. Buscando refugio en lo familiar, dirigió su atención hacia los paisajes que alguna vez le resultaron reconfortantes: los cerros áridos y los valles coloridos de su Jujuy natal. Estaba de vuelta en su realidad, pero algo dentro de él sabía que nunca volvería a ser la misma. No después de todo lo ocurrido. Aunque el regreso debería haberle traído alegría, un nudo persistente se enroscaba en su estómago mientras lanzaba miradas furtivas hacia Pampero.

Su compañero, aquel joven carpincho que lo había acompañado desde los primeros días del apocalipsis, ya no era el mismo. Ahora, su cabeza descansaba sobre un cuerpo cibernético imponente, construido con lógicas y conocimientos fuera de toda compresión humana. El aspirante a bibliotecario no lograba reconciliar esa imagen con los recuerdos del pequeño y peludo amigo. 

Mientras Mahapu balanceaba su lanza sentada sobre una roca cercana, Machuca Intentaba encontrar algo de su antiguo amigo perdido dentro de esa construcción mecánica que era ahora. En un gesto, en la forma de mirar o en cómo arrugaba la nariz cuando olfateaba algo nuevo. Aquella entidad hibrida, inclinada sobre el motor del auto de su tío, se constituía como una curiosa parábola tecnológica. Y entonces, rompiendo el silencio, la voz del carpincho resonó con una claridad inesperada.

—Imagino que tenés muchas preguntas —dijo Pampero, sin apartar la vista del motor que estaba reparando. 

Machuca parpadeó, sorprendido. En su cabeza Pampero siempre había tenido una voz y una forma de hablar, pero aquella que salió de esta nueva encarnación no se parecía en nada. Tanta seriedad y determinación. Era como si hubiera ganado no solo un cuerpo nuevo, sino también una nueva esencia.

—Después de que el destello me llevara… aparecí en un laboratorio. Algo que ni en tus sueños más locos podrías imaginar. Allí conocí a Abi Anul, un hombre brillante y bondadoso. Él me dio este cuerpo y una misión: detener los destellos.

Pampero hizo una pausa, ajustando un último tornillo antes de cerrar el capó del auto. Se giró hacia Machuca, y sus ojos, ahora luminosos y cargados de un brillo artificial, reflejaban una mezcla de orgullo y preocupación.

—Nada como un poco de presión para un pequeño carpincho, ¿no? —añadió con una media sonrisa, tratando de aligerar el ambiente.

Machuca seguía sin palabras. Su mente era un torbellino de emociones y preguntas. Quería saberlo todo, pero no sabía por dónde empezar. Finalmente, logró articular:

—¿Qué… qué pasó exactamente? ¿Por qué te dieron este cuerpo?

Pampero suspiró, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus próximas palabras.

—Alguien en Europa inició un experimento que está haciendo colapsar los tres mundos, el mundo exterior, el mundo interior y el mundo mal que los separa. Las instalaciones que dieron inicio a los destellos fueron transportadas a cierto punto del sur de Chubut. Creemos que están dentro de una montaña. Mi destino es encontrarlas y detener el ciclo. Para eso tengo este cuerpo. Para cumplir con esa empresa.

Mahapu, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con su característica franqueza.

—Lo que necesitábamos: un fanático con un destino —dijo, cruzándose de brazos mientras caminaba hacia ellos. Su figura exuberante contrastaba con la estructura pulcra y calculada del carpincho cibernético.

—Estoy en sincronía con el fluir de las cosas, si a eso te referís —respondió Pampero, sosteniendo la mirada de Mahapu sin titubear—. Y por eso sé que van a acompañarme.

Machuca sintió que el aire se espesaba. Miró a Mahapu, luego a Pampero, y finalmente dejó escapar la pregunta que llevaba, atormentándolo desde que vio al cíborg beber la sangre de aquella criatura.

—Pero… ¿Por qué la sangre? ¿Te tomaste la sangre de esa cosa?

Pampero bajó la mirada por un instante, como si estuviera recordando algo doloroso. Luego levantó la cabeza y respondió con calma:

—Eso fue para alimentar a mi piedra profunda. Lleva impresos los patrones del alma de Ofalet, una tecno-madre. Sin ella, este cuerpo no podría funcionar correctamente.

Mahapu soltó un bufido de fastidio y levantó las manos en señal de rendición.

—¡Por todos los muertos, esta marioneta habla como un filósofo tecnológico! —exclamó, dando un paso atrás—. Todo tu cuerpo apesta a Mundo Mar. No sé cómo puedes soportarlo, Machuca.

El muchacho sonrió débilmente, aunque aún sentía un peso en el pecho. Sabía que su amigo había cambiado para siempre, pero también entendía que ese cambio era necesario. Si alguien tenía que enfrentarse a los destellos y salvar los mundos, ¿quién mejor que Pampero? Después de todo, a él lo salvó de la locura durante aquellas largas horas en la ruta. De no ser por el carpincho y la biblioteca, no lo hubiese logrado. Sí, Pampero siempre había sido más que un simple animal. Era un héroe en potencia.

—El auto ya está listo —anunció el cíborg—. Podemos partir cuando quieran.

Machuca asintió lentamente. Miró el horizonte, tres explosiones hicieron crecer columnas de humo negro. Las fuerzas bélicas desplegaban su agenda sobre el terreno sin sutileza alguna. El camino se haría más angosto y la ventana temporal más pequeña. Sabía que el viaje apenas comenzaba, y que los desafíos que les esperaban serían mucho mayores que cualquier cosa que hubieran enfrentado antes.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza. Porque, aunque el mundo parecía estar al borde del colapso, todavía tenía a su lado a dos compañeros inigualables: Mahapu, el escorpión de plata, y Pampero, el tecnocarpincho.

Juntos, enfrentarían lo que viniera.

La biblioteca del fin de mundo

Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.

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