LA BIBLIOTECA DEL FIN DEL MUNDO

El mundo termina y la aventura comienza.

Una biblioteca, más que un edificio, una acumulación de objetos, o si se quiere, en estos tiempos digitales, un espacio de almacenamiento saturado, es un gesto de esperanza. Uno deposita un montón de obras con el anhelo de que alguien querrá leerlas. Es también un reconocimiento a la capacidad de la humanidad para crear cosas que valgan la pena ser recordadas. Por no mencionar la maravillosa idea de la posesión colectiva de la cultura.

Machuca no era alguien fácil de sorprender. Después de años escuchando historias de luces malas, duendes y aparecidos, pensaba que ya nada podía impresionarlo.

Manejaba el auto de su tío hacia un punto de fuga que se desvanecía en el horizonte oscurecido. Las manos sudorosas sobre el volante no dejaba de moverse apretando acá y allá el cuero de imitación agrietado por los años de uso. Las luces delanteras apenas iluminaban unos metros adelante. En el asiento trasero, una caja de cartón reforzada con cinta aisladora contenía sus tesoros: La máquina del tiempo, Neuromante y otros libros de segunda mano que tanto amaba. A su lado, un cachorro de carpincho dormitaba plácidamente, ajeno al caos que se desataba a su alrededor.

Esa mañana, Machuca había despertado en un pueblo fantasma. Yavi, su hogar, crecía en los remotos paisajes áridos de Jujuy, un tesoro histórico de adobe y silencio. Con sus calles empedradas y su iglesia colonial del siglo XVII, el lugar parecía inmune al paso del tiempo. Pero ahora estaba vacío. Ni su madre, ni su hermano, ni su abuela, ni el padre Mendoza borracho en la plaza. Nadie.

Recorrió cada rincón del pueblo gritando hasta que el eco devoró sus palabras. Volvió a su casa con el corazón en la boca y los ojos abiertos a más no poder. Prendió la tele, la radio y buscó señal en el celular de la casa. Nada. Ruido blanco y ruedita animada sobre una pantalla negra que intentaba cargar los datos. Por costumbre salió a la vereda. Se sentó sobre los techos de la casa de sus vecinos, sobre el monte vio una masa violácea. Parecía un hígado de vaca. Gigante, obceno, abrasado por el calor del medio día. Atravesando aquella carne un puñado de varillas oscuras conectadas entre si por cable. Machuca se puso de pie sin darle la espalda. Retrocedió arrastrando los pies. Buscó la puerta de su casa estirando el brazo hacia atrás. Sin dejar de mirar aquella cosa. Entró a la casa y cerró con llave.

“Mi hermano hubiese sido mucho mejor afrontando esto.” Quedó sentado en el piso, la espalda contra la puerta y las rodillas abrazadas contra su pecho. Pasaron varias horas sin que el cerebro pudiera juntar dos ideas coherentes. Sus ojos repetían la imagen antinatural de la carne temblorosa aguijoneada por barras de metal. Y se sintió como el cerro aplastado por aquella masa incongruente. Tuvo miedo de jamás poder volver a ponerse en pie. 

Machuca se volvió a conectar al tiempo cuando sintió el calorcito en sus mejillas. El sol estaba en la ventana de la sala comedor. Seguramente pasaban de las tres de la tarde.

Podía quedarse ahí. Quería quedarse ahí y desaparecer. Pero un tuerto vestido de amarillo lo miró desde portada de una historieta que vio tirada en el piso de su pieza.

Sin pensarlo mucho juntó algunas cosas, los cimientos de lo que intentaría ser una biblioteca. Comió y agarró las llaves del auto de su tío. Un segundo juego que siempre dejaba en su casa. Por las dudas. Porque nunca se sabe.

En los primeros kilómetros de la ruta 9 vio una camioneta volcada, quemada por el sol. No había conductor. Unos documentos en la guantera revelaron la carga: muebles y animales destinados a un nuevo hotel de lujo en Tilcara, cuyo desarrollo amenazaba con arruinar el paisaje natural. Machuca frunció el ceño con desprecio y tiró los papeles. Escuchó un ruido proveniente de una jaula intacta. Se acercó y encontró al que sería primero su compañero y luego su amigo: un carpincho.


El horror en la estación de servicio.

El mundo ya no es lo que era y Machuca está a punto de comprobarlo de la peor manera.

Unos kilómetros antes de llegar a San Ramón de la Nueva Orán, Machuca vio un letrero rojo parpadear. Era la primera señal de actividad eléctrica que encontraba en más de veinte horas.

La estación de servicio estaba iluminada por un generador que traqueteaba sin descanso, como si luchara contra algún destino inevitable. El olor a nafta cruda llenaba el aire, denso y asfixiante. Machuca llenó el tanque mientras vigilaba el horizonte. De momento las instalaciones parecían tan desiertas como Yavi, como la ruta que los llevó hasta ahí. Él aprovechó para estirarse y doblarse. Mover un poco el cuerpo para sacarse la forma del asiento de las articulaciones. El joven carpincho olfateaba aquí y allá acercándose poco a poco a las puertas del local. El brillo del día lo disimulaba, pero las luces azules del interior seguían encendidas.

Adentro, el espacio era un laberinto de góndolas y estanterías. Una combinación de quiosco, roticería y “todo por dos pesos”. Machuca llenó su mochila con galletitas, chocolates y papas fritas. Se acercó al expositor de libros que estaba cerca de la caja registradora en cuanto lo vio. Era del tipo cilíndrico que se puede hacer girar para ver todo los títulos que ofrece. Agarró algunos libros de terror y fantasía. “Para mi colección”, pensó y al momento se corrigió: “Para la biblioteca”. Sin querer se topó con una foto en la pared. “Paula, empleada del mes”, leyó en la placa que colgaba bajo el retrato de una mujer sonriente. Sintió aquel detalle fuera de lugar, como un recordatorio de un mundo que ya no existía.

Un gemido lastimero llegó desde lo más profundo del local. Machuca dejó la mochila en el mostrador. Buscó al carpincho. Este hociqueaba unas tartas de verduras regadas por el piso. El gemido se volvió pregunta y saludo: “Hola ¿Hay alguien ahí?”. El muchacho se internó en el local. Atravesó la sección de revistas y golosinas. Pasó junto a su compañero y bordeó las vitrinas que exhibían comida para llevar. Agarró un cuchillo de plástico y avanzó.

Detrás de unas cortinas de hule encontró a un hombre atrapado. Una estantería derrumbada lo tenía rodeado y el peso de cien bidones de jugo de naranja lo mantenía confinado. La espalda de aquel desgraciado había tomado una curvatura antinatural al intentar zafar de su confinamiento. La visión de las venas hinchadas marcadas en el cuello y los ojos vidriosos detuvo a Machuca a unos cuantos metros del prisionero.

—¡Sacame de acá, pibe! —dijo el hombre con voz ronca. Abrió la mano suplicante del brazo que tenía libre—. Ya casi no siento las piernas. ¡Dale, pendejo, reaccioná! — golpeó el piso con el puño.

Machuca, mantenía su cuchillo de plástico escondido. Recorriendo con su pulgar el ridículo filo dentado.

—Hay unas cosas enormes en el horizonte, como unos bichos negros, gigantes que aparecieron después de los temblores y la luz ¡Tenemos que irnos! ¡Dale, sacame! —

Los ojos del muchacho de Yavi poco a poco se acostumbraron a la penumbra del depósito. Notó que el prisionero tenía patillas y un aro en la oreja derecha. Que no estaba vestido como un empleado. Y que su otro brazo lo mantenía pegado al cuerpo. Vio manchas oscuras en el suelo. ¿Sangre? Y más allá, entre cajas desparramadas, asomaba algo parecido a un zapato de mujer. Como un mocasín, pero con el taco un poco más alto. Con cuidado, para no perder detalle, volvió la cabeza hacia el prisionero y puso rodilla en tierra. El extraño empezó a contorsionarse. Se movió mucho dentro de lo poco que podía moverse. Desde su nueva perspectiva Machuca logró ver aquello que el prisionero ocultaba en el brazo que escondía. Un machete demasiado oscuro para estar limpio. El hombre gritó insultos y suplicas. Mencionó otra vez a las bestias extrañas. Machuca se puso de pie. El prisionero se parecía cocinarse vivo ante sus ojos al calor del miedo y la furia.

Sin pensarlo dos veces, agarró su cuchillo y apuñaló los bidones. El líquido naranja se derramó, empapando al hombre y el suelo. No quería dejarlo atrapado, pero tampoco se arriesgaría a un enfrentamiento. Al vaciarse los bidones, el prisionero podría liberarse. Los gritos resonaron por sobre el constante traqueteo del generador. Machuca no miró atrás. Agarró y se puso la mochila. Alzó a su carpincho. Atravesó la estación de servicio. Corrió hacia la salida.

Puso el auto en marcha y aceleró. Cuando la estación de servicio desapareció en el espejo retrovisor, Machuca se detuvo en la ruta. Se sentó en el suelo para dejar que el olor químico a naranja se disipara con el viento.

Pensó en el prisionero y en lo que había dicho. En las figuras gigantescas. Quiso creer que eran solo los desvaríos de un hombre encerrado con un machete, pero no lo logró.

El sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo de tonos anaranjados y morados. La oscuridad no tardaría en llegar. Y con ella, tal vez, las cosas negras que acechaban en el horizonte.


Una horda detrás de la puerta

Machuca y su carpincho llegan a El Carmen, ciudad de los diques. Y lo que parece un descanso en su viaje se convierte en una pesadilla demencial..

Aquella mañana, el muchacho oriundo de Yavi sintió que su suerte estaba mejorando. No me malinterpreten: la situación empeoraba a cada kilómetro recorrido. Sin embargo, todo parecía estar ocurriendo muy lejos de Machuca y su carpincho. Desde la ventanilla del auto vio siluetas de torres y construcciones imposibles, fuera de toda escala humana. Bestias de ocho patas vagaban en busca de comida, mientras artefactos cambiaformas surcaban el cielo a velocidades supersónicas. Pero nada de eso les impidió seguir avanzando.

Gracias a la obsesión de su abuela por guardar todo, Machuca contaba con una variada selección de mapas de papel. Mismo que uso para llegara a El Carmen. Después de perderse un par de veces, claro está. El lugar, como era costumbre estaba deshabitado. Faltaban algunos eificios y había rastros de animales que no deberían existir. Pero por el momento todo parecía estar tranquilo. Machuca aprovecho para recorrer los almacenes y juntar provisiones. Después de días de empacho su criterio para elegir las provisiones había mejorado bastante. Se hizo con latas de duraznos, choclo, caballa, queso, pan y fiambres. Terminaron el día en la biblioteca, un lugar ideal para descansar, comer algo y buscar inspiración para ponerle nombre a su compañero.

Los restos de un sánguche de mortadela yacían a unos pocos centímetros de la cabeza de Machuca. El muchacho dormía profundamente reclinado sobre una de las mesas de estudio que tenía la biblioteca. La cabeza apoyada sobre los brazos a modo de almohada y más allá una docena de libros desordenados. El carpincho olfateaba los rincones del salón, desconociendo que ya tenía un nombre: Pampero.Cuando todo es silencio y los pocos sonidos que existen nos son familiares, un murmullo desconocido basta para arrebatarnos del sueño. Machuca despertó ante el inusual sonido. Corrió hasta la puerta de la biblioteca. Antes de cerrarla con llave se asomó y vio una multitud de cuerpos avanzando lento pero decididos. Decenas de ojos blancos brillaban en la oscuridad, reflejando destellos extraños. El muchacho arrastró una gran mesa de madera para asegurar la puerta. Luego corrió hacia la ventana. Desde allí vio su auto, más allá de la plaza central. Calculó cuánto tiempo le tomaría llegar hasta ahí. Machuca confiaba en su velocidad, pero ¿y Pampero? ¿Podría cargarlo sin perder terreno frente a aquellas criaturas?

Los seres de fuera se estrellaron contra la puerta, golpeando y pateando. Gemidos y palabras sin sentidos en varios idiomas salían de esa masa oscura y temblorosa que formaba aquella multitud.

Atrincherado en la biblioteca, apretó los dientes y la garganta para tragarse el llanto. Sin pensarlo más, Machuca usó un matafuegos para romper el ventanal. Saltó al jardín lateral con Pampero en brazos y corrió hacia el auto. Bastó con que uno de los seres lo divisara moviéndose entre los árboles para que todos reaccionaran como uno. Olvidaron la puerta y fueron tras ellos. Pampero en sus brazos y la mochila rebotando a cada paso le impedían, al muchacho, correr a buen rítmo. En cambio los seres avanzaban a paso constante. Incontenibles y con una estratégicos se desplegaron en un semicírculo que terminaría cerrándole el paso a Machuca.

Justo cuando pensó que todo estaba perdido, un ligero temblor lo desestabilizó. Dio la cara contra el pasto húmedo y un destello blanco lo envolvió. Cuando abrió los ojos, vio una escena surrealista: aquellos seres que lo perseguían estaban fundidos con una gigantesca cabeza de verde. Recordaba a la cabeza de un cerdo, sin parecerse mucho a esta. Como su fuese un dibujo detallado pero construido sobre proporciones incorrectas. Machuca agarró su mochila y silbó a su compañero.

—Los destellos blancos… —murmuró, tratando de procesar lo que acababa de presenciar—. Se traen cosas de otro lado y se llevan cosas para otro lado.

Miró a Pampero, que lo observaba con sus grandes ojos oscuros, y sintió una mezcla de alivio y terror. Sabía que había aprendido algo crucial, pero también entendía que este nuevo conocimiento venía con un precio: el mundo que conocía ya no existía, y cualquier error podría costarle la vida.


Algo en el horizonte

El viaje continúa para nuestros protagonistas y un ser monstruoso los espera en el camino…

La Biblioteca del fin del mundo 4

Desde el punto de vista de un extraño pájaro azul tornasol con cuatro alas, el auto de Machuca no era más que un punto entre verde y marrón que avanzaba sobre la cinta gris de la ruta.

A esta altura del viaje, y después de varias aventuras, Pampero ya se había adueñado del asiento del acompañante. Inclinaba la cabeza hacia la ventanilla abierta, olfateando el aire fresco. Los destellos, desde que Machuca comenzó a cronometrar, tardaban cada vez más en llegar: primero fueron 27 horas, luego 34, y ahora 45. Este patrón lo tranquilizaba. Un mundo devastado pero estable parecía preferible a uno donde criaturas y construcciones aparecían y desaparecían sin sentido.

Mientras conducía, Machuca aprovechaba las tranquilas horas de manejo para recordar a su familia. Su madre tejiendo en el patio, su hermano escuchando discos de bandas desconocidas, su tío Toto contándole historias de juventud. Y su abuela Yuria, siempre dispuesta a hablarle de viejas leyendas y cosas fantásticas. Sin embargo, ella nunca habló de cómo la llevaron a Buenos Aires a los trece años para trabajar como mucama, ni de cómo escapó dos años después para regresar a Yavi. Todo eso lo supo gracias a su tío. Recordar aquellos días le daba una sensación de bienestar de estar en un lugar seguro. Este sentir ahora parecía limitarse a los pocos metros cuadrados dentro de su auto.

La localidad de Aguas Calientes quedó atrás en el espejo retrovisor. Esta vez, Machuca decidió no arriesgarse y solo tocar tangencialmente el poblado. Entraron a un viejo caserón en las afueras, deshabitado y descuadrado. Entre latas de conserva, salamines y algunos cómics antiguos, encontraron suficiente para llenar la mochila y la biblioteca en crecimiento. También sacaron nafta de los poco autos que encontraron.—Lo que me gusta la leche condensada no tiene nombre —dijo Machuca, levantando una lata como si fuera un tesoro. Dio un sorbo y se rió.

Pampero soltó un suspiro oportuno, como si entendiera perfectamente la situación.

—¿Qué pasa, che? —preguntó Machuca al ver a su carpincho crispar el pelaje. Extendió el brazo para calmarlo, pero el animal seguía tenso, mirando hacia el horizonte naranja del atardecer.—¿Qué mirás? —insistió Machuca. Siguió la mirada de Pampero y notó algo que asomaba en la distancia. Aquello tenía un patrón rítmico de movimiento. Pero antes de que pudiera distinguirlo mejor, el eco del sol desapareció del cielo y la anomalía se perdió en la oscuridad.

Machuca intentó ignorarlo, pero la inquietud ya lo había infectado. Encendió las luces delanteras y tomó otro sorbo de leche condensada mientras intentaba distraerse. Sin embargo, el carpincho seguía alerta.

De pronto, un quejido áspero y quebradizo avanzó hacia ellos como si de una grieta quebrando una roca se tratara. Pampero empezó a temblar. Machuca subió los vidrios y aceleró hasta los 80 km/h. Con una mano sostenía el volante, con la otra intentaba calmar a su compañero.

Entonces, algo pesado y oscuro cayó sobre el techo del auto, sacudiéndolo violentamente. El muchacho se aferró al volante para mantenerlos en ruta y avanzando. Una figura negra y cuadrúpeda corría junto a ellos, galopando con la cadencia de un caballo pero la flexibilidad de un guepardo. Sus extremidades largas y su cabeza pequeña parecían pertenecer a una pesadilla. La bestia embistió con tal fuerza que dos ruedas perdieron contacto con el asfalto. Machuca giró el volante instintivamente para evitar que el vehículo zigzagueara.

La criatura se alejó para preparar una nueva arremetida. Pero esta vez, Machuca clavó los frenos justo a tiempo. La bestia pasó frente a ellos, falló el golpe y derrapó al otro lado de la ruta. En ese momento, Machuca vio el rostro de aquella cosa: demasiado humano, con ojos al frente, un cuero blanco sin pelo y una boca larga llena de dientes afilados.

La bestia gruñó y preparó sus patas para atacar de nuevo. Machuca pisó el acelerador a fondo. El auto salió disparado hacia adelante, pero la criatura lo alcanzó en segundos. Esta vez encajó el golpe de pleno. Las ruedas mordieron la banquina. El auto dio un tumbo violento, y todo se convirtió en un remolino de metal, libros y comida en lata.

Cuando el vehículo quedó quieto, Machuca abrazó a Pampero. A través del polvo, vio a la bestia rodear el auto con arrogancia. Esperando. Olfateando y rascando el piso, dando por seguro un sangriento desenlace. Una cacería fructífera. Adentro del auto el muchacho estaba hecho un nudo. Todavía no sentía la veintena de moretones y golpes que lo estaban esperando. Se aferraba a Pampero. Desde las portadas de sus libros favoritos, los héroes que admiraba parecían esperar su próximo movimiento.

Machuca, sin una mejor opción, agarró tres latas de conserva y trepó por la ventanilla. La bestia lo miró con ferocidad. Él lanzó la primera lata. Falló. La segunda lata que lanzó golpeó la cabeza de la criatura. Pero no hubo más consecuencias que el sonido contenido del impacto. Entonces, un ligero temblor anunció un destello.

Machuca saltó. La luz blanca lo envolvió. Cuando tocó el suelo, la bestia había desaparecido. Emocionado giró buscando a su compañero para compartir la victoria pero Pampero ya no estaba.

Machuca cayó de rodillas. La tercera lata se le escapó de los dedos. Sintió que la garganta se le hacía chiquita. Ahora estaba solo, completamente solo, en medio de aquella carretera desierta.


Machuca devenido en explorador, descubre una extraña construcción.

Lejos de todo, el aspirante a bibliotecario deberá emprender un viaje incierto para intentar regresar a su mundo y reencontrarse con su compañero, Pampero.

La biblioteca capitulo 5

Machuca se sintió despellejado al comprender que Pampero había desaparecido. El último destello se lo había llevado. Podría estar en cualquier lado o en ninguno. Los destellos solían traer extrañas bestias o maquinarias imposibles. Sucedía también que dos cuerpos, uno nativo y otro extraño, terminar fusionados al tener que ocupar el mismo espacio ¿Con qué clase de mundo nos estaban conectando aquellos pulsos blancos?¿Cómo podría Pampero sobrevivir en un ambiente extraño? La incertidumbre convirtió las tripas del muchacho en una bola de plomo. Tuvo que sentarse. La culpa por no haber podido protegerlo le atenazó la nuca y apretó.

Sentado sin pensar, vio las pequeñas sombras del pedregullo aparecer largas con el amanecer. Poco a poco se fueron acortando. El sol empezó a picarle en la espalda. El cronómetro que usaba para medir el espacio entre los destellos empezó a emitir un pitido molesto. No se preocupó en detenerlo. Sabía que estaba dentro del auto de su tío, perdido en un revoltijo de libros, revistas y novelas. El resto de su incipiente biblioteca yacían esparcidas alrededor del vehículo como las tripas de un animal que se hincha muerto al costado de una ruta.

Un nuevo destello estaba por llegar. El pitido era muy claro en eso. Machuca tenía dos opciones y una teoría. Antes cuando la bestia y Pampero desaparecieron él no estaba tocando el piso. Podría intentarlo. No ser arrastrado a una realidad alienígena siempre es algo positivo. O podría dejarse transportar e ir a buscar a su amigo a donde sea que se lo hayan llevado. Giró la mirada hacia El Eternauta. El viajero de lo eterno caminaba entre la nieve en una portada descolorida por los años. Machuca cerró los ojos y esperó.

Llegó el temblor, víspera infaltable del barrido blanco que mezclaba nuestra realidad con otras. Pudo ver el brillo a través de los párpados. Luego sintió una picazón en la nariz. Después el frío. Finalmente, dejó de tener el suelo bajo sus pies. Abrió los ojos y vio que caía. La velocidad le arrancaba el aire de los pulmones y convertía el viento en un rugido ensordecedor.

Empezó a gritar.

Mientras caía, su voz cambió. Sonaba más grave, casi metálica. Todo se tiñó con una veladura violácea. De pronto, su caída desaceleró. Una corriente aérea lo arrastraba hacia adelante. Meses después sabría que esto era un “río púrpura”. Una característica atmosférica de esta tierra. Corrientes de un gas denso y compacto que los nativos utilizaban para viajar. Machuca se dejó llevar por estas corrientes. Así fue acercándose al suelo. Llevaba su cuerpo extendido. En su mente estaba imitando a las ardillas que planean de árbol en árbol. Ese era todo su plan. Sin embargo no contaba con un recodo en el río de gas. Fue así que salió expulsado a la fina atmósfera que no le brindaba ningún sustento. Describiendo una parábola fue a dar a un matorral de arbustos similares a los que se encuentran en las mesetas patagónicas. Los hizo estallar, los atravesó y siguió rodando y dando tumbos.

El rastro polvoriento que a penas levantado ya se dispersaba con el viento daba cuenta de lo duro que fue el aterrizaje. Machuca estaba inconsciente y magullado. Le tomaría un par de horas volver en si.

Cuando el muchacho logró ponerse en pie comenzó a caminar. Evitaba pensar en qué le estaría pasando a Pampero. Lo había perdido frente a sus ojos, y cada pensamiento lo torturaba. ¿Estarían juntos si no hubieran salido del auto? ¿Y si se hubieran quedado en aquel pueblo?

Avanzaba a paso lento, subiendo a las rocas para ver más lejos, buscando alguna señal. En la quinta roca a la que trepó, divisó una torre en el horizonte. Bajó emocionado ya que ahora tenía un destino. Pero cuando buscó la torre estando de pie en suelo la estructura ya no estaba ahí. Subió de nuevo a la roca. Ahí estaba la torre, justo como antes. Bajó y la volvió a buscar en el horizonte. Nada. Volvió a subir. Repitió este proceso varias veces hasta aceptar la naturaleza esquiva de este mundo. Aquella construcción solo estaba en su camino partiendo desde lo alto de la quinta roca.

Intentó otro enfoque. Decidió bajar de la roca por la parte que apuntaba hacia la torre, sin importar que fuese la cara mas escarpada. Se aseguró de no perderla de vista en su descenso. Así logró su cometido. Estaba en tierra y aquella estructura tímida permanecía visible en el horizonte.

Aunque la naturaleza de la torre evasiva le resultaba extraña no era lo que más le preocupaba. Paso a paso se dirigía hacia ese lugar dispuesto a desentrañar aquel misterio.

A medida que acortaba la distancia entre la torre y él aquello que realmente lo perturbaba se hacía más evidente ¿Cuánto tiempo había pasado desde que despertó? ¿Cuántas horas llevaba caminando? Al menos tres horas ¿Por qué su sombra no cambiaba de dirección, ni se estiraban?

El muchacho oriundo de Yavi avanzaba por un desierto extraño en un mundo donde el sol parecía estar clavado en el cielo.

—La torre —murmuró—. Tengo que llegar ahí.


El destino le presenta a Machuca una nueva compañera de viaje.

¿Qué secretos esconde la misteriosa torre? ¿Podrá confiar el aspirante a bibliotecario en Mahapu? Machuca se enfrenta a nuevos desafíos que lo cambiaran para siempre.

Sobrevivir a la desaparición de la raza humana, enfrentarse a asesinos, zombis en una biblioteca, un depredador de otro mundo y un salto dimensional ya era suficiente para cualquier vida. Sin embargo, recorrer la distancia hasta la torre plateada se estaba convirtiendo en el desafío más agotador que Machuca había enfrentado.

Del paso al trote, del trote a la carrera, y de vuelta al paso. Machuca comenzó a medir el tiempo según el vacío que el hambre le desgarraba en las tripas. Poco a poco, la superficie plateada, lisa y perfecta fue cubriendo el horizonte. Cuando llegó a la base notó cómo la curvatura de la estructura se perdía gracias a su escala inhumana.

Machuca miró a izquierda y derecha sin encontrar ningún punto de acceso. Entonces, como solía hacer con el paredón que había antes de llegar a la escuela, estiró el brazo y rozó la torre con la punta de los dedos. Hizo un montoncito con piedras verdes para marcar su posición y comenzó a caminar.

Mientras recorría la circunferencia de la base de la torre esperando encontrar alguna entrada el hambre y la sed volvieron a la carga. Estas carencias comenzaron a socabar su voluntad y el poco optimismo que le quedaba. Su lengua, áspera y pesada, parecía un parásito que amenazaba con ahogarlo. Siguió caminando mientras la cabeza le zumbaba. La luz del sol seguía clavada en lo alto del cielo, burlándose de él.

Fue entonces cuando una mano fuerte lo agarró del brazo y lo hizo girar.

—¿Qué hacés acá? ¿Buscás el tesoro o la riqueza? —La voz era firme pero cordial, y pertenecía a una mujer alta y musculosa que debía agacharse para mirarlo a los ojos.

Machuca apenas pudo articular una respuesta.

—Tengo hambre.

La mujer sonrió, divertida. Con la seguridad que le daba saber que aquel muchacho enclenque no representaba amenaza alguna ella lo invitó a descansar un momento. Le ofreció unas tortillas y agua fresca.

—Parece que te gustó el quiché. —Ella lo observó devorarlas con voracidad.

—Sí, sí. Son como las sopaipillas, pero más saladas. Gracias… Maju.

—Mahapu. Me llamo Mahapu.

Machuca se disculpó con un gesto, sin dejar de comer.

—No te asustés —dijo ella—, pero nos espera una noche movidita.

El muchacho la miró confundido.

—No puedo dejar que te vayas. Si alguien sale del cono de sombra de la torre, — abrió los brazos para señalar lo dicho— esta puede escaparse. Y ya llevo mucho tiempo cazándola como para perderla ahora. Tampoco podés quedarte solo cuando yo entre. No es seguro.

Faltaban un par de horas para la noche. Mahapu, acostumbrada a largas esperas en campamentos rudimentarios, se sentó a afilar su lanza. Le preguntó a Machuca por su historia, y él le contó todo: de Pampero y los destellos, la bestia, el salto dimensional y su llegada a la torre.—Y entonces lo único que se me ocurrió fue venir para acá, a la torre. A buscar ayuda.

—Bueno, eso tiene sentido. —Ella asintió pensativamente—. Hará dos o tres días pasé por donde debía estar Wari Mirana, el último pueblo del continente, y nada. Pensé que tal vez me había desviado demasiado, pero no. Esas mesetas de allá, ¿ves? Deberían estar plagadas de Ñandekes. Todo parece haber desaparecido de un día para el otro.

La mirada de Mahapu se perdió en el horizonte, su expresión cálida transformándose en una máscara fría.

—Ya falta poquito para la noche.El sol no se ocultó en el horizonte. La noche llegó como un eclipse. Machuca al ver tal fenómeno busco los ojos de aquella mujer. Al parecer, para ella, esto era el cmportamiento habitual de los astros. Mahapu comenzó a prepararse. Ajustó la faja de cuero grueso que ceñía su cintura y comprobó que los brazaletes estuvieran bien atados. Busco entre sus pertrechos un mazo que que entregó al muchacho. Y al hacerlo dijo en tono protector:

—Tomá. Mantené siempre los pies bien separados para no perder el equilibrio cuando falles un golpe.

El arma era perfecta para un inexperto: una estructura de madera endurecida con varios anillos de metal, un filo curvo en un lado y una esfera metálica en el otro.

Machuca, sostuve el arma. La agitó en el aire un par de veces para acostumbrarse a su peso. Debajo de muchos matices de miedo e inseguridad, sintió una emoción inesperada.

—¿Y vos sos de Wari Mirana?

—Yo soy de todas partes porque en todas partes me quieren. —Sonrió, sin arrogancia en sus palabras—. Mirá la torre ¿Sabés qué es? Es la riqueza acumulada de un rey muerto, protegida por las artes mágicas de algún brujo. Y aislada por las leyendas que embaucaron al pueblo. Y nosotros estamos a punto de cambiar eso. Para restablecer la riqueza a quienes la produjeron.— Mientras lo decía apunto su brazo derecho, lanza en mano, hacia la torre. Las palabras de Mahapu golpearon fuerte en el corazón de Machuca.

Recorrieron en silencio los treinta metros que separaban el improvisado campamento hasta la base de la torre. La mirada fija. Manos ansiosas apretando las empuñaduras de las armas. Allá donde el cielo oscuro desdibuja la cara plateada de la torre se escuchó un chasquido. El aire se llenó de siluetas negras que caían desde lo alto. Eran criaturas grotescas, con cuerpos huesudos y ojos blancos cruzados de venas azules. Estos seres nacidos de la muerte se lanzaron sobre ellos con aullidos ensordecedores.

Mahapu no dudó ni un segundo. Con una precisión letal, blandió su lanza corta, atravesando a una de las criaturas en el pecho. Giró sobre sí misma, utilizando su peso y fuerza, cercenó la cabeza de otra con un movimiento fluido. La sangre salpicó su rostro, pero ella ni siquiera parpadeó.

Machuca, aturdido, vio cómo una de las criaturas se lanzaba hacia él. Instintivamente, giró el mazo con violencia, impactando en la mandíbula de la bestia. El sonido de los huesos al romperse resonó en el aire. Descargó dos golpes más antes de que la criatura cayera inerte. Pero no tuvo tiempo de recuperarse. Otra bestia saltó hacia él desde las sombras. Antes de que pudiera reaccionar, el arpón de Mahapu atravesó el pecho de la criatura, derribándola con un gruñido antinatural.

Mahapu no se detuvo. Con una ferocidad controlada, acabó con los últimos enemigos a golpes y puñaladas. Bañada en sangre, apiló los cadáveres junto a la torre. Verla en acción era, en el más amplio sentido de la palabra encantador.

Machuca aprendió que una batalla comienza como una explosión que te arrastra y transforma tus sentidos. Si eso no sucede uno no sobrevive al enfrentamiento. Pero cuando la batalla termina, acaba poco a poco. Sale del cuerpo de quien sigue en pie como algo viscoso que vuelve a la tierra. Mientras la batalla se le escurría del cuerpo al muchacho su cara se transfiguraba en un gesto de espanto. Mahapu lo notó.

—Sabés cuál es la mejor parte de todo esto. —Le puso una mano en el hombro—. Es ver la cara de los granjeros y sus familias cuando les regresamos sus riquezas. Eso y los banquetes que organizan a modo de agradecimiento.

De una pequeña bolsa en su cintura, sacó un par de piedras y un frasquito. Roció el líquido sobre los cadáveres que previamente amontonó junto a la torre. Con un par de chispas los hizo arder. Las llamas verdes olían a brea y pelo, y los órganos internos estallaban con un crepitar espeluznante.

Finalmente, un óvalo rojo incandescente apareció en la pared de la torre. Mahapu miró a Machuca por última vez.

—Seguime. Sin miedo. Rápido, que no pasa nada.

Le guiñó un ojo y corrió hacia las llamas. Con un salto ágil, atravesó la pared. Machuca dudó, gritó, golpeó la tierra con su mazo, pero al final, impulsado por el pánico y la admiración, corrió tras ella.


Los secretos de la torre amenazan con acabar con las aventuras de Machuca.

Mahapu, la legendaria ladrona, guiará al aspirante a bibliotecario a través de pasillos y salones abandonados, internándose en los secretos de este nuevo mundo

La pared rugosa comenzó a calentarse y a brillar hasta alcanzar un rojo incandescente. Del pequeño sol bidimensional emergió primero Mahapu con la elegancia de quien está acostumbrada a desafiar los límites de lo posible. Luego, con mucha menos gracia, aterrizó Machuca. La estancia que los recibió poco tenía que ver con el perfil cilíndrico de la torre exterior. Una gran sala abierta, sostenida por un bosque de columnas antiguas se extendía ante ellos. A la altura de los ojos, una franja abigarrada de inscripciónes labradas en la piedra. Era un elemento que se extendía y aparecía por toda la estancia.

Machuca, sin darse cuenta, quedó atrapado en la extraña caligrafía; sus ojos recorrieron las líneas como si fueran imanes. Mahapu lo sacudió con violencia, sacándolo del trance.

—¡No mires esos grabados! —advirtió—. Esas palabras llevan las historias que los brujos idearon para el Rey. Relatos llenos de mentiras y verdades disfrazadas, diseñados para infectar al pueblo con supersticiones. No los veas o te será imposible llegar a la cámara dorada.

Mientras hablaba, Mahapu sacó de su cinturón un rectángulo de cuero y comenzó a moverse por la sala. En su mano derecha, como siempre, brillaba su lanza plateada. Zigzagueó entre las columnas, comparando el objeto de cuero con las baldosas decoradas en tonos rojos. Finalmente, encontró lo que buscaba.

—¡Acá! —llamó a Machuca, haciendo un gesto exagerado con la mano.

Ambos se colocaron dentro de un círculo inscrito en un hexágono. Mahapu levantó un dedo, indicando que debían esperar.

Machuca apretó su mazo con más fuerza. Mahapu miraba un punto indefinido cerca del techo abovedado, la punta de su lanza flotando en el aire, siguiendo el ritmo de su respiración calmada. Esperaron hasta que tres campanadas resonaron en la sala.

—Es la señal —dijo Mahapu, y comenzó a avanzar.

Machuca la siguió, tratando de no perder el ritmo.

—¿Y eso? —preguntó el muchacho mientras mantenían un trote ligero por un pasillo estrecho.

Mahapu tardó un momento en responder, recordando que su nuevo compañero venía de otro mundo.

—Estamos dentro del territorio Ikpak-Chetpe, la tierra partida, donde el tiempo y el espacio ya no se pertenecen mutuamente. Acá no podés llegar a un lugar determinado sin partir de un punto predeterminado. Si iniciás el camino desde otra baldosa o en otro momento, tu destino podría cambiar por completo. Podríamos acabar en el exterior de la torre o, peor, en el laberinto torcido. Por eso mismo, no podés saltar de regreso a tu mundo en el mismo punto donde llegaste y pretender volver al momento y lugar exactos.

Machuca comprendió entonces que no podía apartarse de Mahapu si quería salir de esa torre con vida.Atravesaron diferentes salones, cada uno abandonado hacía siglos. Unos estaban desbordantes de decoraciones extravagantes; otros parecían haber sido salas de guerra, con mapas desplegados sobre mesas de mármol decoradas con oro blanco y piedras preciosas. En un salón rojo siniestro, Machuca notó siete cajas de cristal que contenían momias vestidas con tocados, joyas y bastones ceremoniales. Cada recinto parecía resumir un aspecto de la vida de un antiguo monarca. Y en cada pared, cada arco y cada columna, las inscripciones de caracteres ondulantes seguían presentes.Finalmente, llegaron a un amplio arco de medio punto construido en piedra negra. A cada lado de la abertura se elevaban dos figuras de bronce: criaturas imposibles, mitad yacaré, mitad alacrán. Al cruzar la entrada, se encontraron con una de las maravillas arquitectónicas más grandes de ese mundo: una estancia circular que se elevaba hasta el cielo sin techo alguno, con una fosa en su centro.—Maldigo a toda la línea de sangre de quien haya ideado esta aberración —murmuró Mahapu al ver la estrecha pasarela que se alzaba curva sobre el diámetro del oscuro círculo.

Era bien sabido por todos que construir sobre las fosas era un sacrilegio. Incluso las aves evitaban sobrevolar aquellas puertas hacia lo desconocido. Al otro lado del abismo, frente a un portal similar al que acababan de atravesar, una manada de guardianes pálidos gemía y rumiaba su furia inhumana. Machuca notó los cráneos y armaduras apiladas en los rincones, junto con las marcas de batallas pasadas en las paredes. El aire frío que brotaba de la garganta infinita del pozo envió un escalofrío por su espalda.

—Si tenés que elegir una muerte, que sea a manos de los hombres azules —dijo Mahapu sin mirarlo, mientras buscaba algo útil entre los restos de ladrones y guerreros que los precedieron.

Encontró una daga verde endurecida, tres puntas de lanza y algunos cuernos de guerra.

—No caigas en el abismo —sentenció, poniéndose de pie.

Con sus poderosos brazos, Mahapu clavó los objetos recolectados en la pared, improvisando una escalera para cruzar palmo a palmo sin profanar las advertencias milenarias. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó sobre los guardianes, que, enloquecidos por la promesa de sangre nueva, la esperaban listos para descuartizarla. Su aguijón plateado no tardó en derramar la sangre de los enemigos.

Machuca colgó del primer escalón —la daga verde endurecida— y se estiró hacia el segundo, un cuerno de guerra. Sus hombros ardían de dolor, pero logró llegar al otro lado.

—¡El cadáver! —gritó Mahapu, señalando el cuerpo inerte de uno de los guardianes que, al quedar en el borde de la fosa, se deslizaba lentamente hacia el abismo.

Machuca corrió y saltó, abrazándose a la criatura para arrastrarla lejos del pozo.

Cuando levantó la vista, satisfecho, vio a Mahapu sonriéndole, cubierta de sangre y sosteniendo la cabeza de uno de los guardianes. Así era Mahapu: implacable cuando debía serlo.

—¿Qué hay en el pozo? —preguntó Machuca, poniéndose en pie.

—No es un pozo —respondió Mahapu, limpiándose las manos—. Las fosas atraviesan la tierra y llevan a los confines del espacio, plagados de horrores inimaginables.

Unos metros más allá del arco custodiado por los hombres pálidos, se expandía la cámara dorada. En su centro, una estructura similar a un retablo barroco dorado a la hoja. Los relieves mostraban guerreros y bestias que prometían maldiciones a quienes osaran profanar su tesoro. Era la última barrera: la superstición.

En el centro de la cámara, una bestia de seis extremidades se movía en círculos, alertada por los chillidos de los guardianes. Su cuerpo encrespado, plagado de dientes y pequeños ojos negros, prometía una muerte violenta. Aunque estaba encadenada y no podía salir del recinto que protegía, sus movimientos eran ágiles y veloces.

Mahapu soltó una maldición y se volvió hacia Machuca.

—Mirá, yo puedo encontrar otros tesoros y aventuras. Solo necesito riquezas simples. Pero para volver a tu mundo… es necesario tentar a sabios y alquimistas con alguna maravilla imposible de conseguir. Y una de esas reliquias está detrás de esa bestia.

Machuca la miró, decidido.

—Tengo que ir a buscar a Pampero, cueste lo que cueste.

Mahapu posó una mano en su hombro.

—El tiempo transcurre distinto a través del cuerpo de esa bestia. Más rápido. Uno de nosotros debe distraerlo mientras el otro da la estocada final.

Machuca asintió, dio unos saltitos para preparar sus músculos y se lanzó hacia la cámara. La bestia se abalanzó sobre él, y en ese momento, el aspirante a bibliotecario sintió cómo el tiempo cambiaba. Cada golpe de su mazo parecía durar horas, mientras su cuerpo envejecía rápidamente. Veinte años pasaron en lo que parecieron minutos. Finalmente, la bestia dejó de moverse y vomitó sangre. Mahapu había encontrado el punto exacto para apuñalarla.

Cuando apartó el cadáver de la bestia, Machuca era un hombre diferente: fornido, duro y áspero como un nudo. Se incorporó extrañado de su altura y de lo liviano que le resultaba el mazo. La urgencia silenció lo que había sucedido.

—¿Qué hay en el baúl? —preguntó con su nueva voz.

A Mahapu se le partió el corazón al escucharlo.

—Parmio y un libro. Un libro de ciencia, cálculo y equivalencias temporales. Algo que sabios y matemáticos han buscado durante siglos.


La tierra quebrada. El trágico resultado de un experimento egoísta.

Mahapu aprovecha el viaje para contarnos la historia de la caída de un imperio. Eventos que se entrelazan con la suerte de sus ancestros y condiciona su nacimiento.

Después de conseguir el libro de cálculos titulado De tiempos relativos y geométricas causales, además de una buena cantidad de Parmio, Machuca y su compañera —la intrépida ladrona conocida en más de treinta poblados como el Escorpión de Plata— solo necesitaron llegar al techo de la torre para escapar de sus muros. Lograron salir a través de la claraboya colocada sobre aquella garganta abismal que era la fosa, una de las tantas que existían en el mundo de Mahapu. El escape no les exigió más que el esfuerzo físico necesario para la escalada. Fiel a su naturaleza, esta fortaleza, al igual que sus hermanas, había concentrado todos sus recursos en impedir el acceso a cualquier intruso, dejando prácticamente indefensa su salida.

En lo alto de aquella construcción ciclópea, restos de un antiguo imperio decadente, los colores del cielo nocturno vibraban nuevos, como manchas húmedas en un paisaje de acuarela. Incluso podían distinguirse los ríos púrpura cruzando el cielo, recordando a Machuca cuán lejos estaba de su hogar. La espera se impuso sobre ellos mientras descansaban sentados en silencio. Machuca miraba las estrellas, o al menos eso creía. Mahapu, por su parte, contemplaba aquellos mismos puntos brillantes en el cielo, sabiendo que eran reflejos de la luna sobre las tierras flotantes de países desconocidos. Entre ambos compañeros de aventuras corría una brisa fresca con olor a río, pero también una idea que los agarraba de las tripas con tristeza: los años que Machuca, devenido en hombre, había perdido entre las fauces de aquella bestia guardiana de los tesoros que ahora abultaban sus bolsas.

Con la primera luz del sol, la torre milenaria, ya vacía de reliquias, joyas y secretos, volvería a las entrañas de la tierra. Destinada a ocupar un no‑lugar, ignorando que ya no tenía propósito alguno para seguir existiendo. Ahora solo era el aberrante mausoleo de las bestias azules que aún la habitaban.

Una vez en tierra, iniciaron la marcha hacia Carampí, donde vivía Cálica, una de las conocedoras más prestigiosas del continente.

—Ella seguro querrá intercambiar el libro por el artefacto que te lleve a tu mundo —dijo Mahapu con el sano orgullo que deja en el cuerpo el haber realizado buenas acciones—. Además, todos me quieren en Carampí. Un par de años atrás les doné las joyas perdidas de la antigua guardia roja. Interesante historia esa, ya te la contaré.

Mahapu llevaba el optimismo y la simpatía como bandera. Y al hacerlo, sus más de dos metros de altura parecían menos intimidantes. Esta forma de ser, extraña para tratarse de una aventurera que solía rodearse de los especímenes más sórdidos de la sociedad, fue de gran ayuda en los días posteriores al robo. Aunque Machuca aseguraba estar bien y hasta contento con su nueva realidad, su compañera pudo verlo más de una vez mirando extrañado sus nuevas enormes manos. Los ojos, que antes dominaban el rostro del muchacho, ahora estaban fortificados por un par de pómulos filosos, siempre ocultos bajo densas cejas. En la penumbra constante de su expresión, Mahapu apenas lograba reconocer al joven que había encontrado unos días atrás.

—Entonces, ¿qué pensás que pasa con tu mundo? —preguntó de repente, con aire casual, sin dejar de avanzar.

Él sonrió y ensayó alguna respuesta con su nueva voz profunda y pedregosa.

—Podría ser el ataque de zombis tecnológicos. O por ahí un videojuego cobró vida y está invadiendo nuestra realidad. Capaz esta tierra es una simulación.

Mahapu soltó una risotada que hizo subir y bajar sus monumentales hombros dorados.

—¿Acá tenés tu simulación? —dijo mientras rodeaba el corto cuello de su compañero en un forcejeo amistoso. Ambos, aprovechando ese juego, midieron la nueva fuerza del cuerpo de Machuca.—¿Conocés la historia de El último mago del emperador? —preguntó Mahapu, arqueando una ceja.

Machuca negó con la cabeza, y ella se aclaró la garganta, adoptando una impostada artificialidad teatral para comenzar su relato:

—Hace tres mil años, estas tierras pertenecían a un gran imperio. El más longevo que había conocido el continente. Cientos de pueblos vivían bajo su sombra. Algunos de mis ancestros, los que aceptaron el yugo, se contaban entre ellos. Los templos de este reino fueron los más fastuosos, sus guerreros los más bravos y mejor equipados. Sus magos, simples conocedores adelantados a su tiempo, eran requeridos y venerados incluso desde las costas más lejanas. Los poemas épicos que glorificaban a la familia regente se repetían en incontables manuscritos. Me enorgullezco de haber quemado varios cientos de ellos.

A pesar de que aquel imperio ya había visto pasar sus mejores días, era una bestia que gozaba de buena salud. Pero —y da gracias por este “pero”— la hija del emperador sufrió un accidente. Algunos dicen que cayó de su montura y se partió el cuello. Otros que, mientras escalaba un cerro, una roca suelta hizo que terminara en el fondo de un acantilado. La familia imperial quedó sumida en la tristeza. La emperatriz, desesperada, mandó a llamar a los magos. Todos acudieron desde los más lejanos rincones del imperio. Tan vasto era este reino que la empresa demoró una estación completa.Llegado el día, los magos se reunieron en el salón principal de la casa imperial. La pareja regente exigió al concilio un modo para recuperar a su hija. Los sabios explicaron las repercusiones de tal pedido. Todos los dioses y reglas del mundo prohíben semejantes prácticas. Pero —y acá la cosa se complica— después de generaciones de conductas incestuosas, la familia imperial no estaba muy bien de la cabeza. Ni del cuerpo, según pude ver en algunos grabados. Así, los padres dolientes, hermanos ellos, no estuvieron dispuestos a escuchar razones. Uno a uno fueron ejecutando a los magos que se negaban a dar algún tipo de solución. Algunos, buscando salvar el cuello, intentaron reanimar el cuerpo de la niña, pero solo lograron mancillar el cadáver.

Hasta que fue el turno de un mago oriundo del norte. Su nombre se perdió en la historia. Después de la tragedia, fue borrado de los documentos imperiales de todas las escuelas donde enseñó. Su línea de sangre se borró de la faz de la tierra. Incluso los registros de sus padres y abuelos fueron destruidos. Y no puedo decir que tal reacción haya sido exagerada. Por desesperación, al tratar de salvar su pellejo, por un arrebato de locura, por el mal juicio de un ego desmesurado, fuera por lo que fuera, este mago le propuso a la pareja regente separar, dentro de una cámara flotante, el espacio y el tiempo. Así, lograrían viajar a través del tiempo igual que se viaja por el espacio. Ir de un año A a uno B sería tan sencillo como ir del punto C al punto D. Con semejante prodigio no haría falta revivir a la pequeña heredera. ¡Serían capaces de impedir su muerte!

Mahapu hizo una pausa dramática, mirando a Machuca con intensidad.

—Sobra decir que el plan no funcionó. No quedan registros de cómo era la cámara, ni qué fue lo que sucedió. Pero la fortaleza donde se estaba construyendo la máquina fue arrasada por una explosión que duró tres días. No me refiero a tres días de explosiones sucesivas. No, no. Un solo estallido, tan lento y tan denso, que demoró todo ese tiempo en expandirse por completo. Su onda de choque se extendió por kilómetros, y por donde pasó, la realidad quedó rota para siempre. Hoy, a la zona afectada —casi la totalidad del territorio imperial— se la conoce como la tierra quebrada.

Cualquier persona sensata te dirá: “No te adentres en esa región. Allí el tiempo y el espacio no existen más allá de las cosas. Cada planta, roca y animal tiene su propia constante de tiempo y espacio. Y entre todas luchan y se devoran mutuamente, para existir en una realidad que solo vive a través de ellas.” Pero infinidad de tesoros siguen escondidos en este lugar. Es por eso que algunas aventureras siguen arriesgando su vida para encontrarlos. Por eso pasó lo que pasó cuando te enfrentaste a aquella bestia.

Mahapu se quedó en silencio por un momento, acomodándose en la espalda la culpa que pensaba debía cargar por lo sucedido a su compañero.

—¿Y pensás que eso es lo que está pasando en mi mundo? ¿Que es por culpa de ese experimento?

—No, pero creo que alguien hizo algo parecido. Que hay un pequeño hombre en tu mundo jugando con cosas que conoce, pero que no logra entender.

—No sé, vos parecés bastante un personaje de videojuego. No voy a descartar esa teoría todavía —dijo Machuca, brindándole la mejor sonrisa que pudo a su amiga.

Caminaron dos días para llegar al límite sur de la tierra quebrada. Carampí se encontraba a un día de distancia. La diferencia entre la zona afectada por la locura de un emperador y su mago, con el mundo que seguía regido por las leyes de la naturaleza, era casi imperceptible para cualquiera. Apenas una línea de polvo vibrando a milímetros del suelo. Pero para Mahapu, este límite era tan claro como el día y la noche.

Antes de cruzarlo, Mahapu se arrodilló, colocando el peso de su cuerpo en los talones. Apoyó su lanza a un costado. Cerró los ojos y comenzó a respirar en patrones predefinidos. Sabiendo que sus acciones requerían de una explicación y sintiendo la mirada de Machuca en su cuello, ella comenzó a hablar.

—Cuando la explosión, la mayor parte de la población fue arrasada por el calor. Otros murieron por la onda de choque. Muchos envejecieron de golpe. Algunos simplemente dejaron de existir. En ese momento, una decena de familias de mi pueblo, al ver desaparecido el imperio que los había expulsado, decidieron volver. Sin escuchar razones. Su tierra los llamaba. Se cree que los nómades no tenemos apego por la tierra. Pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, conocemos cada monte, río y valle. Sabemos qué tiene para ofrecer en cada palmo de su extensión. Dentro del territorio imperial habían quedado devorados sitios sagrados. Lugares que durante generaciones fueron puntos de reunión para todas nuestras casas. Por eso muchos quisieron regresar.

Pero la vida dentro de la tierra quebrada es casi imposible de llevar adelante. Cuando una mujer queda embarazada, la constante temporal del hijo afecta a la madre, y… cosas horribles suceden. Por eso en este territorio solo prosperan los animales que nacen de huevos. Sin embargo, algunos se las ingeniaron para lograr procrear dentro de esta realidad fragmentada.

Mahapu abrió los ojos y se puso de pie. Tenía el rostro oscurecido por la tensión del momento, como quien está a punto de cortar los cables que podrían hacer estallar una bomba.

—Hay, no sé, una decena de nosotros. Nativos de la tierra quebrada. Nos resulta difícil dejar este lugar —dijo, atravesando la frontera y saliendo al mundo natural. Pareció quedar suspendida en el tiempo por un momento—. Pero después de seiscientos años de vida, una se acostumbra.

La biblioteca del fin del mundo

Acompañá a Machuca, un muchacho jujeño, que por avatares del destino se ve involucrado en una aventura que cambiará el mundo para siempre.

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