Las fuerzas militares de la tierra atacan a al trío poniendo en peligro
el éxito de su misión.
Machuca intenta hacerse lidia con esta encarnación de su amigo Pampero. Sin embargo, los peligros acechan en el camino poniendo nuevos obstáculos a cada paso.

El pequeño auto avanzaba a trompicones por una carretera desierta, con el rugido cansado de su motor resonaba en el silencio del paisaje. Machuca se perdía en los libros y revistas que había recopilado en los días previos al salto que lo llevó al la tierra de Mahapu. Días cuando su compañero era un joven carpincho asustado.
—¿Te acordás, Pampero, de la biblioteca que queríamos armar? —preguntó, con un tono melancólico que apenas lograba disimular.
Pampero, quien conducía con la vista fija en el camino, respondió sin apartar los ojos del horizonte.
—Claro que me acuerdo. Pero creo que ahora tenemos una misión más importante.
Machuca sintió un pinchazo en el pecho ante la respuesta. Aquella biblioteca había sido, en su cabeza, un sueño compartido, un refugio imaginado para escapar del caos. Mahapu, desde el asiento trasero, soltó un resoplido cargado de desprecio.
—Parece que la impronta “encantadora” de los habitantes de Mundo Mar vino incluida con el cuerpo de lata. —dijo con ironía.
El carpincho sacudió sus orejas, como quien sacude la mano para librarse de algo pegajoso y no replicó. Sus ojos brillaban bajo la luz tenue, fijos en el horizonte, mientras el peso de su destino parecía aplastarlo desde dentro.
El zumbido lejano de tres helicópteros llenó el maltratado habitáculo del vehículo. Al acercarse, todo comenzó a vibrar. Descendieron en un caos de polvo y bramidos de motores. Pampero pisó el freno. Las dos aeronaves que transportaban tropas aterrizaron. Mientras tanto, el tercero, un AH-64 Apache armado y sin tocar tierra, apuntaba hacia el auto como una amenaza implacable.
A través de un altavoz, voces en inglés escupieron órdenes.
—¡Abandonen el vehículo lentamente con las manos en alto o abriremos fuego!
—Parece que las grandes fuerzas militares de este mundo también andan buscando respuestas a esta catástrofe —comentó Pampero, con una calma que contrastaba con la tensión del momento.
—¿Pero cómo nos encontraron? —preguntó Machuca tartamudeando.
Pampero hizo una pausa antes de responder.
—El metal de mi cuerpo no existe en este mundo. La energía que me anima tampoco. Ella… —hizo un gesto hacia Mahapu— tampoco debería existir en este mundo. Estamos destinados a activar una alerta en cualquier tipo de escaneo que usen.
Antes de que Machuca pudiera protestar, el carpincho giró hacia él.
—Esperame acá. No es seguro.
—Te acompaño.
Pampero negó con firmeza. Una escafandra metálica emergió del cuerpo cibernético, cubriendo su cabeza de carpincho. Un domo rojo con dos puntos blancos a modo de ojos. Con pasos pesados y firmes, salió del auto. Mahapu encrespada y alerta, ajustando el agarre de su lanza, proyectaba en su mente la batalla por venir. Y Aunque desconfiaba de los habitantes del Mundo Mar, la intrépida ladrona observó con respeto la determinación de su compañero acorazado.
El helicóptero armado lanzó el primer ataque, enviando ráfagas de proyectiles que rebotaron contra el blindaje de Pampero. El carpincho saltó directo al helicóptero que había disparado. En tierra, las tropas —unos veinte hombres pertrechados con la mejor tecnología posible— lo observaron incrédulos. Toda su prepotencia se derrumbó cuando los puños de Pampero arrancaron las armas del AH-64.
El vuelo moribundo del Apache pasó a un segundo plano para los soldados en tierra al escuchar la voz de Mahapu. Desafiándolos. Invitándolos a la batalla, Dos metros de músculos endurecidos en mil aventuras, una lanza sedienta de sangre y una sonrisa en los labios. Con movimientos fluidos y letales, su aguijón de plata cortó el aire, eliminando a las tropas que intentaban rodearla. Cada golpe era certero, cada paso calculado. La velocidad sobrehumana de Mahapu desconcertó a los soldados, que una y otra vez disparaban a una imagen que ya no estaba ahí. Algunas balas lograron rozarla, pero no había motivo para preocuparse. No cesó en su ataque.
Dentro del auto, Machuca observaba todo con impotencia. Su compañera le había prohibido salir del vehículo. Pero el muchacho, acunado por las historias de héroes que desafiaban imperios, no pudo contenerse y fue en busca de su pedazo de gloria.
A lo lejos, Pampero dejaba el cadáver humeante del AH-64. Sin tomarse un respiro, cargó contra otro de los helicópteros. Le arrancó las aspas y parte del fuselaje, lanzando fuera a los pilotos. La segunda nave había caído. Al encarar la tercera, los tripulantes y las tropas cercanas huyeron a campo abierto. Mahapu acabó con los pocos que todavía tenían ánimo de luchar.
Pampero replegó su domo de combate y se acercó a Mahapu. Ambos intercambiaron una mirada cargada de respeto mutuo, un reconocimiento tácito de su valía en el combate.
Por su parte, Machuca estaba de pie junto al cadáver de un soldado, sosteniendo sin ganas su mazo ensangrentado. La cabeza de aquel joven cuerpo desconocido no tenía un rostro, solo un cráter rojinegro. La violencia del impacto había dejado sobre la tierra una mancha de sangre parecida a las que se usan en el test de Rorschach. Y aunque lo intentó, el aspirante a bibliotecario, no pudo sin encontrarle un sentido. A Mahapu le temblaron las rodillas cuando vio la escena. Había querido evitar aquel momento. Demorarlo al menos. La victoria ya no era tal. Hasta ahora, su joven compañero no había tomado la vida de otro hombre. Se acercó y le agarró la mano. Él quiso decir algo, pero no encontró las palabras.
—Ya sé —dijo su compañera.
Pampero, después de revisar el helicóptero abandonado, quiso continuar el viaje, pero una mirada de Mahapu lo detuvo al instante. Sin importar la misión, los destellos o el destino de los tres mundos, ella le daría a Machuca el tiempo necesario para hacer su duelo. No por el soldado muerto, sino por todo lo que el muchacho estaba dejando atrás.

La biblioteca del fin de mundo
Conocé más de las aventuras de Machuca y Mahapu. Juntos van a explorar un mundo en crisis al borde de la extinción.



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