El mundo termina y la aventura comienza.

Una biblioteca, más que un edificio, una acumulación de objetos, o si se quiere, en estos tiempos digitales, un espacio de almacenamiento saturado, es un gesto de esperanza. Uno deposita un montón de obras con el anhelo de que alguien quiera leerlas. Es también un reconocimiento a la capacidad de la humanidad para crear cosas que valgan la pena ser recordadas. Por no mencionar la maravillosa idea de la posesión colectiva de la cultura.

1

Machuca no era alguien fácil de sorprender. Después de años escuchando historias de luces malas, duendes y aparecidos, pensaba que ya nada podía impresionarlo.

Manejaba el auto de su tío hacia un punto de fuga que se desvanecía en el horizonte oscurecido. Las manos sudorosas sobre el volante no dejaban de moverse apretando acá y allá el cuero de imitación agrietado por los años de uso. Las luces delanteras apenas iluminaban unos metros adelante. En el asiento trasero, una caja de cartón reforzada con cinta aisladora contenía sus tesoros: La máquina del tiempoNeuromante y otros libros de segunda mano que tanto amaba. A su lado, un cachorro de carpincho dormitaba plácidamente, ajeno al caos que se desataba a su alrededor.

Esa mañana, Machuca había despertado en un pueblo fantasma. Yavi, su hogar, crecía en los remotos paisajes áridos de Jujuy, un tesoro histórico de adobe y silencio. Con sus calles empedradas y su iglesia colonial del siglo XVII, el lugar parecía inmune al paso del tiempo. Pero ahora estaba vacío. Ni su madre, ni su hermano, ni su abuela, ni el padre Mendoza borracho en la plaza. Nadie.

Recorrió cada rincón del pueblo gritando hasta que el eco devoró sus palabras. Volvió a su casa con el corazón en la boca y los ojos abiertos a más no poder. Prendió la tele, la radio y buscó señal en el celular de la casa. Nada. Ruido blanco y ruedita animada sobre una pantalla negra que intentaba cargar los datos. Por costumbre salió a la vereda. Se sentó sobre los techos de la casa de sus vecinos; sobre el monte vio una masa violácea. Parecía un hígado de vaca. Gigante, obceno, abrasado por el calor del mediodía. Atravesando aquella carne un puñado de varillas oscuras conectadas entre sí por cable. Machuca se puso de pie sin darle la espalda. Retrocedió arrastrando los pies. Buscó la puerta de su casa estirando el brazo hacia atrás. Sin dejar de mirar aquella cosa. Entró a la casa y cerró con llave.

“Mi hermano hubiese afrontado mucho mejor esto.” Quedó sentado en el piso, la espalda contra la puerta y las rodillas abrazadas contra su pecho. Pasaron varias horas sin que el cerebro pudiera juntar dos ideas coherentes. Sus ojos repetían la imagen antinatural de la carne temblorosa aguijoneada por barras de metal. Y se sintió como el cerro aplastado por aquella masa incongruente. Tuvo miedo de jamás poder volver a ponerse en pie. 

Machuca se volvió a conectar al tiempo en que sintió el calorcito en sus mejillas. El sol estaba en la ventana de la sala comedor. Seguramente pasaban de las tres de la tarde.

Podía quedarse ahí. Quería quedarse ahí y desaparecer. Pero un tuerto vestido de amarillo lo miró desde la portada de una historieta que vio tirada en el piso de su pieza.

Sin pensarlo mucho, juntó algunas cosas, los cimientos de lo que intentaría ser una biblioteca. Comió y agarró las llaves del auto de su tío. Un segundo juego que siempre dejaba en su casa. Por las dudas. Porque nunca se sabe.

En los primeros kilómetros de la ruta 9 vio una camioneta volcada, quemada por el sol. No había conductor. Unos documentos en la guantera revelaron la carga: muebles y animales destinados a un nuevo hotel de lujo en Tilcara, cuyo desarrollo amenazaba con arruinar el paisaje natural. Machuca frunció el ceño con desprecio y tiró los papeles. Escuchó un ruido proveniente de una jaula intacta. Se acercó y encontró al que sería primero su compañero y luego su amigo: un carpincho.


2

Unos kilómetros antes de llegar a San Ramón de la Nueva Orán, Machuca vio un letrero rojo parpadear. Era la primera señal de actividad eléctrica que encontraba en más de veinte horas.

La estación de servicio estaba iluminada por un generador que traqueteaba sin descanso, como si luchara contra algún destino inevitable. El olor a nafta cruda llenaba el aire, denso y asfixiante. Machuca llenó el tanque mientras vigilaba el horizonte. De momento las instalaciones parecían tan desiertas como Yavi, como la ruta que los llevó hasta ahí. Él aprovechó para estirarse y doblarse. Mover un poco el cuerpo para sacarse la forma del asiento de las articulaciones. El joven carpincho olfateaba aquí y allá acercándose poco a poco a las puertas del local. El brillo del día lo disimulaba, pero las luces azules del interior seguían encendidas.

Adentro, el espacio era un laberinto de góndolas y estanterías. Una combinación de quiosco, roticería y “todo por dos pesos”. Machuca llenó su mochila con galletitas, chocolates y papas fritas. Se acercó al expositor de libros que estaba cerca de la caja registradora en cuanto lo vio. Era del tipo cilíndrico que se puede hacer girar para ver todos los títulos que ofrece. Agarró algunos libros de terror y fantasía. “Para mi colección”, pensó y al momento se corrigió: “Para la biblioteca”. Sin querer se topó con una foto en la pared. “Paula, empleada del mes”, leyó en la placa que colgaba bajo el retrato de una mujer sonriente. Sintió aquel detalle fuera de lugar, como un recordatorio de un mundo que ya no existía.

Un gemido lastimero llegó desde lo más profundo del local. Machuca dejó la mochila en el mostrador. Buscó al carpincho. Este hociqueaba unas tartas de verduras regadas por el piso. El gemido se volvió pregunta y saludo: “Hola ¿Hay alguien ahí?”. El muchacho se internó en el local. Atravesó la sección de revistas y golosinas. Pasó junto a su compañero y bordeó las vitrinas que exhibían comida para llevar. Agarró un cuchillo de plástico y avanzó.

Detrás de unas cortinas de hule encontró a un hombre atrapado. Una estantería derrumbada lo tenía rodeado y el peso de cien bidones de jugo de naranja lo mantenía confinado. La espalda de aquel desgraciado había tomado una curvatura antinatural al intentar zafar de su confinamiento. La visión de las venas hinchadas marcadas en el cuello y los ojos vidriosos detuvo a Machuca a unos cuantos metros del prisionero.

—¡Sacame de acá, pibe! —dijo el hombre con voz ronca. Abrió la mano suplicante del brazo que tenía libre—. Ya casi no siento las piernas. ¡Dale, pendejo, reaccioná! — golpeó el piso con el puño.

Machuca mantenía su cuchillo de plástico escondido. Recorriendo con su pulgar el ridículo filo dentado.

—Hay unas cosas enormes en el horizonte, como unos bichos negros, gigantes que aparecieron después de los temblores y la luz. ¡Tenemos que irnos! ¡Dale, sacame! —

Los ojos del muchacho de Yavi poco a poco se acostumbraron a la penumbra del depósito. Notó que el prisionero tenía patillas y un aro en la oreja derecha. Que no estaba vestido como un empleado. Y que su otro brazo lo mantenía pegado al cuerpo. Vio manchas oscuras en el suelo. ¿Sangre? Y más allá, entre cajas desparramadas, asomaba algo parecido a un zapato de mujer. Como un mocasín, pero con el taco un poco más alto. Con cuidado, para no perder detalle, volvió la cabeza hacia el prisionero y puso rodilla en tierra. El extraño empezó a contorsionarse. Se movió mucho dentro de lo poco que podía moverse. Desde su nueva perspectiva, Machuca logró ver aquello que el prisionero ocultaba en el brazo que escondía. Un machete demasiado oscuro para estar limpio. El hombre gritó insultos y súplicas. Mencionó otra vez a las bestias extrañas. Machuca se puso de pie. El prisionero parecía cocinarse vivo ante sus ojos al calor del miedo y la furia.

Sin pensarlo dos veces, agarró su cuchillo y apuñaló los bidones. El líquido naranja se derramó, empapando al hombre y el suelo. No quería dejarlo atrapado, pero tampoco se arriesgaría a un enfrentamiento. Al vaciarse los bidones, el prisionero podría liberarse. Los gritos resonaron por sobre el constante traqueteo del generador. Machuca no miró atrás. Agarró y se puso la mochila. Alzó a su carpincho. Atravesó la estación de servicio. Corrió hacia la salida.

Puso el auto en marcha y aceleró. Cuando la estación de servicio desapareció en el espejo retrovisor, Machuca se detuvo en la ruta. Se sentó en el suelo para dejar que el olor químico a naranja se disipara con el viento.

Pensó en el prisionero y en lo que había dicho. En las figuras gigantescas. Quiso creer que eran solo los desvaríos de un hombre encerrado con un machete, pero no lo logró.

El sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo de tonos anaranjados y morados. La oscuridad no tardaría en llegar. Y con ella, tal vez, las cosas negras que acechaban en el horizonte.


3

Aquella mañana, el muchacho oriundo de Yavi sintió que su suerte estaba mejorando. No me malinterpreten: la situación empeoraba a cada kilómetro recorrido. Sin embargo, todo parecía estar ocurriendo muy lejos de Machuca y su carpincho. Desde la ventanilla del auto vio siluetas de torres y construcciones imposibles, fuera de toda escala humana. Bestias de ocho patas vagaban en busca de comida, mientras artefactos cambiaformas surcaban el cielo a velocidades supersónicas. Pero nada de eso les impidió seguir avanzando.

Gracias a la obsesión de su abuela por guardar todo, Machuca contaba con una variada selección de mapas de papel. Los mismos que uso para llegar a El Carmen. Después de perderse un par de veces, claro está. El lugar, como era costumbre, estaba deshabitado. Faltaban algunos edificios y había rastros de animales que no deberían existir. Pero por el momento todo parecía estar tranquilo. Machuca aprovechó para recorrer los almacenes y juntar provisiones. Después de días de empacho, su criterio para elegir las provisiones había mejorado bastante. Se hizo con latas de duraznos, choclo, caballa, queso, pan y fiambres. Terminaron el día en la biblioteca, un lugar ideal para descansar, comer algo y buscar inspiración para ponerle nombre a su compañero.

Los restos de un sánguche de mortadela yacían a unos pocos centímetros de la cabeza de Machuca. El muchacho dormía profundamente reclinado sobre una de las mesas de estudio que tenía la biblioteca. La cabeza apoyada sobre los brazos a modo de almohada y más allá una docena de libros desordenados. El carpincho olfateaba los rincones del salón, desconociendo que ya tenía un nombre: Pampero.Cuando todo es silencio y los pocos sonidos que existen nos son familiares, un murmullo desconocido basta para arrebatarnos del sueño. Machuca despertó ante el inusual sonido. Corrió hasta la puerta de la biblioteca. Antes de cerrarla con llave, se asomó y vio una multitud de cuerpos avanzando lento pero decididos. Decenas de ojos blancos brillaban en la oscuridad, reflejando destellos extraños. El muchacho arrastró una gran mesa de madera para asegurar la puerta. Luego corrió hacia la ventana. Desde allí vio su auto, más allá de la plaza central. Calculó cuánto tiempo le tomaría llegar hasta ahí. Machuca confiaba en su velocidad, pero ¿y Pampero? ¿Podría cargarlo sin perder terreno frente a aquellas criaturas?

Los seres de fuera se estrellaron contra la puerta, golpeando y pateando. Gemidos y palabras sin sentido en varios idiomas salían de esa masa oscura y temblorosa que formaba aquella multitud.

Atrincherado en la biblioteca, apretó los dientes y la garganta para tragarse el llanto. Sin pensarlo más, Machuca usó un matafuegos para romper el ventanal. Saltó al jardín lateral con Pampero en brazos y corrió hacia el auto. Bastó con que uno de los seres lo divisara moviéndose entre los árboles para que todos reaccionaran como uno. Olvidaron la puerta y fueron tras ellos. Pampero en sus brazos y la mochila rebotando a cada paso le impedían, al muchacho, correr a buen ritmo. En cambio, los seres avanzaban a paso constante. Incontenibles y con una estrategia se desplegaron en un semicírculo que terminaría cerrándole el paso a Machuca.

Justo cuando pensó que todo estaba perdido, un ligero temblor lo desestabilizó. Dio la cara contra el pasto húmedo y un destello blanco lo envolvió. Cuando abrió los ojos, vio una escena surrealista: aquellos seres que lo perseguían estaban fundidos con una gigantesca cabeza verde. Recordaba a la cabeza de un cerdo, sin parecerse mucho a esta. Como si fuese un dibujo detallado pero construido sobre proporciones incorrectas. Machuca agarró su mochila y silbó a su compañero.

—Los destellos blancos… —murmuró, tratando de procesar lo que acababa de presenciar—. Se traen cosas de otro lado y se llevan cosas para otro lado.

Miró a Pampero, que lo observaba con sus grandes ojos oscuros, y sintió una mezcla de alivio y terror. Sabía que había aprendido algo crucial, pero también entendía que este nuevo conocimiento venía con un precio: el mundo que conocía ya no existía, y cualquier error podría costarle la vida.


4

La Biblioteca del fin del mundo 4

Desde el punto de vista de un extraño pájaro azul tornasol con cuatro alas, el auto de Machuca no era más que un punto entre verde y marrón que avanzaba sobre la cinta gris de la ruta.

A esta altura del viaje, y después de varias aventuras, Pampero ya se había adueñado del asiento del acompañante. Inclinaba la cabeza hacia la ventanilla abierta, olfateando el aire fresco. Los destellos, desde que Machuca comenzó a cronometrar, tardaban cada vez más en llegar: primero fueron 27 horas, luego 34, y ahora 45. Este patrón lo tranquilizaba. Un mundo devastado pero estable parecía preferible a uno donde criaturas y construcciones aparecían y desaparecían sin sentido.

Mientras conducía, Machuca aprovechaba las tranquilas horas de manejo para recordar a su familia. Su madre tejiendo en el patio, su hermano escuchando discos de bandas desconocidas, su tío Toto contándole historias de juventud. Y su abuela Yuria, siempre dispuesta a hablarle de viejas leyendas y cosas fantásticas. Sin embargo, ella nunca habló de cómo la llevaron a Buenos Aires a los trece años para trabajar como mucama, ni de cómo escapó dos años después para regresar a Yavi. Todo eso lo supo gracias a su tío. Recordar aquellos días le daba una sensación de bienestar de estar en un lugar seguro. Este sentir ahora parecía limitarse a los pocos metros cuadrados dentro de su auto.

La localidad de Aguas Calientes quedó atrás en el espejo retrovisor. Esta vez, Machuca decidió no arriesgarse y solo tocar tangencialmente el poblado. Entraron a un viejo caserón en las afueras, deshabitado y descuadrado. Entre latas de conserva, salamines y algunos cómics antiguos, encontraron suficiente para llenar la mochila y la biblioteca en crecimiento. También sacaron nafta de los pocos autos que encontraron.—Lo que me gusta la leche condensada no tiene nombre —dijo Machuca, levantando una lata como si fuera un tesoro. Dio un sorbo y se rió.

Pampero soltó un suspiro oportuno, como si entendiera perfectamente la situación.

—¿Qué pasa, che? —preguntó Machuca al ver a su carpincho crispar el pelaje. Extendió el brazo para calmarlo, pero el animal seguía tenso, mirando hacia el horizonte naranja del atardecer.—¿Qué mirás? —insistió Machuca. Siguió la mirada de Pampero y notó algo que asomaba en la distancia. Aquello tenía un patrón rítmico de movimiento. Pero antes de que pudiera distinguirlo mejor, el eco del sol desapareció del cielo y la anomalía se perdió en la oscuridad.

Machuca intentó ignorarlo, pero la inquietud ya lo había infectado. Encendió las luces delanteras y tomó otro sorbo de leche condensada mientras intentaba distraerse. Sin embargo, el carpincho seguía alerta.

De pronto, un quejido áspero y quebradizo avanzó hacia ellos como si de una grieta quebrando una roca se tratara. Pampero empezó a temblar. Machuca subió los vidrios y aceleró hasta los 80 km/h. Con una mano sostenía el volante, con la otra intentaba calmar a su compañero.

Entonces, algo pesado y oscuro cayó sobre el techo del auto, sacudiéndolo violentamente. El muchacho se aferró al volante para mantenerlos en ruta y avanzar. Una figura negra y cuadrúpeda corría junto a ellos, galopando con la cadencia de un caballo pero con la flexibilidad de un guepardo. Sus extremidades largas y su cabeza pequeña parecían pertenecer a una pesadilla. La bestia embistió con tal fuerza que dos ruedas perdieron contacto con el asfalto. Machuca giró el volante instintivamente para evitar que el vehículo zigzagueara.

La criatura se alejó para preparar una nueva arremetida. Pero esta vez, Machuca clavó los frenos justo a tiempo. La bestia pasó frente a ellos, falló el golpe y derrapó al otro lado de la ruta. En ese momento, Machuca vio el rostro de aquella cosa: demasiado humano, con ojos al frente, un cuero blanco sin pelo y una boca larga llena de dientes afilados.

La bestia gruñó y preparó sus patas para atacar de nuevo. Machuca pisó el acelerador a fondo. El auto salió disparado hacia adelante, pero la criatura lo alcanzó en segundos. Esta vez encajó el golpe de pleno. Las ruedas mordieron la banquina. El auto dio un tumbón violento y todo se convirtió en un remolino de metal, libros y comida en lata.

Cuando el vehículo quedó quieto, Machuca abrazó a Pampero. A través del polvo, vio a la bestia rodear el auto con arrogancia. Esperando. Olfateando y rascando el piso, dando por seguro un sangriento desenlace. Una cacería fructífera. Adentro del auto el muchacho estaba hecho un nudo. Todavía no sentía la veintena de moretones y golpes que lo estaban esperando. Se aferraba a Pampero. Desde las portadas de sus libros favoritos, los héroes que admiraba parecían esperar su próximo movimiento.

Machuca, sin una mejor opción, agarró tres latas de conserva y trepó por la ventanilla. La bestia lo miró con ferocidad. Él lanzó la primera lata. Falló. La segunda lata que lanzó golpeó la cabeza de la criatura. Pero no hubo más consecuencias que el sonido contenido del impacto. Entonces, un ligero temblor anunció un destello.

Machuca saltó. La luz blanca lo envolvió. Cuando tocó el suelo, la bestia había desaparecido. Emocionado, giró buscando a su compañero para compartir la victoria, pero Pampero ya no estaba.

Machuca cayó de rodillas. La tercera lata se le escapó de los dedos. Sintió que la garganta se le hacía chiquita. Ahora estaba solo, completamente solo, en medio de aquella carretera desierta.


5

La biblioteca capitulo 5

Machuca se sintió despellejado al comprender que Pampero había desaparecido. El último destello se lo había llevado. Podría estar en cualquier lado o en ninguno. Los destellos solían traer extrañas bestias o maquinarias imposibles. Sucedía también que dos cuerpos, uno nativo y otro extraño, terminaban fusionados al tener que ocupar el mismo espacio. ¿Con qué clase de mundo nos estaban conectando aquellos pulsos blancos?¿Cómo podría Pampero sobrevivir en un ambiente extraño? La incertidumbre convirtió las tripas del muchacho en una bola de plomo. Tuvo que sentarse. La culpa por no haber podido protegerlo le atenazó la nuca y apretó.

Sentado sin pensar, vio las pequeñas sombras del pedregullo aparecer largas con el amanecer. Poco a poco se fueron acortando. El sol empezó a picarle en la espalda. El cronómetro que usaba para medir el espacio entre los destellos empezó a emitir un pitido molesto. No se preocupó por detenerlo. Sabía que estaba dentro del auto de su tío, perdido en un revoltijo de libros, revistas y novelas. El resto de su incipiente biblioteca yacía esparcido alrededor del vehículo como las tripas de un animal que se hincha muerto al costado de una ruta.

Un nuevo destello estaba por llegar. El pitido era muy claro en eso. Machuca tenía dos opciones y una teoría. Antes, cuando la bestia y Pampero desaparecieron, él no estaba tocando el piso. Podría intentarlo. No ser arrastrado a una realidad alienígena siempre es algo positivo. O podría dejarse transportar e ir a buscar a su amigo a donde sea que se lo hayan llevado. Giró la mirada hacia El Eternauta. El viajero de lo eterno caminaba entre la nieve en una portada descolorida por los años. Machuca cerró los ojos y esperó.

Llegó el temblor, víspera infaltable del barrido blanco que mezclaba nuestra realidad con otras. Pudo ver el brillo a través de los párpados. Luego sintió una picazón en la nariz. Después el frío. Finalmente, dejó de tener el suelo bajo sus pies. Abrió los ojos y vio que caía. La velocidad le arrancaba el aire de los pulmones y convertía el viento en un rugido ensordecedor.

Empezó a gritar.

Mientras caía, su voz cambió. Sonaba más grave, casi metálica. Todo se tiñó con una veladura violácea. De pronto, su caída desaceleró. Una corriente aérea lo arrastraba hacia adelante. Meses después sabría que esto era un “río púrpura”. Una característica atmosférica de esta tierra. Corrientes de un gas denso y compacto que los nativos utilizaban para viajar. Machuca se dejó llevar por estas corrientes. Así fue acercándose al suelo. Llevaba su cuerpo extendido. En su mente estaba imitando a las ardillas que planean de árbol en árbol. Ese era todo su plan. Sin embargo, no contaba con un recodo en el río de gas. Fue así que salió expulsado a la fina atmósfera que no le brindaba ningún sustento. Describiendo una parábola, fue a dar a un matorral de arbustos similares a los que se encuentran en las mesetas patagónicas. Los hizo estallar, los atravesó y siguió rodando y dando tumbos.

El rastro polvoriento que a penas levantado ya se dispersaba con el viento daba cuenta de lo duro que fue el aterrizaje. Machuca estaba inconsciente y magullado. Le tomaría un par de horas volver en si.

Cuando el muchacho logró ponerse en pie comenzó a caminar. Evitaba pensar en qué le estaría pasando a Pampero. Lo había perdido frente a sus ojos, y cada pensamiento lo torturaba. ¿Estarían juntos si no hubieran salido del auto? ¿Y si se hubieran quedado en aquel pueblo?

Avanzaba a paso lento, subiendo a las rocas para ver más lejos, buscando alguna señal. En la quinta roca a la que trepó, divisó una torre en el horizonte. Bajó emocionado ya que ahora tenía un destino. Pero cuando buscó la torre estando de pie en suelo la estructura ya no estaba ahí. Subió de nuevo a la roca. Ahí estaba la torre, justo como antes. Bajó y la volvió a buscar en el horizonte. Nada. Volvió a subir. Repitió este proceso varias veces hasta aceptar la naturaleza esquiva de este mundo. Aquella construcción solo estaba en su camino partiendo desde lo alto de la quinta roca.

Intentó otro enfoque. Decidió bajar de la roca por la parte que apuntaba hacia la torre, sin importar que fuese la cara mas escarpada. Se aseguró de no perderla de vista en su descenso. Así logró su cometido. Estaba en tierra y aquella estructura tímida permanecía visible en el horizonte.

Aunque la naturaleza de la torre evasiva le resultaba extraña no era lo que más le preocupaba. Paso a paso se dirigía hacia ese lugar dispuesto a desentrañar aquel misterio.

A medida que acortaba la distancia entre la torre y él aquello que realmente lo perturbaba se hacía más evidente ¿Cuánto tiempo había pasado desde que despertó? ¿Cuántas horas llevaba caminando? Al menos tres horas ¿Por qué su sombra no cambiaba de dirección, ni se estiraban?

El muchacho oriundo de Yavi avanzaba por un desierto extraño en un mundo donde el sol parecía estar clavado en el cielo.

—La torre —murmuró—. Tengo que llegar ahí.


6

Sobrevivir a la desaparición de la raza humana, enfrentarse a asesinos, zombis en una biblioteca, un depredador de otro mundo y un salto dimensional ya era suficiente para cualquier vida. Sin embargo, recorrer la distancia hasta la torre plateada se estaba convirtiendo en el desafío más agotador que Machuca había enfrentado.

Del paso al trote, del trote a la carrera, y de vuelta al paso. Machuca comenzó a medir el tiempo según el vacío que el hambre le desgarraba en las tripas. Poco a poco, la superficie plateada, lisa y perfecta fue cubriendo el horizonte. Cuando llegó a la base notó cómo la curvatura de la estructura se perdía gracias a su escala inhumana.

Machuca miró a izquierda y derecha sin encontrar ningún punto de acceso. Entonces, como solía hacer con el paredón que había antes de llegar a la escuela, estiró el brazo y rozó la torre con la punta de los dedos. Hizo un montoncito con piedras verdes para marcar su posición y comenzó a caminar.

Mientras recorría la circunferencia de la base de la torre esperando encontrar alguna entrada el hambre y la sed volvieron a la carga. Estas carencias comenzaron a socabar su voluntad y el poco optimismo que le quedaba. Su lengua, áspera y pesada, parecía un parásito que amenazaba con ahogarlo. Siguió caminando mientras la cabeza le zumbaba. La luz del sol seguía clavada en lo alto del cielo, burlándose de él.

Fue entonces cuando una mano fuerte lo agarró del brazo y lo hizo girar.

—¿Qué hacés acá? ¿Buscás el tesoro o la riqueza? —La voz era firme pero cordial, y pertenecía a una mujer alta y musculosa que debía agacharse para mirarlo a los ojos.

Machuca apenas pudo articular una respuesta.

—Tengo hambre.

La mujer sonrió, divertida. Con la seguridad que le daba saber que aquel muchacho enclenque no representaba amenaza alguna ella lo invitó a descansar un momento. Le ofreció unas tortillas y agua fresca.

—Parece que te gustó el quiché. —Ella lo observó devorarlas con voracidad.

—Sí, sí. Son como las sopaipillas, pero más saladas. Gracias… Maju.

—Mahapu. Me llamo Mahapu.

Machuca se disculpó con un gesto, sin dejar de comer.

—No te asustés —dijo ella—, pero nos espera una noche movidita.

El muchacho la miró confundido.

—No puedo dejar que te vayas. Si alguien sale del cono de sombra de la torre, — abrió los brazos para señalar lo dicho— esta puede escaparse. Y ya llevo mucho tiempo cazándola como para perderla ahora. Tampoco podés quedarte solo cuando yo entre. No es seguro.

Faltaban un par de horas para la noche. Mahapu, acostumbrada a largas esperas en campamentos rudimentarios, se sentó a afilar su lanza. Le preguntó a Machuca por su historia, y él le contó todo: de Pampero y los destellos, la bestia, el salto dimensional y su llegada a la torre.—Y entonces lo único que se me ocurrió fue venir para acá, a la torre. A buscar ayuda.

—Bueno, eso tiene sentido. —Ella asintió pensativamente—. Hace dos o tres días pasé por donde debía estar Wari Mirana, el último pueblo del continente, y nada. Pensé que tal vez me había desviado demasiado, pero no. Esas mesetas de allá, ¿ves? Deberían estar plagadas de Ñandekes. Todo parece haber desaparecido de un día para el otro.

La mirada de Mahapu se perdió en el horizonte, su expresión cálida transformándose en una máscara fría.

—Ya falta poquito para la noche.El sol no se ocultó en el horizonte. La noche llegó como un eclipse. Machuca, al ver tal fenómeno, buscó los ojos de aquella mujer. Al parecer, para ella, esto era el comportamiento habitual de los astros. Mahapu comenzó a prepararse. Ajustó la faja de cuero grueso que ceñía su cintura y comprobó que los brazaletes estaban bien atados. Busco entre sus pertrechos un mazo que entregó al muchacho. Y al hacerlo dijo en tono protector:

—Tomá. Mantené siempre los pies bien separados para no perder el equilibrio cuando falles un golpe.

El arma era perfecta para un inexperto: una estructura de madera endurecida con varios anillos de metal, un filo curvo en un lado y una esfera metálica en el otro.

Machuca, sostuve el arma. La agitó en el aire un par de veces para acostumbrarse a su peso. Debajo de muchos matices de miedo e inseguridad, sintió una emoción inesperada.

—¿Y vos sos de Wari Mirana?

—Yo soy de todas partes porque en todas partes me quieren. —Sonrió, sin arrogancia en sus palabras—. Mirá la torre. ¿Sabés qué es? Es la riqueza acumulada de un rey muerto, protegida por las artes mágicas de algún brujo. Y aislada por las leyendas que embaucaron al pueblo. Y nosotros estamos a punto de cambiar eso. Para restablecer la riqueza a quienes la produjeron.— Mientras lo decía, apuntó su brazo derecho, lanza en mano, hacia la torre. Las palabras de Mahapu golpearon fuerte en el corazón de Machuca.

Recorrieron en silencio los treinta metros que separaban el improvisado campamento de la base de la torre. La mirada fija. Manos ansiosas apretando las empuñaduras de las armas. Allá donde el cielo oscuro desdibuja la cara plateada de la torre se escuchó un chasquido. El aire se llenó de siluetas negras que caían desde lo alto. Eran criaturas grotescas, con cuerpos huesudos y ojos blancos cruzados de venas azules. Estos seres nacidos de la muerte se lanzaron sobre ellos con aullidos ensordecedores.

Mahapu no dudó ni un segundo. Con una precisión letal, blandió su lanza corta, atravesando a una de las criaturas en el pecho. Giró sobre sí misma, utilizando su peso y fuerza; cercenó la cabeza de otra con un movimiento fluido. La sangre salpicó su rostro, pero ella ni siquiera parpadeó.

Machuca, aturdido, vio cómo una de las criaturas se lanzaba hacia él. Instintivamente, giró el mazo con violencia, impactando en la mandíbula de la bestia. El sonido de los huesos al romperse resonó en el aire. Descargó dos golpes más antes de que la criatura cayera inerte. Pero no tuvo tiempo de recuperarse. Otra bestia saltó hacia él desde las sombras. Antes de que pudiera reaccionar, el arpón de Mahapu atravesó el pecho de la criatura, derribándola con un gruñido antinatural.

Mahapu no se detuvo. Con una ferocidad controlada, acabó con los últimos enemigos a golpes y puñaladas. Bañada en sangre, apiló los cadáveres junto a la torre. Verla en acción era, en el más amplio sentido de la palabra, encantador.

Machuca aprendió que una batalla comienza como una explosión que te arrastra y transforma tus sentidos. Si eso no sucede, uno no sobrevive al enfrentamiento. Pero cuando la batalla termina, acaba poco a poco. Sale del cuerpo de quien sigue en pie como algo viscoso que vuelve a la tierra. Mientras la batalla se le escurría del cuerpo al muchacho, su cara se transfiguraba en un gesto de espanto. Mahapu lo notó.

—Sabés cuál es la mejor parte de todo esto. —Le puso una mano en el hombro—. Es ver las caras de los granjeros y sus familias cuando les regresamos sus riquezas. Eso y los banquetes que organizan a modo de agradecimiento.

De una pequeña bolsa en su cintura, sacó un par de piedras y un frasquito. Roció el líquido sobre los cadáveres que previamente amontonó junto a la torre. Con un par de chispas los hizo arder. Las llamas verdes olían a brea y pelo, y los órganos internos estallaban con un crepitar espeluznante.

Finalmente, un óvalo rojo incandescente apareció en la pared de la torre. Mahapu miró a Machuca por última vez.

—Seguime. Sin miedo. Rápido, que no pasa nada.

Le guiñó un ojo y corrió hacia las llamas. Con un salto ágil, atravesó la pared. Machuca dudó, gritó, golpeó la tierra con su mazo, pero al final, impulsado por el pánico y la admiración, corrió tras ella.


7

La pared rugosa comenzó a calentarse y a brillar hasta alcanzar un rojo incandescente. Del pequeño sol bidimensional emergió primero Mahapu con la elegancia de quien está acostumbrada a desafiar los límites de lo posible. Luego, con mucha menos gracia, aterrizó Machuca. La estancia que los recibió poco tenía que ver con el perfil cilíndrico de la torre exterior. Una gran sala abierta, sostenida por un bosque de columnas antiguas, se extendía ante ellos. A la altura de los ojos, una franja abigarrada de inscripciones labradas en la piedra. Era un elemento que se extendía y aparecía por toda la estancia.

Machuca, sin darse cuenta, quedó atrapado en la extraña caligrafía; sus ojos recorrieron las líneas como si fueran imanes. Mahapu lo sacudió con violencia, sacándolo del trance.

—¡No mires esos grabados! —advirtió—. Esas palabras llevan las historias que los brujos idearon para el Rey. Relatos llenos de mentiras y verdades disfrazadas, diseñados para infectar al pueblo con supersticiones. No los veas o te será imposible llegar a la cámara dorada.

Mientras hablaba, Mahapu sacó de su cinturón un rectángulo de cuero y comenzó a moverse por la sala. En su mano derecha, como siempre, brillaba su lanza plateada. Zigzagueó entre las columnas, comparando el objeto de cuero con las baldosas decoradas en tonos rojos. Finalmente, encontró lo que buscaba.

—¡Acá! —Llamó a Machuca, haciendo un gesto exagerado con la mano.

Ambos se colocaron dentro de un círculo inscrito en un hexágono. Mahapu levantó un dedo, indicando que debían esperar.

Machuca apretó su mazo con más fuerza. Mahapu miraba un punto indefinido cerca del techo abovedado, la punta de su lanza flotando en el aire, siguiendo el ritmo de su respiración calmada. Esperaron hasta que tres campanadas resonaron en la sala.

—Es la señal —dijo Mahapu y comenzó a avanzar.

Machuca la siguió, tratando de no perder el ritmo.

—¿Y eso? —preguntó el muchacho mientras mantenían un trote ligero por un pasillo estrecho.

Mahapu tardó un momento en responder, recordando que su nuevo compañero venía de otro mundo.

—Estamos dentro del territorio Ikpak-Chetpe, la tierra partida, donde el tiempo y el espacio ya no pertenecen mutuamente. Acá no podés llegar a un lugar determinado sin partir de un punto predeterminado. Si iniciás el camino desde otra baldosa o en otro momento, tu destino podría cambiar por completo. Podríamos acabar en el exterior de la torre o, peor, en el laberinto torcido. Por eso mismo, no podés saltar de regreso a tu mundo en el mismo punto donde llegaste y pretender volver al momento y lugar exactos.

Machuca comprendió entonces que no podía apartarse de Mahapu si quería salir de esa torre con vida.Atravesaron diferentes salones, cada uno abandonado hacía siglos. Unos estaban desbordantes de decoraciones extravagantes; otros parecían haber sido salas de guerra, con mapas desplegados sobre mesas de mármol decoradas con oro blanco y piedras preciosas. En un salón rojo siniestro, Machuca notó siete cajas de cristal que contenían momias vestidas con tocados, joyas y bastones ceremoniales. Cada recinto parecía resumir un aspecto de la vida de un antiguo monarca. Y en cada pared, cada arco y cada columna, las inscripciones de caracteres ondulantes seguían presentes.Finalmente, llegaron a un amplio arco de medio punto construido en piedra negra. A cada lado de la abertura se elevaban dos figuras de bronce: criaturas imposibles, mitad yacaré, mitad alacrán. Al cruzar la entrada, se encontraron con una de las maravillas arquitectónicas más grandes de ese mundo: una estancia circular que se elevaba hasta el cielo sin techo alguno, con una fosa en su centro.—Maldigo a toda la línea de sangre de quien haya ideado esta aberración —murmuró Mahapu al ver la estrecha pasarela que se alzaba curva sobre el diámetro del oscuro círculo.

Era bien sabido por todos que construir sobre las fosas era un sacrilegio. Incluso las aves evitaban sobrevolar aquellas puertas hacia lo desconocido. Al otro lado del abismo, frente a un portal similar al que acababan de atravesar, una manada de guardianes pálidos gemía y rumiaba su furia inhumana. Machuca notó los cráneos y armaduras apiladas en los rincones, junto con las marcas de batallas pasadas en las paredes. El aire frío que brotaba de la garganta infinita del pozo envió un escalofrío por su espalda.

—Si tenés que elegir una muerte, que sea a manos de los hombres azules —dijo Mahapu sin mirarlo, mientras buscaba algo útil entre los restos de ladrones y guerreros que los precedieron.

Encontró una daga verde endurecida, tres puntas de lanza y algunos cuernos de guerra.

—No caigas en el abismo —sentenció, poniéndose de pie.

Con sus poderosos brazos, Mahapu clavó los objetos recolectados en la pared, improvisando una escalera para cruzar palmo a palmo sin profanar las advertencias milenarias. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó sobre los guardianes, que, enloquecidos por la promesa de sangre nueva, la esperaban listos para descuartizarla. Su aguijón plateado no tardó en derramar la sangre de los enemigos.

Machuca colgó del primer escalón —la daga verde endurecida— y se estiró hacia el segundo, un cuerno de guerra. Sus hombros ardían de dolor, pero logró llegar al otro lado.

—¡El cadáver! —gritó Mahapu, señalando el cuerpo inerte de uno de los guardianes que, al quedar en el borde de la fosa, se deslizaba lentamente hacia el abismo.

Machuca corrió y saltó, abrazándose a la criatura para arrastrarla lejos del pozo.

Cuando levantó la vista, satisfecho, vio a Mahapu sonriéndole, cubierta de sangre y sosteniendo la cabeza de uno de los guardianes. Así era Mahapu: implacable cuando debía serlo.

—¿Qué hay en el pozo? —preguntó Machuca, poniéndose en pie.

—No es un pozo —respondió Mahapu, limpiándose las manos—. Las fosas atraviesan la tierra y llevan a los confines del espacio, plagadas de horrores inimaginables.

Unos metros más allá del arco custodiado por los hombres pálidos, se expandía la cámara dorada. En su centro, una estructura similar a un retablo barroco dorado a la hoja. Los relieves mostraban guerreros y bestias que prometían maldiciones a quienes osaran profanar su tesoro. Era la última barrera: la superstición.

En el centro de la cámara, una bestia de seis extremidades se movía en círculos, alertada por los chillidos de los guardianes. Su cuerpo encrespado, plagado de dientes y pequeños ojos negros, prometía una muerte violenta. Aunque estaba encadenada y no podía salir del recinto que protegía, sus movimientos eran ágiles y veloces.

Mahapu soltó una maldición y se volvió hacia Machuca.

—Mirá, yo puedo encontrar otros tesoros y aventuras. Solo necesito riquezas simples. Pero para volver a tu mundo… es necesario tentar a sabios y alquimistas con alguna maravilla imposible de conseguir. Y una de esas reliquias está detrás de esa bestia.

Machuca la miró, decidido.

—Tengo que ir a buscar a Pampero, cueste lo que cueste.

Mahapu posó una mano en su hombro.

—El tiempo transcurre distinto a través del cuerpo de esa bestia. Más rápido. Uno de nosotros debe distraerlo mientras el otro da la estocada final.

Machuca asintió, dio unos saltitos para preparar sus músculos y se lanzó hacia la cámara. La bestia se abalanzó sobre él, y en ese momento, el aspirante a bibliotecario sintió cómo el tiempo cambiaba. Cada golpe de su mazo parecía durar horas, mientras su cuerpo envejecía rápidamente. Veinte años pasaron en lo que parecieron minutos. Finalmente, la bestia dejó de moverse y vomitó sangre. Mahapu había encontrado el punto exacto para apuñalarla.

Cuando apartó el cadáver de la bestia, Machuca era un hombre diferente: fornido, duro y áspero como un nudo. Se incorporó extrañado de su altura y de lo liviano que le resultaba el mazo. La urgencia silenció lo que había sucedido.

—¿Qué hay en el baúl? —preguntó con su nueva voz.

A Mahapu se le partió el corazón al escucharlo.

—Parmio y un libro. Un libro de ciencia, cálculo y equivalencias temporales. Algo que sabios y matemáticos han buscado durante siglos.


8

Después de conseguir el libro de cálculos titulado De tiempos relativos y geométricas causales, además de una buena cantidad de Parmio, Machuca y su compañera —la intrépida ladrona conocida en más de treinta poblados como el Escorpión de Plata— solo necesitaron llegar al techo de la torre para escapar de sus muros. Lograron salir a través de la claraboya colocada sobre aquella garganta abismal que era la fosa, una de las tantas que existían en el mundo de Mahapu. El escape no les exigió más que el esfuerzo físico necesario para la escalada. Fiel a su naturaleza, esta fortaleza, al igual que sus hermanas, había concentrado todos sus recursos en impedir el acceso a cualquier intruso, dejando prácticamente indefensa su salida.

En lo alto de aquella construcción ciclópea, restos de un antiguo imperio decadente, los colores del cielo nocturno vibraban nuevos, como manchas húmedas en un paisaje de acuarela. Incluso podían distinguirse los ríos púrpura cruzando el cielo, recordando a Machuca cuán lejos estaba de su hogar. La espera se impuso sobre ellos mientras descansaban sentados en silencio. Machuca miraba las estrellas, o al menos eso creía. Mahapu, por su parte, contemplaba aquellos mismos puntos brillantes en el cielo, sabiendo que eran reflejos de la luna sobre las tierras flotantes de países desconocidos. Entre ambos compañeros de aventuras corría una brisa fresca con olor a río, pero también una idea que los agarraba de las tripas con tristeza: los años que Machuca, devenido en hombre, había perdido entre las fauces de aquella bestia guardiana de los tesoros que ahora abultaban sus bolsas.

Con la primera luz del sol, la torre milenaria, ya vacía de reliquias, joyas y secretos, volvería a las entrañas de la tierra. Destinada a ocupar un no‑lugar, ignorando que ya no tenía propósito alguno para seguir existiendo. Ahora solo era el aberrante mausoleo de las bestias azules que aún lo habitaban.

Una vez en tierra, iniciaron la marcha hacia Carampí, donde vivía Cálica, una de las conocedoras más prestigiosas del continente.

—Ella seguro querrá intercambiar el libro por el artefacto que te lleve a tu mundo —dijo Mahapu con el sano orgullo que deja en el cuerpo el haber realizado buenas acciones—. Además, todos me quieren en Carampí. Un par de años atrás les doné las joyas perdidas de la antigua guardia roja. Interesante historia esa, ya te la contaré.

Mahapu llevaba el optimismo y la simpatía como bandera. Y al hacerlo, sus más de dos metros de altura parecían menos intimidantes. Esta forma de ser, extraña para tratarse de una aventurera que solía rodearse de los especímenes más sórdidos de la sociedad, fue de gran ayuda en los días posteriores al robo. Aunque Machuca aseguraba estar bien y hasta contento con su nueva realidad, su compañera pudo verlo más de una vez mirando extrañado sus nuevas enormes manos. Los ojos, que antes dominaban el rostro del muchacho, ahora estaban fortificados por un par de pómulos filosos, siempre ocultos bajo densas cejas. En la penumbra constante de su expresión, Mahapu apenas lograba reconocer al joven que había encontrado unos días atrás.

—Entonces, ¿qué pensás que pasa con tu mundo? —preguntó de repente, con aire casual, sin dejar de avanzar.

Él sonrió y ensayó alguna respuesta con su nueva voz profunda y pedregosa.

—Podría ser el ataque de zombis tecnológicos. O por ahí un videojuego cobró vida y está invadiendo nuestra realidad. Capaz esta tierra es una simulación.

Mahapu soltó una risotada que hizo subir y bajar sus monumentales hombros dorados.

—¿Acá tenés tu simulación? —dijo mientras rodeaba el corto cuello de su compañero en un forcejeo amistoso. Ambos, aprovechando ese juego, midieron la nueva fuerza del cuerpo de Machuca.—¿Conocés la historia de El último mago del emperador? —preguntó Mahapu, arqueando una ceja.

Machuca negó con la cabeza, y ella se aclaró la garganta, adoptando una impostada artificialidad teatral para comenzar su relato:

—Hace tres mil años, estas tierras pertenecían a un gran imperio. El más longevo que había conocido el continente. Cientos de pueblos vivían bajo su sombra. Algunos de mis ancestros, los que aceptaron el yugo, se contaban entre ellos. Los templos de este reino fueron los más fastuosos; sus guerreros, los más bravos y mejor equipados. Sus magos, simples conocedores adelantados a su tiempo, eran requeridos y venerados incluso desde las costas más lejanas. Los poemas épicos que glorificaban a la familia regente se repetían en incontables manuscritos. Me enorgullezco de haber quemado varios cientos de ellos.

A pesar de que aquel imperio ya había visto pasar sus mejores días, era una bestia que gozaba de buena salud. Pero —y da gracias por este “pero”— la hija del emperador sufrió un accidente. Algunos dicen que cayó de su montura y se partió el cuello. Otros que, mientras escalaba un cerro, una roca suelta hizo que terminara en el fondo de un acantilado. La familia imperial quedó sumida en la tristeza. La emperatriz, desesperada, mandó a llamar a los magos. Todos acudieron desde los más lejanos rincones del imperio. Tan vasto era este reino que la empresa demoró una estación completa.Llegado el día, los magos se reunieron en el salón principal de la casa imperial. La pareja regente exigió al concilio un modo para recuperar a su hija. Los sabios explicaron las repercusiones de tal pedido. Todos los dioses y reglas del mundo prohíben semejantes prácticas. Pero —y acá la cosa se complica— después de generaciones de conductas incestuosas, la familia imperial no estaba muy bien de la cabeza. Ni del cuerpo, según pude ver en algunos grabados. Así, los padres dolientes, hermanos ellos, no estuvieron dispuestos a escuchar razones. Uno a uno fueron ejecutando a los magos que se negaban a dar algún tipo de solución. Algunos, buscando salvar el cuello, intentaron reanimar el cuerpo de la niña, pero solo lograron mancillar el cadáver.

Hasta que fue el turno de un mago oriundo del norte. Su nombre se perdió en la historia. Después de la tragedia, fue borrado de los documentos imperiales de todas las escuelas donde enseñó. Su línea de sangre se borró de la faz de la tierra. Incluso los registros de sus padres y abuelos fueron destruidos. Y no puedo decir que tal reacción haya sido exagerada. Por desesperación, al tratar de salvar su pellejo, por un arrebato de locura, por el mal juicio de un ego desmesurado, fuera por lo que fuera, este mago le propuso a la pareja regente separar, dentro de una cámara flotante, el espacio y el tiempo. Así, lograrían viajar a través del tiempo igual que se viaja por el espacio. Ir de un año A a otro B sería tan sencillo como ir del punto C al punto D. Con semejante prodigio no haría falta revivir a la pequeña heredera. ¡Serían capaces de impedir su muerte!

Mahapu hizo una pausa dramática, mirando a Machuca con intensidad.

—Sobra decir que el plan no funcionó. No quedan registros de cómo era la cámara ni de qué fue lo que sucedió. Pero la fortaleza donde se estaba construyendo la máquina fue arrasada por una explosión que duró tres días. No me refiero a tres días de explosiones sucesivas. No, no. Un solo estallido, tan lento y tan denso, que demoró todo ese tiempo en expandirse por completo. Su onda de choque se extendió por kilómetros, y por donde pasó, la realidad quedó rota para siempre. Hoy, a la zona afectada —casi la totalidad del territorio imperial— se la conoce como la tierra quebrada.

Cualquier persona sensata te dirá: “No te adentres en esa región. Allí el tiempo y el espacio no existen más allá de las cosas. Cada planta, roca y animal tiene su propia constante de tiempo y espacio. Y entre todas luchan y se devoran mutuamente, para existir en una realidad que solo vive a través de ellas.” Pero infinidad de tesoros siguen escondidos en este lugar. Es por eso que algunas aventureras siguen arriesgando su vida para encontrarlos. Por eso pasó lo que pasó cuando te enfrentaste a aquella bestia.

Mahapu se quedó en silencio por un momento, acomodándose en la espalda la culpa que pensaba que debía cargar por lo sucedido a su compañero.

—¿Y pensás que eso es lo que está pasando en mi mundo? ¿Qué es por culpa de ese experimento?

—No, pero creo que alguien hizo algo parecido. Que hay un pequeño hombre en tu mundo jugando con cosas que conoce, pero que no logra entender.

—No sé, vos parecés bastante un personaje de videojuego. No voy a descartar esa teoría todavía —dijo Machuca, brindándole la mejor sonrisa que pudo a su amiga.

Caminaron dos días para llegar al límite sur de la tierra quebrada. Carampí se encontraba a un día de distancia. La diferencia entre la zona afectada por la locura de un emperador y su mago, con el mundo que seguía regido por las leyes de la naturaleza, era casi imperceptible para cualquiera. Apenas una línea de polvo vibrando a milímetros del suelo. Pero para Mahapu, este límite era tan claro como el día y la noche.

Antes de cruzarlo, Mahapu se arrodilló, colocando el peso de su cuerpo en los talones. Apoyó su lanza a un costado. Cerró los ojos y comenzó a respirar en patrones predefinidos. Sabiendo que sus acciones requerían de una explicación y sintiendo la mirada de Machuca en su cuello, ella comenzó a hablar.

—Cuando la explosión ocurrió, la mayor parte de la población fue arrasada por el calor. Otros murieron por la onda de choque. Muchos envejecieron de golpe. Algunos simplemente dejaron de existir. En ese momento, una decena de familias de mi pueblo, al ver desaparecido el imperio que las había expulsado, decidieron volver. Sin escuchar razones. Su tierra los llamaba. Se cree que los nómades no tenemos apego a la tierra. Pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, conocemos cada monte, río y valle. Sabemos qué tiene para ofrecer en cada palmo de su extensión. Dentro del territorio imperial habían quedado devorados sitios sagrados. Lugares que durante generaciones fueron puntos de reunión para todas nuestras casas. Por eso muchos quisieron regresar.

Pero la vida dentro de la tierra quebrada es casi imposible de llevar adelante. Cuando una mujer queda embarazada, la constante temporal del hijo afecta a la madre, y… cosas horribles suceden. Por eso en este territorio solo prosperan los animales que nacen de huevos. Sin embargo, algunos se las ingeniaron para lograr procrear dentro de esta realidad fragmentada.

Mahapu abrió los ojos y se puso de pie. Tenía el rostro oscurecido por la tensión del momento, como quien está a punto de cortar los cables que podrían hacer estallar una bomba.

—Ay, no sé, una decena de nosotros. Nativos de la tierra quebrada. Nos resulta difícil dejar este lugar —dijo, atravesando la frontera y saliendo al mundo natural. Pareció quedar suspendida en el tiempo por un momento. Pero después de seiscientos años de vida, una se acostumbra.


9

Carampí era un poblado pequeño pero próspero, cuya vida giraba en torno al cultivo de la Carasca, una raíz medicinal con propiedades tan versátiles que su fama había cruzado fronteras y mares. Era lógico, entonces, que Cálica, la insigne conocedora de ciencias ocultas y matemáticas profundas, hubiera elegido este lugar para establecer su estudio. Su presencia en el pueblo no solo era motivo de orgullo para sus habitantes, sino también una bendición. Cálica, con su vasto conocimiento y su habilidad para desentrañar los secretos más recónditos de la física y la ingeniería heterodoxa, era una figura legendaria. Sin embargo, detrás de su prestigio público, Cálica era una mujer atormentada por dolores articulares que la perseguían desde la infancia, un sufrimiento que ni toda su erudición había logrado mitigar. Solo gracias a una combinación precisa de ungüentos e infusiones a base de Carasca podía mantener a raya las punzadas constantes que le devoraban los huesos. Así, en esos momentos de alivio, Cálica podía escuchar con claridad los pensamientos hermosos que tanto la definían.

Cuando abrió la puerta de su estudio, Cálica sostenía un cuenco humeante que parecía flotar en el aire conectado al techo por hilos translúcidos de vapor blanco. Mahapu y Machuca entraron cubiertos de polvo y cansancio, fruto de su largo viaje. No habían anunciado su llegada ni detenido su marcha para descansar o refrescarse. La urgencia de su misión era evidente.

El estudio de Cálica era un santuario de conocimiento y belleza. Artefactos curiosos y libros antiguos se entrelazaban en una armonía meticulosa. Flores de todos los colores, violetas, rojas y amarillas, brotaban en cada rincón, perfumando el aire con su fragancia dulce. Incluso Cálica lucía una corona de flores sobre su cabello oscuro. Este detalle, que en un principio sorprendió a Mahapu, cobró sentido más tarde cuando supieron que el aroma floral disimulaba el olor penetrante de la Carasca que adormecía su cuerpo. Por eso, quienes la conocían bien solían llamarla Paku Tika, o simplemente Paku, el nombre de su flor favorita.

—Los estaba esperando —dijo Cálica con una voz serena pero cargada de autoridad. Hizo un gesto con la mano, invitándolos a sentarse en el centro de la estancia principal.

—¿Quién le avisó de nuestra visita? Nadie nos vio llegar ni sabe de nuestra presencia —preguntó Mahapu, alerta ante cualquier posibilidad de traición o emboscada, como dictaba su instinto de guerrera.

—Oh, nadie, nadie —respondió Cálica con una sonrisa enigmática—. Pero cuando cosas terribles suceden, las personas que hacen buscan la guía de las personas que saben. En el mejor de los casos, claro. Por eso sabía que alguien… o algunos —señaló a Mahapu y Machuca con un ademán gracioso— vendrían pronto.

Sin previo aviso, una mujer breve pero robusta entró en la sala, portando una bandeja con panes dulces y dos cuencos decorados llenos de un líquido morado que escapaba en forma de nubes. Machuca aceptó la bebida sin dudarlo y comenzó a devorar varios panes con voracidad. Mahapu, más cautelosa, aceptó el cuenco y luego pidió a Cálica que les hablara de las “cosas terribles” que había mencionado.

Cálica, poco afecta al esfuerzo físico pero maestra en el arte de la oratoria, comenzó a hablar con una cadencia hipnótica. Escucharla era como contemplar a un escultor tallando la tela de una araña en el corazón de una nuez. Les explicó que, semanas atrás, el triunvirato de mundos (la esfera interior, la exterior y el mundo mar que las separaba) había comenzado a colapsar. Intercambios aleatorios entre las tres realidades estaban ocurriendo, pero el mundo exterior, siendo el más pequeño, poblado y el origen de la anomalía, era el más afectado y sería el primero en caer. Noticias de personas y animales fusionándose en criaturas de pesadilla, máquinas incomprensibles apareciendo dentro de cuerpos humanos y siluetas extrañas surcando el cielo llegaban desde todos los rincones. Cálica mencionó que Amamari, un habitante de las afueras, había llevado un objeto extraño que apareció en su plantación de Carasca. Antes de desaparecer, Cálica tuvo tiempo de examinarlo.

—El espectrómetro no dejaba duda alguna: provenía del mundo exterior. Al igual que este joven famélico —dijo, señalándolo con sus manos de un escriba.

Machuca dejó de masticar al sentirse el centro de atención. Fue entonces cuando notó que la mujer que había traído los alimentos lo observaba con un aparato extraño: una caja hexagonal coronada por un diapasón.

—Gracias, Amanki —dijo Cálica, y la tercera mujer se retiró de la estancia.

—Yo quiero volver a mi mundo para buscar a Pampero, mi carpincho. Por eso le trajimos este libro —dijo Machuca, rompiendo el silencio.

Mahapu buscó el libro titulado De tiempos relativos y geométricas causales y lo entregó a Cálica.

—Se dice que usted tiene, o construyó, un translocador tetradimensional —añadió

—¿Sabés cuántas personas tienen el conocimiento, la habilidad y la paciencia para construir un aparato de semejante precisión y belleza? —preguntó Cálica mientras acariciaba las letras grabadas en el lomo del libro—. Y no hablemos del peligro que representa en manos equivocadas.

—Seguramente muy pocas —intervino Machuca, con una seguridad que sorprendió incluso a Mahapu—. Tal vez tan pocas como las personas que poseen este libro que le estamos ofreciendo.

Mahapu miró a su compañero con admiración. Machuca sostuvo la mirada de Cálica, sintiendo un calor extraño en su pecho al recibir una sonrisa de aprobación de la mujer. Cálica colocó el libro en una mesa cercana y se internó en el bosque de artefactos y herramientas que ocupaba el rincón más oscuro de la estancia.

—¿Sabés en qué año estamos? —preguntó Cálica de repente.

—En el tres mil ciento cuatro —respondió Mahapu, sorprendida por la pregunta.

—En el año tres mil ciento cuatro de la era nocturna —corrigió Cálica—. Cuando los dioses se retiran del mundo. Para muchos, estas eras significan caos y desesperanza. Pero yo creo que son tiempos profundamente humanos. Nos permiten florecer con todas nuestras virtudes y defectos. Aunque existe la creencia de que durante las edades nocturnas los dioses callan, esto no es cierto. Ellos nos dejan mensajes todo el tiempo. Solo hay que aprender a leer el cielo. Por eso les daré el translocador.

Mahapu y Machuca intercambiaron miradas de euforia contenida.

—Pero antes, viajero del mundo exterior, quiero que me lleves de paseo —dijo Cálica, emergiendo del bosque de artefactos con una esfera del tamaño de un melón en sus manos.

La dejó junto al libro: el translocador. Era una maravilla de ingeniería, compuesta por cientos de anillos metálicos móviles, cada uno numerado en escalas y unidades diferentes.

—Conozco el movimiento de los astros y la materia de este mundo a niveles infinitesimales, pero temo que nunca llegaré a conocer los otros mundos. Por eso te pido que me transportes, en alguna historia, hasta tu tierra. Eso cerrará el trato. Si no accedés, pueden llevarse el libro. Pero te advierto —miró a Mahapu— que deberás viajar el tiempo que tardás en sangrar siete veces para encontrar a alguien más interesado.

Cálica se recostó en su asiento, con una amplia sonrisa, esperando la respuesta de Machuca. El aspirante a bibliotecario miró desconcertado a Mahapu, quien lo apuró con un leve movimiento de cabeza. De repente, toda la atmósfera del planeta pareció concentrarse en un cilindro invisible que aplastaba los hombros del muchacho. Entró en su mente desesperado, revolviendo sus memorias. ¿Qué aspecto de su mundo podría cautivar a alguien que ya lo sabía todo? ¿Maravillas naturales? Este mundo tenía ríos gaseosos que podían remontar embarcaciones por el aire. ¿Proezas tecnológicas? ¡Estaban a punto de conseguir un artefacto para viajar entre realidades!

—Doña Cálica —comenzó Machuca, aclarándose la garganta mientras se inclinaba hacia el borde de su asiento.

—Podés decirme Paku, si lo deseás.

—Paku, le voy a contar la historia de siete hermanos y una maldición.

El aspirante a bibliotecario decidió jugar su suerte con los relatos que tantas veces había escuchado de su abuela. Le contó de los amantes convertidos en pájaros cuya carne no se podía comer. De la princesa renacida en flor. Del espíritu de un río con mil curvas. Le habló de las luces que llamaban al incauto cuando oscurecía. Así transcurrió lo que quedaba del día y toda la noche. Machuca pintó los relatos con palabras simples y un ritmo tranquilo.

Con el amanecer llegó Amanki, susurrándole algo indescifrable a Cálica, quien se puso de pie con esfuerzo. Se acercó a Machuca y le acarició la mejilla.

—Gracias por estos momentos. Ahora, si me disculpan, debo descansar. Amanki ya hizo los preparativos. La junta del pueblo los espera. Estaban felices por tu regreso, Mahapu. Incluso en estas circunstancias.

Cálica se retiró. Ambos viajeros se pusieron de pie, algo sorprendidos. Amanki les entregó un atado de cosas, donde también estaba el ansiado translocador.

El aire de la mañana era filoso, un contraste abrupto que los devolvió a la urgencia de su aventura. El sol poco a poco se asomaba por detrás de la luna.


10

Alguien cínico podría decir que la riqueza tiene el poder de abrir cualquier puerta y comprar incluso las voluntades más rectas. Pero Mahapu veía las cosas desde una perspectiva diferente. Para ella, los tesoros que robaba eran herramientas para construir puentes entre mundos. Su generosidad no buscaba recompensa; era un acto de fe en la humanidad.

Siete años atrás, un año antes de que Cálica llegara a Carampí, una figura desconocida entró al pueblo. Alta, polvorienta, modelada por la urgencia y la aventura. Con el cuerpo endurecido cocinado al sol. Los comerciantes locales, habituados a las historias del sur, reconocieron en ella a la legendaria ladrona conocida como El Escorpión de Plata. Tras conseguir alojamiento y alimentarse, Mahapu logró reunirse sin mucho esfuerzo con la junta regente del poblado. En la sala central de la casa comunal, colocó una pequeña bolsa de cuero sobre la gran mesa de madera labrada, detrás de la cual se encontraban los miembros del consejo.

—Son las joyas perdidas de la guardia roja —dijo con voz firme pero amable—. Son suyas ahora. Un regalo de mi parte para su pueblo.

No hubo ningún pedido ni condición. Así era Mahapu: alguien que daba sin esperar nada a cambio. Sin embargo, la naturaleza humana suele ser desconfiada, y ante semejante gesto las preguntas y sospechas se volvieron pantanosas e interminables. Mahapu tuvo que explicar y aclarar, incluso prometer que no tenía segundas intenciones. Esa noche nadie durmió. Las antorchas ardieron en cada esquina. La carne, la fruta y el pan colmaron las fuentes de obsidiana. Hubo canciones, juegos y risas. Mahapu escuchó a los ancianos contar historias de los últimos días del imperio Chiiktepeco. Cuando Ispet, el maestro tejedor, mencionó los peligros y monstruosidades que acechaban en la tierra quebrada, Mahapu sintió un escalofrío. Su lugar de nacimiento era algo que pocas veces confesaba, ya que muchos tenían prejuicios contra aquel país condenado. Esa noche, tragó la incomodidad del momento con un litro de licor dulce.

Siete años después, Mahapu y su compañero, el niño envejecido, eran recibidos con todos los honores. Cada habitante de Carampí sabía que gracias al regalo del escorpión de plata se construyó un puente, una torre para las Manke-ruká y una nueva red de acequias.

Amanki, siguiendo las instrucciones de Cálica, coordinó todo lo necesario la tarde anterior. Las autoridades, al saber que Mahapu necesitaba su ayuda, no dudaron en poner todos los recursos del pueblo a su disposición.

La Pluma, la más veloz de las tres Manke-ruká que tenía Carampí, esperaba en la torre de embarque. En sus bodegas, la tripulación había preparado provisiones para tres días. Junto al catre asignado a Mahapu, los mozos de amarre acomodaron numerosos regalos y cartas de agradecimiento. La embarcación soltó sus amarres en el punto del día en el que el sol brillaba con mayor intensidad. Machuca se acomodó en la proa y observó a la tripulación subir y bajar por las cuerdas de la nave como hormigas perfectamente coordinadas. En su emoción, ignoraba que la entrada de la nave a uno de los ríos púrpura era el momento más peligroso de la navegación. Hacerlo en un ángulo incorrecto o a una velocidad equivocada significaría el destrozo inmediato de la Manke-ruká. Dentro de la nave, Mahapu leía sus cartas, sentada en el piso con los poderosos hombros eclipsando su rostro sonriente. Una sacudida, seguida de un tirón provocado por el aumento de la velocidad, le bastó para saber que ya estaban dentro del Río Manapi, una ruta que tocaba tangencialmente la frontera de la tierra quebrada.

En los días que duró el viaje, Machuca notó que dos bestias aladas secundaban la nave. Planeaban sin esfuerzo, llevando sendos jinetes sobre sus lomos. Descubrió poco después que su compañera sabía cantar, que sabía tocar la Oyala, una especie de flauta ovalada hecha de arcilla cocida. Era difícil reconciliar esa imagen cálida con la salvaje guerrera que había visto en la torre. “¿Cómo reaccionarían los pobladores de Carampí si la hubieran visto en semejante trance?”, pensó Machuca sin saber por qué.

Al tercer día, uno de los vigilantes hizo sonar su cuerno. Estaban cerca del límite con la tierra quebrada. Una tensa excitación encrespó a la tripulación. El capitán, desde la proa, ordenó:

—¡Traigan los trajes con las flores! ¡Que se acerquen los Impa-garú!

Los jinetes alados flanquearon la nave. Mahapu llegó a cubierta como un estandarte de guerra. En una mano llevaba el translocador y en la otra un manojo de cuerdas sembradas de diferentes tipos de nudos. Puso su mano sobre el hombro del muchacho, sin dar lugar a las cientos de preguntas que le rondaban la cabeza.

—El translocador ya está ajustado según los cálculos que nos entregó Cálica —dijo, adelantando la mano que sostenía las cuerdas—. Habrá que hacer una fuerte compensación de tiempo para que puedas saltar al momento indicado, pero para eso tenemos los trajes.

Dejó el translocador y las cuerdas en el suelo y tomó uno de los trajes que la tripulación había preparado. El pequeño era para Machuca, quien lo agarró y lo giró para uno y otro lado sin saber qué hacer con él. Mahapu, con tres movimientos encadenados, se colocó su propio traje. Antes de cerrar la escafandra, hizo una pausa y vio al muchacho sobrepasado por la situación. Le dio una palmada en el hombro y, con una sonrisa, trató de aligerar el ambiente.

Machuca terminó de ponerse el traje. Dentro de la escafandra olía a flores. Su campo visual estaba limitado a dos pequeños orificios. Vio a Mahapu montar de un salto en una de las bestias voladoras. Dos tripulantes lo guiaron hacia el otro costado de la nave, donde lo esperaba su montura. El jinete que había llevado al Impa-garú hasta entonces ya estaba a bordo y sostenía las riendas del animal para que el muchacho pudiera montarlo. Machuca se acercó al borde de La Pluma y fue consciente de la velocidad a la que iba y la enorme distancia que los separaba del suelo. El estómago se le congeló. Las instrucciones del jinete le llegaban amortiguadas y difusas, pero el mensaje era claro: tenía que saltar.

Cabalgar no era un problema; lo hacía desde los cinco años. Saltar al lomo de un reptil alado gigante que planeaba junto a una embarcación a casi un kilómetro de altura, eso era otra cosa. Tragó saliva y vio a Mahapu alentándolo con amplios ademanes. Sostuvo la respiración y saltó. El peso del muchacho respecto de la bestia era insignificante. Con demasiados ademanes y desesperación, se colocó en posición sobre la silla de montar. Sujetó el asta metálica y, con un suave gesto, indicó a su cabalgadura que girara para volar hacia donde Mahapu lo esperaba, fuera del Río Púrpura.


11

Machuca y Mahapu volaban como entidades biomecánicas unidas a los Impa-garú. Abajo, mucho más abajo, las sombras de sus monturas aladas corrían veloces, adaptándose al terreno irregular donde las leyes del tiempo y el espacio se desdibujaban. Sus trajes, diseñados por Cálica, eran amortiguadores temporales indispensables para lograr la compensación temporal que necesitaba Machuca.

A lo lejos, tres colosos se alzaban sobre el horizonte. Machuca los confundió con montañas, pero pronto notó que se movían. Eran los Hinchinapos, criaturas antropomórficas con cuernos que apuntaban al cielo, ojos giratorios y esferas brillantes incrustadas en sus frentes. En otro mundo habrían sido pesadillas, pero aquí formaban parte del paisaje.

El aspirante a bibliotecario llevaba el translocador, listo y configurado. Al acercarse a los Hinchinapos, activó una manivela en su traje. Tres agujas se clavaron en su espalda, un mecanismo necesario para desacoplar su cuerpo de las fluctuaciones temporales.

Los trajes funcionaban gracias a unas pequeñas plantas llamadas Amanecida, que absorbían las constantes temporales externas. Florecían y se marchitaban una y otra vez, protegiendo a sus portadores. Sin esta precaución, acercarse a los gigantes habría significado una muerte instantánea.

Mahapu activó su traje y se acercó a los colosos. Su objetivo era claro: colocar a los Hinchinapos en una posición específica para activar el translocador. Mientras tanto, Machuca volaba en círculos, esperando su señal. Cuando ella arreó a los gigantes, hizo un gesto brusco con la mano. Machuca descendió rápidamente, pasó entre las piernas de las bestias y activó el artefacto. Una esfera dorada apareció sobre su cabeza y el vórtice lo reclamó. Con un último vistazo a Mahapu, desapareció en un destello de luz.

Desde las alturas, Mahapu lo vio partir. Antes de que pudiera procesarlo, un zarpazo colosal la derribó de su montura. Supo que su traje no sería suficiente para salvarla y lo aceptó. Justo cuando el impacto parecía inevitable, sintió un tirón en la cintura. Los brazos de Machuca la rodearon y la arrastraron hacia atrás. El vórtice los envolvió y en un instante ambos estaban de regreso en el mundo exterior.

Al otro lado, Mahapu miró a Machuca con una mezcla de alivio y gratitud. Sabía que su aventura no había terminado, pero por ahora, estaban a salvo.


11

La mayoría de la gente atribuye la creación del translocador a Amán‑Chep, pero en realidad fue Quipil Juchén quien inventó este prodigio. Su genialidad lo llevó a probarlo sin dudar. Trágicamente, su gloria terminó en desastre cuando se materializó dentro de una roca.

Amán‑Chep, menos brillante pero más astuto, encontró el laboratorio de su colega vacío meses después. Allí descubrió los planos del artefacto y las notas finales de su creador: “Estoy listo para hacer el salto; la eternidad y la gloria me esperan.” Amán agregó la fase del rebote, un primer salto espectral que permitía al viajero observar su destino sin corporizarse, evitando así peligros como la superposición de materia.

Cuando Machuca y Mahapu atravesaron el portal, sintieron exactamente lo que se siente al saltar entre mundos. Aparecieron a pocos centímetros del suelo. Detrás de ellos, el portal se cerró y el translocador golpeó el asfalto. Habían regresado al punto de partida. Allí estaba el auto de Machuca, volcado, con sus libros y revistas esparcidos por el suelo. Dos meses habían transcurrido desde que el muchacho oriundo de Yavi había sido transportado al mundo interior.

Un quejido llamó la atención de Machuca. Desmontó la escafandra de la pechera que llevaba para poder ver mejor. Siguió el reguero de sangre y vio a Mahapu luchando contra una criatura imposible: una masa deforme de hombres y animales fundidos en una sola entidad, otra de las infortunadas creaciones de los destellos, seres de mundos diferentes que por capricho del destino fueron obligados a existir en un mismo espacio. Una patética criatura condenada, que en su desesperada forma de existir no hacía más que atacar buscando algún tipo de justicia.

El muchacho empuñó su mazo y corrió hacia el engendro. Antes de que pudiera intervenir, la criatura lanzó a Mahapu contra el auto. El impacto destrozó la escafandra. La guerrera gritó. En el poco tiempo que llevaba de conocer a la temeraria ladrona, la había visto luchar, correr, saltar, enfrentar peligros imposibles, cabalgar reptiles por los cielos y todo sin perder la templanza. Pero ahora estaba gritando.

Machuca, con las entrañas abigarradas como un nudo, soltó un rugido de furia y llamó la atención de la criatura con un golpe rotundo. El monstruo giró sobre sí mismo, moviendo múltiples piernas y patas. Algunas se arrastraban atrofiadas, otras colgaban como aberraciones inútiles de un cuerpo antinatural. Sus golpes eran descoordinados, pero no por ello menos peligrosos. Machuca bloqueó sus ataques con el mazo, retrocediendo paso a paso mientras buscaba una oportunidad para contraatacar.

En medio del caos, creyó ver una figura junto a Mahapu. “Imposible”, pensó. Un momento después, un manotazo irracional lo tumbó. Aún en el suelo, son la vista borrosa, buscó la empuñadura del mazo. Una de las patas de la criatura sujetaba el arma de Machuca. Otra cayó sobre su cuello. Estaba a merced de la muerte.

Cuando la situación parecía irremontable, una silueta metálica emergió de las sombras. Con tres disparos certeros, destruyó las cabezas del mutante. Al verse libre, el muchacho corrió hacia Mahapu. Se abrazaron con un cariño descarado.

El casco de la figura se replegó soltando un chasquido neumático. La poca luz apenas delineó la forma de una cabeza. Horrorizados, Machuca y Mahapu lo vieron hurgar en el cadáver de la bestia. Aquella noche violeta no era marco suficiente para lo que estaban viendo. Un cuerpo cibernético, como un gancho de carnicero, se incrustó en aquel cuerpo muerto para alimentarse con su sangre. El bibliotecario y la ladrona escucharon fluir el líquido espeso. Seis largos tragos. Luego, el extraño se puso de pie, envuelto en sombras. Entonces explicó con un tono de erudición altanera:

—La percepción del tiempo de tu amiga, de todos los nacidos en la tierra quebrada una vez que abandonan su país natal, depende de su ritmo cardíaco. Fuera de su terruño, cuando se asusta, percibe el tiempo acelerado. Desde nuestro punto de vista, ella es más veloz mientras mantenga la templanza. Pero si llegara a asustarse, podría caer en una espiral que la dejaría paralizada. Suspendida en un segundo infinito de angustia y terror, hasta morir finalmente de sed, si es que algo no acaba con ella antes. Pero no te preocupes, con un calmante normalicé su ritmo cardíaco.

Machuca miró a Mahapu, quien confirmó las palabras del extraño con un leve gesto. Luego añadió:

—Atravesar el portal, este mundo y después el ataque de esa bestia por sorpresa lograron afectarme. —Mahapu no pudo sostener la mirada mientras lo decía—. Es la segunda vez que me pasa.

El muchacho le apretó la mano intentando reconfortarla. Ella retribuyó el gesto y, recuperando poco a poco su habitual ligereza de ánimo, agregó:

—Por otro lado, y para compensar el riesgo de morir paralizada de miedo, al salir de la tierra quebrada tampoco envejezco. El tiempo no pasa por mi cuerpo.

El misterioso salvador se acercó interrumpiendo el momento, y la luz de la luna reveló algo sorprendente: la cabeza de Pampero, ahora engarzada en un cuerpo robótico.


12

El sol ascendía sobre el horizonte, proyectando sombras largas y afiladas sobre el paisaje desolado. En el cielo, aviones de combate cortaban las nubes en estallido supersónico, mientras helicópteros transportaban tropas extranjeras hacia destinos desconocidos. Durante su estancia en el mundo de Mahapu, Machuca se había perdido cómo el planeta reaccionaba al caos. Las grandes potencias desplegaban todo su poderío militar buscando el origen de los destellos blancos. La maquinaria de guerra recorría el globo sin respetar fronteras, aprovechando la crisis para cerrar un puño mecanizado sobre el resto del mundo.

Machuca observó con recelo aquel espectáculo bélico. Cerró los ojos, un momento, para evocar los cerros áridos y los valles coloridos de su Jujuy natal. Aunque el regreso debería haberle traído alegría, un nudo persistente se enroscaba en su estómago mientras lanzaba miradas furtivas hacia Pampero.

Su compañero, aquel joven carpincho que lo había acompañado desde los primeros días del apocalipsis, ya no era el mismo. Ahora, su cabeza descansaba sobre un cuerpo cibernético imponente, construido con lógicas y conocimientos fuera de toda comprensión humana. El aspirante a bibliotecario no lograba reconciliar esa imagen con los recuerdos del pequeño y peludo amigo.

Mientras Mahapu balanceaba su lanza sentada sobre una roca cercana, Machuca intentaba encontrar algo de aquel carpincho que conoció escondido en esta nueva encarnación blindada. Inclinado sobre el motor del auto de su tío, la voz del carpincho resonó con una claridad inesperada.

—Imagino que tenés muchas preguntas —dijo, sin apartar la vista del motor que estaba reparando.

Machuca parpadeó, sorprendido. En su cabeza, Pampero siempre había tenido una voz y una forma de hablar, pero aquella no se parecía en nada.

—Después de que el destello me llevara… aparecí en un laboratorio. Algo que ni en tus sueños más locos podrías imaginar. Allí conocí a Abi Anul, un hombre brillante y bondadoso. Él me dio este cuerpo y una misión: detener los destellos.

Pampero hizo una pausa, ajustando un último tornillo antes de cerrar el capó del auto.

—Nada como un poco de presión para un pequeño carpincho, ¿no? —añadió con una media sonrisa, tratando de aligerar el ambiente.

Machuca seguía sin palabras. Quería saberlo todo, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Qué… qué pasó exactamente? ¿Por qué te dieron este cuerpo?

Pampero suspiró eligiendo cuidadosamente sus próximas palabras.

—Alguien en Europa inició un experimento que está haciendo colapsar los tres mundos: el mundo exterior, el mundo interior y el mundo mar que los separa. Las instalaciones que dieron inicio a los destellos fueron transportadas a cierto punto del sur de Chubut. Creemos que están dentro de una montaña. Mi destino es encontrarla y detener el ciclo. Para eso tengo este cuerpo. Para cumplir con esa empresa.

Mahapu, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con su característica franqueza.

—Lo que necesitábamos: un fanático con un destino —dijo, cruzándose de brazos mientras caminaba hacia ellos. Su figura exuberante contrastaba con la estructura pulcra y calculada del carpincho cibernético.

—Estoy en sincronía con el fluir de las cosas, si a eso te referís —respondió Pampero, sosteniendo la mirada de Mahapu —. Y por eso sé que van a acompañarme.

Machuca sintió que el aire se espesaba. Miró a Mahapu, luego a Pampero, y finalmente dejó escapar la pregunta que llevaba atormentándolo desde que vio al ciborg beber la sangre de aquella criatura.

—Pero… ¿por qué la sangre? ¿Te tomaste la sangre de esa cosa?

—Eso fue para alimentar a mi piedra profunda. Lleva impresos los patrones del alma de Ofalet, una tecno‑madre. Sin ella, este cuerpo no podría funcionar correctamente.

Mahapu soltó un bufido de fastidio y levantó las manos en señal de rendición.

—¡Por todos los muertos, esta marioneta habla como un filósofo tecnológico! —exclamó, dando un paso atrás—. Todo tu cuerpo apesta a Mundo Mar. No sé cómo podés soportarlo, Machuca.

El muchacho sonrió. Si alguien tenía que enfrentarse a los destellos y salvar los mundos, ¿quién mejor que Pampero? Después de todo, a él lo salvó de la locura durante aquellas largas horas en la ruta. De no ser por el carpincho y la biblioteca, no lo hubiese logrado. Sí, Pampero siempre había sido más que un simple animal. Era un héroe en potencia.

—El auto ya está listo —anunció el ciborg—. Podemos partir cuando quieran.

Machuca asintió. Miró el horizonte: tres explosiones hicieron crecer columnas de humo negro. Las fuerzas bélicas desplegaban su agenda sobre el terreno sin sutileza alguna.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza. Porque, aunque el mundo parecía estar al borde del colapso, todavía tenía a su lado a dos compañeros inigualables: Mahapu, el escorpión de plata, y Pampero, el tecnocarpincho.


13

El pequeño auto avanzaba a trompicones por una carretera desierta. Machuca se perdía en los libros y revistas que había recopilado en los días previos al salto que lo llevó a la tierra de Mahapu. Días en los que su compañero era un joven carpincho asustado.

—¿Te acordás, Pampero, de la biblioteca que queríamos armar? —preguntó, con un tono melancólico que apenas lograba disimular.

Pampero, quien conducía con la vista fija en el camino, respondió sin apartar los ojos del horizonte.

—Claro que me acuerdo. Pero creo que ahora tenemos una misión más importante.

Machuca sintió un pinchazo en el pecho ante la respuesta. Aquella biblioteca había sido, en su cabeza, un sueño compartido, un refugio imaginado para escapar del caos. Mahapu, desde el asiento trasero, soltó un resoplido cargado de desprecio.

—Parece que la impronta “encantadora” de los habitantes de Mundo Mar vino incluida con el cuerpo de lata —dijo con ironía.

El carpincho sacudió sus orejas, como quien sacude la mano para librarse de algo pegajoso, y no replicó.

El zumbido lejano de tres helicópteros llenó el maltratado habitáculo del vehículo. Al acercarse, todo comenzó a vibrar. Descendieron en un caos de polvo y bramidos de motores. Pampero pisó el freno. Dos aeronaves que transportaban tropas aterrizaron. Mientras tanto, el tercero, un AH‑64 Apache armado y sin tocar tierra, apuntaba hacia el auto como una amenaza implacable.

A través de un altavoz, voces en inglés escupieron órdenes:

—¡Abandonen el vehículo lentamente con las manos en alto o abriremos fuego!

—Parece que las grandes fuerzas militares de este mundo también andan buscando respuestas a esta catástrofe —comentó Pampero, con una calma que contrastaba con la tensión del momento.

—¿Pero cómo nos encontraron? —preguntó Machuca, tartamudeando.

—El metal de mi cuerpo no existe en este mundo. La energía que me anima tampoco. Ella… —hizo un gesto hacia Mahapu— tampoco debería existir en este mundo. Estamos destinados a activar una alerta en cualquier tipo de escaneo que usen.

Antes de que Machuca pudiera protestar, el carpincho giró hacia él.

—Esperame acá. No es seguro.

—Te acompaño.

Pampero negó con firmeza. Una escafandra metálica emergió del cuerpo cibernético, un domo rojo con dos puntos blancos a modo de ojos. Con pasos pesados y firmes, salió del auto. Mahapu, encrespada y alerta, ajustó el agarre de su lanza, proyectando en su mente la batalla por venir. Y, aunque desconfiaba de los habitantes del Mundo Mar, la intrépida ladrona observó con respeto la determinación de su compañero acorazado.

El helicóptero armado lanzó el primer ataque, enviando ráfagas de proyectiles que rebotaron contra el blindaje de Pampero. El carpincho saltó directo al helicóptero que había disparado. En tierra, las tropas, unos veinte hombres pertrechados con la mejor tecnología posible, lo observaron incrédulos. Toda su prepotencia se derrumbó cuando los puños de Pampero arrancaron las armas del AH‑64.

El vuelo moribundo del Apache pasó a un segundo plano para los soldados en tierra al escuchar la voz de Mahapu desafiándolos, invitándolos a la batalla. Dos metros de músculos endurecidos en mil aventuras, una lanza sedienta de sangre y una sonrisa en los labios. Su aguijón de plata cortó el aire, eliminando a las tropas que intentaban rodearla. Cada golpe era certero, cada paso calculado. La velocidad sobrehumana de Mahapu desconcertó a los soldados, que una y otra vez disparaban a una imagen que ya no estaba ahí. Algunas balas lograron rozarla, pero no había motivo para preocuparse. No cesó en su ataque.

Dentro del auto, Machuca observaba todo con impotencia. Su compañera le había prohibido salir del vehículo. Pero el muchacho, acunado por las historias de héroes que desafiaban imperios, no pudo contenerse y fue a buscar su pedazo de gloria.

A lo lejos, Pampero dejaba el cadáver humeante del AH‑64. Sin tomarse un respiro, cargó contra otro de los helicópteros. Le arrancó las aspas y parte del fuselaje, lanzando fuera a los pilotos. La segunda nave había caído. Al encarar la tercera, los tripulantes y las tropas cercanas huyeron a campo abierto. Mahapu acabó con los pocos que todavía tenían ánimo de luchar.

Pampero replegó su domo de combate y se acercó a Mahapu. Ambos intercambiaron una mirada cargada de respeto mutuo, un reconocimiento tácito de su valía.

Por su parte, Machuca estaba de pie junto al cadáver de un soldado, sosteniendo sin ganas su mazo ensangrentado. La cabeza de aquel joven desconocido no tenía un rostro, solo un cráter rojo y negro. La violencia del impacto había dejado sobre la tierra test de Rorschach macabro. Y aunque lo intentó, el aspirante a bibliotecario no pudo encontrarle un sentido.

A Mahapu le temblaron las rodillas cuando vio la escena. Había querido evitar aquel momento. Demorarlo al menos. La victoria ya no era tal. Hasta ahora, su joven compañero no había tomado la vida de otro hombre. Se acercó y le agarró la mano. Él movió los labios.

—Ya sé —dijo su compañera.

Pampero, después de revisar el helicóptero abandonado, quiso continuar el viaje, pero una mirada de Mahapu lo detuvo al instante. Sin importar la misión, los destellos o el destino de los tres mundos, ella le daría a Machuca el tiempo necesario para hacer su duelo. No por el soldado muerto, sino por todo lo que el muchacho estaba dejando atrás.


14

El helicóptero pilotado por Pampero sobrevolaba Trelew. Desde lo alto, la ciudad se veía partida en dos por el cadáver de un Canucal, una bestia marina gigantesca procedente de Mundo Mar. Un par de días atrás, un destello transportó a la criatura extra dimensional a unos doscientos metros de altura sobre la ciudad. Al caer la colosal bestia los edificios más altos colapsaron sobre sus cimientos. Cientos murieron aplastados por la bestia o por los escombros. El hambre, las enfermedades y los parásitos que trajo el Canucal sellaron el destino de la ciudad patagónica. Trelew y aquel cuerpo descomunal y retorcido entre los edificios en ruinas agonizaban.

—¡Si el laboratorio que buscás estaba ahí, seguro no existe más! —gritó Machuca, tratando de hacerse oír por encima del rugido de los motores.

—No estamos buscando un lugar —respondió Pampero—. Estamos buscando a alguien. Ella nos llevará hasta…

Un grito urgente se impuso en el interior del helicoptero e interrumpió al carpincho mecánico.

—¡Camaradas, creo que esa cosa aún está viva! —Mahapu señalaba a la bestia con su lanza plateada. Ella se inclinaba hacia afuera de la nave para sentir el viento. Desde aquella posición pudo ver los últimos estertores de la criatura.

La cola del Canucal, cubierta de algas podridas, se sacudió como un látigo. El impacto fue brutal. Mahapu salió despedida. Solo la construcción robusta de su cuerpo le permitió sobrevivir a la caída. El helicóptero giró, con la hélice trasera rota empezó a girar sin control. Un restro en espiral de humo negro fue la firma de su caída. Adentro, Machuca y Pampero golpeaban contra las paredes de la cabina. El helicóptero chocó contra un viejo complejo de departamentos conocido entre los lugareños como “Las mil viviendas”. Machuca rodó fuera del vehículo y fue a caer, inconsciente, en un charco marrón y maloliente. La nave, que ahora parecía más un bollo de papel arrugado, se enterró en el borde sur de la ciudad. El impacto se escuchó en toda Trelew. Mientras tanto, la majestuosa bestia moría, asfixiada bajo su propio peso. Aquel último aliento originó el éxodo de cientos de parásitos que vivían entre las escamas del Canucal.Doce horas después del choque la luz de la tarde se retiraba de la ciudad como quien quita la sabana que cubre un cadáver. Al angustiante marco de hambre y incertidumbre, al irregular y agresivo paisaje de las ruinas, se sumaron los ligeros pasos de los parásitos. Un repiqueteo frenético moviéndose entre las escamas de concreto. No fueron pocas las personas devoradas. Algunas atrapadas mientras deambulaban buscando agua fresca o comida. Otras fueron sorprendidas dentro de precarios refugios. Como fuese la muerte llegaba atroz, pero afortunadamente certera. Entre estos seres, Arami corría sigilosa sin que la pudieran detectar. Aunque en ruinas, esta era su ciudad y la conocía perfectamente. Como tantas otras veces, su olfato la guiaba.

Estaba cansada; hacía días que dormía poco y comía mal. Pero no podía dejar de buscar supervivientes y llevarlos al refugio, el más grande que tenía la ciudad, montado en el estacionamiento subterráneo de un supermercado. Nadie se lo exigía, pero nadie más lo estaba haciendo. Olor a sangre y pelo, a metales que nunca había olido. Cruzó lo que fuera la plaza central. Se metío por una ventana rota y atravesó un lujoso departamento que hace un par de semanas atrás era un décimo piso. El perfumen dulzón de que la guiaba era inequívoco. Estaba más y más cerca. Entre un embrollo de metal verde y negro encontró el cuerpo rojo brillante de Pampero. Aulló y rascó el pecho cibernético hasta que lo vio reaccionar.

El carpincho, con la vista borrosa, vio el hocico de un lobo rojo enorme y, por detrás, una extremidad antiterrena. Un parásito de Canucal intentaba romper el cuello de Arami. El depredador desplegó un segundo apéndice dentado sobre el ojo de su presa. Lo clavó en esa esfera acuosa color caramelo. Era fácil comenzar el festín por las partes blandas. Arami aulló de dolor. Forcejeaba, pero su cuerpo de loba no podía zafarse… entonces lo hizo, y Pampero fue testigo de aquel milagro.

En un estallido seco, el cuerpo cuadrúpedo cambió. Un ser mitad loba, mitad mujer, de casi dos metros de alto tomó su lugar. En aquella metamorfosis imposible, sus heridas habían sanado. Quebró de un zarpazo el brazo que la asfixiaba y, en dos movimientos, destripó al parásito con una certeza contraria a la imagen salvaje que proyectaba su cuerpo nuevo. Pampero, que volvía a estar en pie, se puso en guardia y cautelosamente preguntó:

—¿Arami?

Ella, en otro estallido, volvió a cambiar. Esta vez se transformó en una mujer robusta, pelirroja.

—Vamos, dale, que tus amigos te esperan —le dijo sonriendo, intentando aplacar esa expresión entre asombro y terror que tantas veces había visto en quienes atestiguaban su naturaleza.

Su hogar, oculto en las profundidades de las ruinas, era un intento de reconstruir la normalidad de una casa cualquiera. Su madre y dos de sus seis hermanos se movían dentro de una gran sala improvisada cuidando a un puñado de heridos que Arami había rescatado. Entre ellos estaban los compañeros de Pampero.

Pampero y Arami se escabulleron hasta el refugio, el último punto seguro de la ciudad. En el estacionamiento subterráneo, su madre y dos de sus seis hermanos montaron una olla popular, una línea de camas y puesto en orden todo lo que podían encontrar para aliviar las heridas de los supervivientes. Entre aquella veintena de personas que resistían se contaban Machuca y Mahapu.

Allí el trío se reencontró. Magullados, hambrientos y sin transporte, pero lo habían conseguido. Habían encontrado el elemento para dar con el origen de los destellos: el olfato de Arami.


15

—Sé que es peligroso lo que te pido —al decir estas palabras, Pampero pudo sentir los ojos apesadumbrados de la madre de Arami clavándose en su nuca.

Arami no lo miró directamente. Repartía empanadas recién horneadas. De queso y de carne cortada a cochinillo. Estas últimas eran las más escasas, ya que debían racionar lo poco que había sobrevivido del negocio familiar: la clásica carnicería de su padre, El Guaraní.

—Pero yo nomás puedo seguir un rastro a partir de unas pocas moléculas de olor, ¿no? —respondió, como si completara la frase que Pampero había dejado en el aire.

El carpincho mecánico levantó el pequeño tubo de vidrio y metal que contenía las mencionadas moléculas.

—Es lo único que pudo rescatar Abi Anul del emplazamiento original del laboratorio. Justo después del accidente.

El ambiente se tensó. Arami dejó la bandeja vacía sobre una mesa desvencijada. Miró a su familia sentada alrededor de la fogata. En los destellos ya había perdido a dos de sus hermanos. Su padre había muerto en una pelea de cuchillos, defendiéndose de unos saqueadores mientras ella estaba lejos. Si había algo que pudiera hacer para detener esta locura, no tenía nada que pensar. Hizo un gesto breve, asintiendo, aceptando la tarea sin vacilación.

Pampero se puso de pie y disimuló su alegría.

—Se lo prometo, yo la voy a cuidar. No le va a pasar nada —aunque estas palabras estaban dirigidas a la madre de Arami, no pudo mirarla a los ojos. Sabía que estaba exagerando en su confianza. Que su plan no era perfecto—. Ahora, si me disculpan, tengo que estar completamente lúcido para mañana.

Sin esperar respuesta, salió de la habitación, dejando tras de sí un eco metálico que resonó en las paredes rotas. Imogen, madre de Arami, se quedó con la mirada perdida en un punto indeterminado del espacio. Apretaba un crucifijo heredado de su abuela, reclamándole justicia o algo parecido.Pampero se envolvía en un poncho pesado. Se preparaba para salir y no reflejar la luz de la luna. Cerca de la entrada del refugio lo alcanzó Machuca.

—¿Querés que te acompañe? ¿No hay otra forma? —dijo.

El carpincho negó con un gesto árido y se fue. El aspirante a bibliotecario volvió sobre sus pasos. El túnel que llevaba al refugio le pareció más largo y más oscuro. Encontró una hoja de papel arrugada en su bolsillo y, mientras jugaba con ella, recordó la vez que su carpincho le contó sobre la piedra profunda.Anul me usó porque necesitaba a alguien de este mundo, la esfera exterior. Necesitaba que fuera resistente para soportar el viaje y los peligros que pudiese encontrar. Y, aunque expandió mi mente, necesito saberes que están más allá de una vida de carpincho. Por eso me dio esta piedra profunda. En ella, Anul grabó los patrones neurosintientes y los recuerdos de Ofalet, una madre conocedora fallecida tres años antes de mi llegada. Solo al inundar la piedra con sangre puedo acceder a toda su sabiduría.—¿Qué es eso? —preguntó Mahapu, señalando un pequeño trozo de papel que Machuca hacía girar entre sus dedos.

El muchacho sonrió con melancolía.

—Lo que queda de mi biblioteca. Una hoja de Solaris.

Imogen, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó la vista.

—Creo que conozco esa historia. ¿Es la de un científico que intentaba hablar con un planeta? —Los ojos de la mujer, hundidos por la tristeza en su cara pálida e irlandesa, intentaron sonreír.

—Sí, exacto. Un hombre obsesionado con comunicarse con una inteligencia alienígena que habita un océano vivo. Pero cuanto más intenta entenderlo, más se pierde a sí mismo.

Los presentes lo miraron expectantes.

—Contanos, dale —dijo uno de los hermanos de Arami, el que más había heredado los rasgos de su padre: piel morena, cabello grueso y negro, ojos como dos ópalos y los pómulos altos y filosos.

Y así, bajo la luz de la fogata, Machuca comenzó a relatar la historia. Poco a poco, las palabras del muchacho ganaron confianza. Se puso de pie para gesticular mejor. Caminaba en torno al fuego y su sombra, agigantada por las llamas, bailaba hasta el techo del refugio. Nadie quedó ajeno a su relato. Habló de Kris Kelvin, del océano planetario que parecía responder a las emociones humanas, de las sombras del pasado que emergían de las profundidades para atormentar a quienes osaban acercársele demasiado.

Afuera, en las calles desiertas de Trelew, Pampero caminaba con paso decidido. Inmune al frío y al hambre, solo necesitaba un sustento. Y el artefacto engarzado en el centro de su pecho, tan avanzado que podría confundirse con magia, lo reclamaba insistente.

Pronto encontró lo que buscaba: un grupo de hombres reunidos en un callejón oscuro. Rodeaban a una joven. Para ellos, el contexto actual era una excusa perfecta para liberar sus pulsiones más bajas. Golpeaban el cuerpo cansado de la muchacha contra las paredes como quien aprieta una naranja antes de sacarla. Ella estaba casi inconsciente, sin fuerzas para resistir. Quebrada.

Pampero, atacó. Preciso pero cruel. Podría roto del cuello de su primera victima con un solo golpe. Pero eligió romperle una pierna. Al segundo lo lanzó contra una paredes del callejón. Calculó que tal aceleración y desaceleración del cuerpo bastaría para romper algunas vertebras, un par de costillas y estallar al menos uno de sus pulmones. Con el tercero fue más indulgente. Le aplastó la cabeza y bebió de él. La joven, para ese entonces ya se había marchado. En cuanto se vio libre, aprovechó para huir, sin mirar atrás.

Mientas la sangre inundaba su piedra profunda Pampero sentía fluir por su mente los pensamientos y recuerdo una erudita legendaria. No era una memoria quirúrgica a modo de lista que enumeraba fórmulas matemáticas, conceptos de física y astronomía. Era otra escala de comprensión de las cosas. Con cada inundación de la piedra profunda el carpincho disfrutaba más de ese momento. En su interior, la voz sabia de Ofalet resonó con fuerza. Su conexión se fortalecía con cada ingesta. Conocimientos que en la Tierra aún no tienen nombre, se entrelazaron en su conciencia, revelando patrones que antes le eran invisibles. El mundo se enriquecía al mostrar una red de interacciones que ahora le resultaban evidentes. Aquel estado de gracia se iría aplacando poco a poco a medida que la piedra consumiera la sangre. El mundo volvería a estar en silencio, con menos contraste. Al carpincho mecánico le costaría años confesarlo: con el tiempo llegó a minimizar el acto profano que lo separaba de aquel momento. Y en cierto modo disfrutaba del momento bestial que precedía a la iluminación.