LA BIBLIOTECA DEL FIN DEL MUNDO I

El mundo termina y la aventura comienza.

Una biblioteca, más que un edificio, una acumulación de objetos, o si se quiere, en estos tiempos digitales, un espacio de almacenamiento saturado, es un gesto de esperanza. Uno deposita un montón de obras con el anhelo de que alguien querrá leerlas. Es también un reconocimiento a la capacidad de la humanidad para crear cosas que valgan la pena ser recordadas. Por no mencionar la maravillosa idea de la posesión colectiva de la cultura.

Machuca no era alguien fácil de sorprender. Después de años escuchando historias de luces malas, duendes y aparecidos, pensaba que ya nada podía impresionarlo. Pero aquella noche fue diferente.

Manejaba el auto de su tío por una ruta desierta, tan oscura que parecía tragarse el mundo entero. Las luces delanteras apenas iluminaban unos metros adelante, como si el resto del universo hubiera dejado de existir. En el asiento trasero, una caja de cartón reforzada con cinta aisladora contenía sus tesoros: La máquina del tiempo, Neuromante y otros libros de segunda mano que tanto amaba. A su lado, un cachorro de carpincho dormitaba plácidamente, ajeno al caos que se desataba a su alrededor.

Esa mañana, Machuca había despertado en un pueblo fantasma. Yavi, su hogar, crecía en los remotos paisajes áridos de Jujuy, un tesoro histórico de adobe y silencio. Con sus calles empedradas y su iglesia colonial del siglo XVII, el lugar parecía inmune al paso del tiempo. Pero ahora estaba vacío. Ni su madre, ni su hermano, ni su abuela, ni el padre Mendoza borracho en la plaza. Nadie.

Recorrió cada rincón gritando hasta que el eco devoró sus palabras. Agotado, regresó a casa.  Comprobó que todas las comunicaciones estaban caídas. Cuando salió a la vereda, algo llamó su atención. En el horizonte, una masa temblorosa de carne violácea cubría el cerro. Barras de metal oscuro y cables negros la atravesaban como una grotesca cicatriz. Machuca sintió un escalofrío. Sabía que el mundo que conocía había llegado a su fin.

Dio vueltas por la casa desesperado, tratando de encontrarle algún sentido a la situación. “Por qué yo”. Se repetía “Mi hermano hubiese sido mucho mejor afrontando…” No supo definir lo que había sucedido. “Yo no sé hacer nada, leo nomás”. Consciente de que no sobreviviría solo por instinto, decidió buscar algo que le diera sentido. Algo porque luchar, un objetivo: una biblioteca. Sí, es una empresa loable, como para dar la vida. Además, tiene suficiente material en casa como para comenzar una. Y visto lo visto, recolectar las memorias de la humanidad será algo necesario.

En los primeros kilómetros de la ruta 9, vio una camioneta volcada, quemada por el sol. No había conductor. Unos papeles en la guantera daban cuenta de la carga, muebles y algunos animales con destino de Tilcara, para un nuevo hotel de lujo que se llenaría de turistas arruinando el paisaje. Machuca frunció el ceño con desprecio y tiró los papeles. Escuchó un ruido proveniente de una jaula intacta. Se acercó y encontró al que sería primero su compañero y luego su amigo. Un carpincho.

La biblioteca del fin del mundo

Acompañá a Machuca, un muchacho jujeño, que por avatares del destino se ve involucrado en una aventura que cambiará el mundo para siempre.

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